Señor Eusebio Leal: aquí vive gente

Señor Eusebio Leal: aquí vive gente

Resulta ofensivo que el Historiador de La Habana pretenda separar tanto mal del gobierno que lo originó

LA HABANA, Cuba.- Cerrando el 2017, la prensa independiente se hizo eco de la preocupación del Dr. Eusebio Leal Spengler —Historiador de la Ciudad de La Habana— por el hecho de que en la capital cubana ha crecido aceleradamente lo que él mismo denomina “arquitectura de la necesidad”. Su comentario provocó, entre otras reacciones, extrañeza, pues dió la impresión de que el venerable historiador acababa de abrir sus ojos a la ciudad que tantas veces ha transitado.

Aunque el hermoso Centro Histórico ha perdido prestancia desde la invasión de los militares en 2015, esa “arrabalización” que hoy alarma al Dr. Leal no ocurrió en los últimos tres años. La depauperación del patrimonio arquitectónico de la Habana Vieja es un proceso maligno y contagioso que avanza, inexorable, desde el decenio de 1990.

Según datos registrados por la Oficina del Historiador, de las aproximadamente 23 mil viviendas construidas dentro del perímetro del Centro Histórico, el 45,3 % no reúne las condiciones de habitabilidad adecuadas, y cerca del 42 % de la población reside en ellas. Este dato se traduce en que casi 11 mil habaneros viven en condiciones de insalubridad, hacinamiento y riesgo de derrumbes parciales o totales.

Las obras de restauración y conservación impulsadas por la Oficina del Historiador, procuraron mantener el daño alejado de la edificaciones de interés; pero en los alrededores ha continuado  acechando, producto de  la crisis económica del país y la desaparición de la urbanidad y el sentido de pertenencia. Junto a las mansiones dieciochescas se pudren los solares y sus habitantes; edificios enormes se caen a pedazos, o son apuntalados con muletas de madera que afean sus fachadas y avisan de la inminente catástrofe.

Parte de la arquitectura de alto valor patrimonial carga con el handicap del inmueble aledaño, en muchos casos destruido y convertido en tiradero de basura, lo cual ilustra el nivel de dejadez en que se ha sumido la sociedad. En estos edificios declarados inhabitables desde hace años, entre escombros y desperdicios, ondean ropas al sol. Es el indicador de que algún cubano, presa de la necesidad y el temor a parar en un albergue, pernocta allí, hasta que pase el ciclón definitivo, o un aguacero seguido del implacable sol insular pulverice los ladrillos y haga crujir la estructura completa.

De a poco se desprenden balcones, cornisas, molduras y frontones que solo por un milagro no dan en el blanco, causando fatalidades. La posibilidad de que se repita un mortal accidente como el ocurrido en la calle Galiano durante el paso del huracán Irma, crece exponencialmente cada día.

La falta de planificación urbana y doméstica; la corrupción; la ausencia de materiales de construcción y el abusivo encarecimiento de éstos cuando aparecen, son los factores primordiales que espolean el crecimiento desordenado y horroroso de la arquitectura habanera. La definición de “emergente” se explica por sí sola. Cada quien construye donde puede, como puede y sin pedir permiso, porque tener un techo sobre la cabeza es un derecho supremo que el gobierno le ha negado al cubano trabajador, en tanto no ha sido capaz de generar un desarrollo económico que permita a cada individuo construir, alquilar o comprar una casa donde vivir.

Vivian Rodríguez —Directora General de la Vivienda del Ministerior de la Construcción—  precisó ante la Asamblea Nacional del Poder Popular que la población es “la principal protagonista para solucionar las dificultades habitacionales del país”. Bajo esta premisa, es imposible impedir que el pueblo aplique, “a la cañona”, las soluciones que mejor le convenga para ganar espacio vital y capacidad de almacenamiento de agua potable.

El panorama de estructuras severamente dañadas, soportando tanques inmensos y caprichosas alteraciones en su fachada, es aterrador. Los cubanos prefieren tentar las leyes de la ingeniería hasta que el inmueble colapse, antes que arriesgarse a languidecer en albergues similares al que aparece en la foto.

Con gente viviendo al filo de la desgracia, el historiador clama por los valores perdidos y arguye, con justa indignación, que La Habana no es una aldea. Hay razón en sus argumentos; pero resulta ofensivo que pretenda separar tanto mal del gobierno que lo originó. Sobre este particular nada dijo el Dr. Leal; por el contrario, elogió la memoria de Fidel Castro, un hombre que odió tanto a La Habana como para condenarla a la degradación lenta y brutal que se percibe en nuestros días.

A despecho de la comparación planteada por Leal, una aldea taína estaba más limpia que la capital cubana, cuyos habitantes se han convertido —quinientos años después— en recolectores de lo que aparezca. Penoso resulta oír al historiador hablar de arrabales y recordarnos que “la restauración demanda dinero, dinero y más dinero”; porque otro tanto demandan los edificios, cuarterías y ciudadelas habitados en condiciones de indigencia.

A Eusebio Leal lo asusta la hidra metropolitana que arbitrariamente extiende sus tentáculos de miseria, a pesar de la gestión privada y las estrategias de conservación. Pero la verdadera gravedad del problema radica en que esos “arrabales” que germinan entre restos de derrumbes, atentando contra el abolengo de la ciudad vieja e insultando su sensibilidad de historiador, están abarrotados de gente.

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