Periodismo independiente, el más peligroso de los oficios en Cuba

Periodismo independiente, el más peligroso de los oficios en Cuba

Ni siquiera el ocupar una “alta responsabilidad” en las instituciones del régimen cubano supone demasiados peligros

Boris González Seguridad del Estado Cuba
Seguridad del Estado de Cuba detiene al periodista Boris Gonález. 2019 (Foto archivo)

LA HABANA, Cuba. – Todo oficio, por sencillo que sea, entraña un riesgo. Es una verdad prácticamente indiscutible. Pero en el caso de Cuba estoy convencido de que no hay labor más peligrosa que el periodismo realizado de manera independiente.

Las medidas punitivas y sanciones aplicadas por el régimen cubano contra los periodistas independientes ‒ya sea por su ejercicio o como consecuencia de algún delito que se les fabrique para hacerlos pasar como “delincuentes” frente a la opinión pública‒, muestran una evidente desproporción respecto a los castigos que han recibido la mayoría de los dirigentes comunistas removidos de sus puestos y acusados de peores cargos.

Ni siquiera el ocupar una “alta responsabilidad” en las instituciones del régimen cubano supone demasiados peligros, aun cuando se termine “removido” por “traición” (es muy peculiar el uso del término por el gobierno cubano, y detenerse en ello implicaría más de un artículo), por corrupción (otro concepto complejo) o por mal trabajo.

Como sucede siempre, lo anterior tiene sus excepciones como fuera el caso del general Arnaldo Ochoa en 1989 pero creo no quedan dudas de que el “fusilamiento exprés” tuvo por objetivo, digamos, el ofrecerle una especie de ceremonia de sacrificio para evitar la cólera divina, más cuando se volvieron irrebatibles las pruebas de que las avionetas cargadas de cocaína hacia los Estados Unidos pasaban por Cuba.

Pero más allá de aquel arrebato “coyuntural”, no son muchos los “dirigentes” que, acusados de graves delitos, han terminado fusilados o en prisión, a pesar de que sus “malas” decisiones y pésimas gestiones ‒de acuerdo con las versiones los parcos comunicados de la prensa oficialista‒, han repercutido negativa o desfavorablemente ya en la economía o en esa imagen impoluta y monolítica que el Partido Comunista intenta proyectar al exterior a toda costa.

Los mejores ejemplos son los del vicepresidente Carlos Lage Dávila, el canciller Felipe Pérez Roque y demás funcionarios que fueron removidos hace ya una década acusados de traición y complot. No obstante, aunque el escándalo revelaba la presencia de facciones en pugna dentro de la cúpula gobernante, curiosamente ninguno de los implicados fue a prisión. A lo sumo fueron recluidos en sus casas porque ni siquiera se les castigó con una multa o decomiso de sus bienes.

Igual sucedió algunos años antes con Roberto Robaina, acusado de muchas más cosas, incluidas ciertas “malas” relaciones de amistad con algún que otro narco-político mexicano más otras varias “travesuras” y desobediencias, que a cualquier periodista, de esos que el régimen gusta llamar “mercenario”, le hubiesen valido una larga temporada en prisión.

En esa ocasión la regañina al ex canciller apenas se limitó a rebajarlo de ministro a guardaparques, pero su vida en algunos aspectos continuó incluso mejor que antes, ya que tuvo tiempo para dedicarse, con relativo éxito, a la pintura y al incipiente negocio de las “paladares” (restaurantes privados).

Con suerte similar corrió el general Acevedo cuando fue removido de su cargo en el Instituto Cubano de la Aeronáutica Civil, a pesar de que fueron estimadas en decenas de millones de dólares las “pérdidas” económicas, y aun cuando muchos de sus errores, recibidos como herencia por quienes lo sustituyeron en el cargo, continuaron repercutiendo en la decadencia de una flota aérea que, más por descontrol que por embargo, transitó desde ser de las mejores en Latinoamérica hasta convertirse en sinónimo de tragedia con el accidente y escándalo de Global Air  en mayo de 2018.

Hasta donde hemos podido conocer, ya que el gobierno cubano no rinde cuentas al respecto, el general Acevedo fue tratado como el niño travieso y malcriado que por descuido rompe un juguete.

Algo similar al tratamiento que recibiera Ramiro Valdés Menéndez cuando hizo en el Ministerio de Comunicaciones lo mismo que un elefante en una cristalería o, para ir un poco más abajo en la escala, pero acercándonos a la inmunidad que quizás garantice la consanguinidad,  lo sucedido con José Antonio Fraga Castro, director general de Labiofam, que salvó el pellejo a pesar de los “disparates” económicos de su gestión.

El propio “Proceso de Rectificación de Errores y Tendencias Negativas”, puesto en práctica a finales de los años 80 por Fidel Castro, más bien pudo ser una maniobra para desviar la atención sobre quiénes eran los verdaderos culpables de tanto caos.

De haber nacido de las buenas intenciones, hubiese comenzado con la renuncia masiva de toda esa estructura de gobierno que durante décadas, producto del voluntarismo como método, propiciara el desorden y el empobrecimiento de la nación.

Siguiendo esta ruta desordenada, de casos puntuales que vienen a mi mente en el momento que escribo, pudiéramos elaborar un extenso listado de personas que, de acuerdo con los propios parámetros que definirían el concepto de “traición” para el Partido Comunista de Cuba, han salido ilesos a pesar de la gravedad y alcance de sus delitos o “errores”.

Tal manera antojadiza y desproporcionada de aplicar la justicia es la que me lleva a pensar que no es la “seguridad de la nación” ni el “desacato” ni la “traición” los argumentos que han llevado a prisión a personas nobles como el escritor y periodista independiente Roberto Quiñones, a quien conocí y tuve el honor de tratar hace ya algunos años en Guantánamo, y al que jamás pudiera atribuirle la menor acción de violencia contra nadie.

¿Por qué un simple altercado con la policía ha podido costarle la prisión, la separación de la familia y la marca emocional de ser tratado como un delincuente cuando su nombre aparece no solo en las páginas de CubaNet sino en el Diccionario de Autores Guantanameros, lo cual dice mucho de su obra y su calidad como ser humano y creador?

Quiñones sí ha cometido el peor de los delitos y ha sido ejercer el más asediado de los oficios dentro de Cuba. Tal vez si hubiese sido un dirigente renegado del Partido, un canciller desobediente, un vicepresidente complotado y traidor, hoy nuestro escritor estuviera en casa pensando en la posible redención. A fin de cuentas, nada es tan grave si ante la bofetada de castigo ofrecemos la otra mejilla.

Prisión; Roberto de Jesús Quiñones; Cuba; Represión;
Roberto de Jesús Quiñones Haces (Foto de archivo)

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Acerca del Autor

Ernesto Pérez Chang

Ernesto Pérez Chang

Ernesto Pérez Chang (El Cerro, La Habana, 15 de junio de 1971). Escritor. Licenciado en Filología por la Universidad de La Habana. Cursó estudios de Lengua y Cultura Gallegas en la Universidad de Santiago de Compostela. Ha publicado las novelas: Tus ojos frente a la nada están (2006) y Alicia bajo su propia sombra (2012). Es autor, además, de los libros de relatos: Últimas fotos de mamá desnuda (2000); Los fantasmas de Sade (2002); Historias de seda (2003); Variaciones para ágrafos (2007), El arte de morir a solas (2011) y Cien cuentos letales (2014). Su obra narrativa ha sido reconocida con los premios: David de Cuento, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), en 1999; Premio de Cuento de La Gaceta de Cuba, en dos ocasiones, 1998 y 2008; Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar, en su primera convocatoria en 2002; Premio Nacional de la Crítica, en 2007; Premio Alejo Carpentier de Cuento 2011, entre otros. Ha trabajado como editor para numerosas instituciones culturales cubanas como la Casa de las Américas (1997-2008), Editorial Arte y Literatura, el Centro de Investigaciones y Desarrollo de la Música Cubana. Fue Jefe de Redacción de la revista Unión (2008-2011).

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