Los ranchadores de esclavos tienen su ‘tribuna’

Los ranchadores de esclavos tienen su ‘tribuna’

El racismo hacia el presidente Barack Obama en la prensa oficialista cubana

Barack Obama en la Plaza de la Revolución de La Habana (Foto: AFP/Getty Images)
Barack Obama en la Plaza de la Revolución de La Habana (Foto: AFP/Getty Images)

LA HABANA, Cuba.- Existe un sustantivo cuyo significado es de “triste recordación” para la historia cubana. Esteban Pichardo, el lexicógrafo, lo escribiría de la misma manera que Fernando Ortiz: “ranchador”; mientras que Anselmo Suárez y Romero había registrado el término rancheador para definir a quienes cazaban esclavos. Ranchador fue también la palabra escogida para dar título a un cuento escrito por Pedro José Morillas.

Si el lector supone que con estos detalles sobre el sustantivo, de “amarga recordación”, pretendo conseguir que se implique con la lengua y la literatura, se equivoca completamente. Muchísimo menos es mi deseo desterrar esa palabra de los diccionarios. En esos tomazos me gustaría que se distinguiera cada letra que la arma con altísimas grafías, de intensísimo color.

Mi interés, digámoslo de una vez, tiene que ver con la reaparición de un nuevo ranchador en Cuba, exactamente en la plantilla de la prensa oficial, justamente en el periódico Tribuna de La Habana. Su nombre es Elias, y debe ser culpa de la tilde que no pone a su nombre la que hace que a su prosa le falte gracia y también cadencia. Quien lo lea sentirá hasta pena su falta de coordinación. Su sintaxis es espantosa, y el que se atreva a dudarlo que vuelva a leer esa descordinación con la que embarra el tercer párrafo de ese texto al que tituló “Negro, ¿tú eres sueco?” Ese parrafito es un horror, y casi peor es la del que sigue; la coherencia del octavo, es decir la del último, la de ese que cierra el “trabajo”, es espantosa. Si alguien me pidiera definir la escritura de este hombre, diría sin recato: ¡No hay parangón! ¡Ni siquiera es lo peor!

Y la verdad es que no consigo imaginar en qué lugar se formó este periodista que ni siquiera sabe puntuar correctamente. Alguien cercano, quizá su jefe de redacción o el director del periódico, debían obsequiarle un diccionario de sinónimos y antónimos. Te juro, Elias, que resultan de gran utilidad. Y de paso que el jefe de redacción consiga también uno para él. ¿Dónde estaría ese jefe, o guía, o cabecilla, en el preciso instante en que debió leer y tachar el tercer párrafo? ¿Dónde los que leen, en el departamento ideológico, cada texto que se publica en la prensa oficial? ¿Acaso Argudín estuvo respondiendo a un discurso oficial racista? ¿Cómo se decidió por ese título? ¿Con qué parte de su cuerpo escribe este periodista? No me caben dudas: ¡Elias se decide cada vez por los calcañales! ¿De lo contrario, cómo no se dio cuenta de su lenguaje cacofónico y de su prosa tan pedestre? El infeliz parece desconocer cualquier norma de redacción. ¿Se habrá enterado que incluso también tiene su sinónimo? ¡Yo sí que no voy a hacerle la tarea!

Dicen quienes lo conocen que este hombre es de la raza negra. Si eso fuera cierto se probaría entonces que no resulta desacertado hablar de la “escritura de la subalternidad”, esa que distingue a los que se desenvuelven en los márgenes. Quienes hablan de esa escritura subordinada, sometida, sierva y seguidora, intentan probar la atención menor que prestan los maestros, las instituciones, a la enseñanza de un alumno negro, esos que hasta insisten en hacer ver que a los negros muy pocas cosas les son fáciles.

Sin dudas a Elias la escritura no se le da. Y si lo que acabo de escribir no fuera cierto que me diga entonces en qué lugar, y haciendo qué, estaba él en esas horas que debió dedicar a su formación.  ¿Acaso no pudo consagrarse por un rato al estudio y a mejorar su escritura? ¿No tuvo a alguien que le exigiera las tareas? ¿Qué lugar tendría este racista en el escalafón durante sus años de estudiante? ¿Acaso le otorgaron la carrera únicamente por ser buen revolucionario?

Este periodista fue capaz de llamar negro, con el mayor alarde, con el peor descaro, a un presidente, y hasta se dio el lujo de cambiar su nacionalidad. ¡Que mal chiste “periodista”! A Virulo no debieron permitirle un dislate como ese, y tampoco a este otro “chistoso”; y léase malcriado, dígase “pesao”, entiéndase “pujón”. Acúñese racista de la peor calaña. Argudín es el colmo del hombre irrespetuoso, capaz de maltratar al único presidente norteamericano que decidió venir a Cuba a dialogar, que se mostró considerado y aseguró que cada una de las decisiones estarían siempre en nuestras manos. Obama dijo que no venía a dictar, Obama escuchó a quienes pudieron hablar con él, y habló también, aunque aquí le señalaran que “guiado por varios telepromters”. ¿Acaso quienes hicieron esos comentarios creyeron que un negro no podría improvisar? ¿Suponen que la concentración de melanina es inversamente proporcional a la facundia y al discurso más fluido? ¿Quiénes son los racistas entonces?

Este señor dice que en el orden práctico Obama no ha resuelto nada. ¿Acaso es el presidente de Estados Unidos quien tendría que resolvernos algo? ¿No son los cubanos quienes deben procurar sus soluciones? También asegura que criticó y que sugirió… ¿No sucede lo mismo en el discurso oficial cubano? ¿No se critica? ¿No se “sugiere” con muchísima frecuencia? ¿Acaso no hay cubanos que conversan en Miami o Nueva York con quienes no comulgan con este presidente o con el otro? Elias no pensó detenidamente en lo que más tarde iba a escribir, y dejó un montón de cabos sueltos. Resultó en extremo incoherente.

¿Será que Argudín no se enteró de que Obama  jamás apretó el gatillo como esos policías que matan a los negros? ¿Se habrá enterado de que entre los que ejercen la prostitución en Cuba abundan hombres y mujeres de raza negra? ¿Quién distinguió, por sobre todas las cosas, el color de la piel del presidente Obama? ¿Quién es entonces el racista? Y no dudo que muchos de sus jefes estén ahora mismo riéndole la gracia, pero que no crea que será por mucho tiempo, los aplausos durarán un rato, y solo en el acondicionado silencio de las oficinas de sus jefes. Que no crea el periodista negro, que pasarán por alto esa desmesura, esa que quizá le sugirieron; que no crea que no pueden castigarlo, aunque en el acondicionado silencio de sus despachos no terminen nunca de aplaudir.

Muchos de los estudiosos del cuento de Morillas han visto en su protagonista a un héroe trágico. Lo mismo creo de Argudín. Y quién se atreverá a dudar que, en breve tiempo, este “útil redactor” termine escribiendo, aunque nadie lo lea, algo parecido a lo que escribió Morillas para ponerlo en boca de su protagonista: “Me retiré maldiciendo en silencio el destino de mi patria”.

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