Cubanet
Noticias de Cuba – Prensa Independiente desde 1994
Martes, 21 de noviembre 2017

“Para saber lo que es socialismo hay que vivir en Cuba”

Salimos a las calles de La Habana para recoger opiniones sobre el aniversario 100 de la Revolución de Octubre

 |   |  comment count


LA HABANA, Cuba.- Cuando en noviembre de 1917 el zarismo ruso fue derrocado por la Revolución Socialista de Vladimir Ilich Lenin, el mundo quedó dividido en dos polos económicos y políticos diametralmente opuestos. Aquella sacudida que amenazó la hegemonía capitalista no constituyó, sin embargo, un paradigma para el resto de Europa, que desde muchos años antes libraba sus propias luchas por desmontar arcaicos órdenes sociales y allanar el camino a la democracia.

No obstante, la clase trabajadora y un determinado segmento de la intelectualidad se sintieron atraídas por el alzamiento bolchevique, debido a ciertas similitudes con la Revolución Francesa —que no tardaron en desaparecer— y la hasta entonces impensable posibilidad de ceder a los más desposeídos el control de los medios de producción. Fue la dictadura implantada por Iosif Stalin la que se encargó de demostrar que el comunismo es, en esencia, enemigo de todas las libertades ciudadanas.

No existe un país donde se haya aplicado alguna variante de la ideología marxista-leninista sin derivar hacia un régimen totalitario. El sueño proletario de 1917 no tenía nada que ver con el monstruo imperialista que, tras finalizar la Segunda Guerra Mundial, ocupó los territorios liberados de Europa del Este con el pretexto de proteger, pacificar y reconstruir. Las antiguas Repúblicas Soviéticas, China, Corea del Norte, Cuba, y más recientemente Venezuela, han testimoniado lo que ocurre cuando el poder se concentra en un solo individuo, en nombre de la libertad y la igualdad social.

Podría decirse que en algunas de estas regiones el comunismo se abrió paso gracias a coyunturas históricas signadas por el caos y la urgencia; en otras, la semilla del totalitarismo germinaba desde hacía siglos con la creencia de que el emperador era un elegido de estirpe divina, que tenía el derecho a gobernar sobre el resto de los mortales. Pero en Cuba, la introducción de este sistema se produjo abruptamente, violentando una historia nacional de cuatro siglos para secularizar un modelo político importado que en nada se ajustó a las condiciones de la Isla.

Al contrario de lo que refrenda la historia oficialista, la fundación del PCC en 1925 por Julio Antonio Mella y Carlos Baliño no tuvo grandes repercusiones, precisamente porque aquellos preceptos contrastaban de forma brutal con la visión que, de cara al futuro de la nación, abrigaban otros sectores  progresistas de la época.

El propio Mella viajó a la URSS para adoctrinarse y trasplantar el pensamiento soviético a las clases más desposeídas en la Isla, con el propósito de generar una revolución. Esto no ocurrió porque la sociedad cubana era raigalmente católica, los comunistas tenían la peor fama posible y la doctrina de Mella era calco fiel de una realidad completamente ajena a la nuestra.

Las revoluciones son necesarias en momentos críticos, para eliminar desigualdades sociales que han alcanzado el punto de no retorno, o confrontar un poder político de carácter opresor. Pero una cosa es impulsar una Revolución por el bien de la democracia, y otra muy distinta es reducir la democracia a salud pública y educación gratuitas.

Fidel Castro declaró el carácter socialista de la revolución cubana para desafiar a Estados Unidos, no porque creyera en los principios del marxismo-leninismo. Equivocó su aliado con toda intención, pues sabía que hacer la paz con los norteamericanos equivaldría a desaparecer del ruedo político, algo que un megalómano de su talla no podía permitir.

Fue una decisión catastrófica, basada en la conveniencia y el egoísmo de un hombre. El dogma bolchevique nunca fue entendido ni aceptado por los cubanos que solo atinaban a escuchar, embobados, al caudillo de Birán. Tan obnubilados estaban que no se dieron cuenta de que la Constitución de 1940, un modelo de democracia, estuvo vigente hasta el año 1976, en que se redactó la falacia que perdura hasta nuestros días.

El aturdimiento causado por Fidel Castro hizo que los cubanos renunciaran a sí mismos para entregarse a una vorágine de consignas y desfiles. Desde 1959 la historia sociopolítica de Cuba no es más que una prolongada sujeción del pueblo a distintos estados de ánimo: de la fascinación al miedo, del miedo a la costumbre, y de ésta a la perplejidad.

Durante un siglo el comunismo ha provocado debacles financieras, genocidios, migraciones masivas y pérdidas cuantiosas de recursos para aquellos países que lo padecieron y debieron reinsertarse luego en las dinámicas políticas y económicas globales. Las antiguas Repúblicas del Este, sin embargo, una vez recuperada la autonomía, han enrumbado su proyecto de nación hacia la democracia.

Tanto así, que a pesar de los terribles recuerdos de la opresión bolchevique —conjurada hace apenas treinta años—, en algunos países exsocialistas hay espacio para el Partido Comunista, e incluso para un partido de extrema derecha con tendencias fascistoides. Todos tienen su lugar en la arena política aunque el resultado de su praxis se haya comprobado con creces. La diferencia radica en que los defensores de la democracia saben que para mantenerlos a raya bastan el sentido común y una observación atenta de la historia.

En el caso de Cuba, por el contrario, nadie revisa la historia. La Isla ha pagado toda clase de diezmos en casi sesenta años de falso adoctrinamiento comunista: millones han emigrado; las libertades ciudadanas han sido coartadas; la degradación social ha alcanzado extremos alarmantes y hasta la tierra se niega a cooperar. Cuba es un ejemplo, a escala reducida, del experimento sociopolítico más delirante que ha existido, siempre en perjuicio de su población, no de sus gobernantes.

Cien años de socialismo —o comunismo— pueden catalogarse como un fracaso rotundo, y desde el punto de vista ideológico ha sido el mayor desatino de la historia contemporánea. Los últimos reductos de este sistema fallido se hallan en trance de desaparecer. Poco importa si ocurre mañana o dentro de diez años; lo que verdaderamente interesa es el desgaste social al final del camino, lo que quedará para reconstruir y empezar de nuevo.

Relacionado:

Envíe su Comentario

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y no reflejan la opinión de Cubanet Noticias. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario que viole alguno de los términos y condiciones del reglamento será inhabilitado para volver a comentar. Pedimos a los usuarios abstenerse de utilizar palabras obscenas u ofensas de tipo personal. Enviar un comentario implica la aceptacion del reglamento. Servicio proporcionado por DISQUS.


comments powered by Disqus

Coméntalo en Facebook: