José Martí: el subversivo que no descansa en paz

José Martí: el subversivo que no descansa en paz

Los defensores de un sistema que se basa en la represión a toda idea o derecho alternativo deberían enjuagarse bien la boca antes de mencionar a Martí

José Martí
Monumento a José Martí en La Habana (Foto de archivo)

GUANTÁNAMO, Cuba. –   A 124 años de la muerte de José Martí, sus sueños de libertad y democracia para todo el pueblo cubano continúan siendo una quimera.

Dejó una obra descomunal donde destacan su poesía originalísima y sus ensayos y discursos, en los que nos legó sus principales ideas. Cuando leo a Martí tengo la impresión de que aún no reposa. Si es cierto que los muertos no descansan definitivamente hasta que sus almas comprueban la realización de sus sueños terrenales, Martí debe andar sobre un camino de furia ante la manipulación que el castro comunismo ha hecho de sus ideas.

Aquí se habla mucho de Martí, pero muy pocos leen su obra. Una de las causas es que desde 1959 hasta acá las Obras Completas del Apóstol se han publicado sólo cuatro veces, en tiradas insuficientes. Algunas de ellas obviaron los tomos donde Martí critica las ideas socialistas.

Desde hace unos años comenzó a publicarse la edición crítica de sus obras, pero esta no ha tenido tampoco un alcance acorde con la importancia del autor y la magnitud de esa tarea. Cada cubano debería leer la obra del Apóstol para estar en condiciones de desmentir a los turiferarios castristas que manipulan su pensamiento. Porque Martí, además de un genio iluminador, es un gran subversivo, un perenne revolucionario que asombra por su vigencia.

Quien compare sus ideas con lo que ha ocurrido en nuestro país desde 1959 hasta hoy comprobará cuanta afrenta ha infligido a su memoria el castro comunismo, cuyos ideólogos, en el colmo de la desvergüenza, han llegado a afirmar en el preámbulo de la nueva Constitución -anti martiana por naturaleza-que en Cuba se ha logrado su anhelo de que la ley primera de la república sea el culto a la dignidad plena del hombre.

Los defensores de un sistema que se basa en la represión a toda idea o derecho alternativo deberían enjuagarse bien la boca antes de mencionar a Martí, o callar para no blasfemar de él como hacen al citarlo.

Porque Martí es el más alto referente de la pureza, la dignidad y la grandeza cubanas, practicadas sin la sombra del más mínimo odio.

En su poema “Mi reyecillo”, dedicado a su hijo, le pedía que no viviera impuro. Y en el poema XXXI, de sus “Versos sencillos”, asegura en la última estrofa, imaginándolo junto con él en la lucha por la libertad de la patria:

Vamos, pues, hijo viril:

Vamos los dos: si yo muero

Me besas: si tú…  ¡prefiero

Verte muerto a verte vil!

En cuanto al odio, ¿qué expresión más genuina de su posición frente a los enemigos que el cierre de su famoso poema XXXIX:

Y para el cruel que me arranca

El corazón con que vivo,

Cardo ni oruga cultivo:

Cultivo una rosa blanca

Esa ausencia de odio hacia el enemigo se advierte también en su estremecedor testimonio “El presidio político en Cuba”, que mostró la grandeza de quien entonces sólo tenía 18 años. A pesar de los horrores que presenció y padeció durante su estancia en las canteras, ante el dolor por el sufrimiento que las autoridades españolas infligían a los reclusos, escribió: “Ni os odiaré, ni os maldeciré. Si yo odiara a alguien, me odiaría por ello a mí mismo”. Luego aseguró: “La honra puede ser mancillada. La justicia puede ser vendida. Todo puede ser desgarrado. Pero la noción del bien flota sobre todo, y no naufraga jamás”.

A quienes aseguran que Martí era ateo les recuerdo estas palabras: “El orgullo con que arrastro estas cadenas, valdrá más que todas mis glorias futuras; que el que sufre por su patria y vive para Dios, en este u otros mundos tiene verdadera gloria”. Y al recordar una de las brutales golpizas a las que fue sometido Nicolás del Castillo, escribió: “Golpeaba la cabeza en el carro. Asomaba el cuerpo a cada bote. Trituraban a un hombre. ¡Miserables! Olvidaban   que en aquel hombre iba Dios. Ése, ése es Dios: ése es el Dios que os tritura la conciencia, si la tenéis; que os abrasa el corazón, si no se ha fundido ya al fuego de vuestra infamia. El martirio por la patria es Dios mismo, como el bien, como las ideas de espontánea generosidad universales. Apaleadle, heridle, magulladle. Sois demasiado viles para que os devuelva golpe por golpe y herida por herida. Yo siento en mí a este Dios, yo tengo en mí a este Dios; este Dios en mí os tiene lástima, más lástima que horror y que desprecio”.

Al principio de su famoso discurso conocido como “Con todos y para el bien de todos”, dijo: “Yo abrazo a todos los que saben amar. Yo traigo la estrella, y traigo la paloma, en mi corazón”. Y también afirmó que en la mejilla ha de sentir todo hombre verdadero el golpe que reciba cualquier mejilla de hombre, porque “envilece a los pueblos desde la cuna el hábito de recurrir a camarillas personales, fomentadas por un interés notorio o encubierto, para la defensa de las libertades…”

Con respecto a la futura república, en ese mismo discurso dejó bien claro que la revolución no se haría para  perpetuar el alma colonial sino para crear un país republicano nuestro, sin miedo canijo de  unos a la expresión saludable de todas las ideas y al empleo honrado de todas las energías, donde no se diera el robo al hombre que consiste en pretender imperar, en nombre de la libertad, por violencias en que se prescinde del derecho de los demás a las garantías y métodos de ella.

La base de lo que parecía iba a ser una revolución democrática liderada por Fidel Castro estuvo, aparentemente, en el pensamiento martiano. Pasaron unos pocos meses después de enero de 1959 para constatar que una dictadura de extrema izquierda llegó para sustituir a otra de derecha.

Los cubanos todavía le debemos la vindicación definitiva a Martí.

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