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¿Vale la pena cobrarle a un país quebrado?

La revolución marcha bien, reza el cartel entre ruinas (foto tomada de Internet)
La revolución marcha bien, reza el cartel entre ruinas (foto tomada de Internet)

LA HABANA, Cuba. – Con sus exigencias para la normalización de las relaciones, el gobierno castrista lo que hace es subirle la parada de un modo tal al gobierno de los Estados Unidos, que lo más probable es que no se vaya más allá del frágil status quo conseguido con la reapertura de las embajadas.

En definitiva, eso pudiera ser lo más conveniente, no solo para calmar las aprensiones de los jerarcas y los bonzos comunistas más ortodoxos y soberbios, sino para la propia supervivencia del régimen, habida cuenta de su incapacidad para desenvolverse en condiciones de normalidad. No es por gusto que 56 años después de la toma del poder y a casi 40 de su institucionalización socialista siguen llamado “revolución” a su (des)gobierno.

Las exigencias por el fin del embargo, la devolución del territorio ocupado por la base de Guantánamo, el cese de las trasmisiones de Radio y TV Martí y del apoyo a la oposición, sirven para que no se apague el diferendo, para mantener las brasas, sino quemantes, al menos echando humo.

Lo que no puede el castrismo es quedarse sin un enemigo a quien culpar por sus fracasos económicos y por la falta de libertades políticas de los cubanos.

Respecto al embargo, una de las condiciones sine qua non para su levantamiento por parte del Congreso de los Estados Unidos, es el pago por el Estado cubano de indemnizaciones por las propiedades norteamericanas confiscadas en los primeros años del régimen revolucionario.

Por su parte, el gobierno cubano insiste en demandar que Estados Unidos pague una indemnización a Cuba – calculada sin escatimar ceros a la derecha- por los daños ocasionados durante más de medio siglo por el embargo.

Resultan tan impracticables las indemnizaciones que reclaman ambas partes, que lo más sensato sería hacer borrón y cuenta nueva.

El régimen castrista exagera en su pose de guapo, al que hay que darle a la cañona todo lo que pida, como si de veras se creyera el cuento de que “el imperialismo yanqui” tuvo que rendirse ante la fuerza de las ideas de la revolución –llamémosla así hasta tanto se acabe de convertir en otra cosa-, aunque a duras penas logre tenerse en pie y pida agua (e inversiones y turistas) hasta por señas.

Los reclamos norteamericanos por las propiedades confiscadas le darían argumentos al régimen para lograr meter en su trinchera a los necios en los que ha logrado inculcar el temor de que los echen de sus casas y les pongan los bultos en la calle, además de tener que empezar a pagar los hospitales y la educación de sus hijos.

Sería bien deprimente el espectáculo de los menesterosos habituales, atrincherados junto a un puñado de privilegiados con migajitas, para defender los hoteles, las fábricas y las mansiones de “esta gente” (como invariablemente llaman a los de la Nomenklatura, por mucho que les teman y obedezcan).

Del otro lado, deben acabar de convencerse de que en Cuba, luego de 56 años de terremoto castrista, no hay mucho que recuperar. Poco más que industrias tan improductivas que dan pérdida, centrales convertidos en chatarra, cañaverales transformados en marabuzales y criaderos de santanillas, extensiones de tierra cubiertas por el agua de los embalses, mansiones aristocráticas convertidas en cuarterías, edificios en ruinas o a punto de derrumbarse…

Tampoco hay con qué indemnizar. Con tanta ruina y atraso, no hay de dónde sacar dinero para pagar tantas indemnizaciones.

Ni soñar que la elite castrista, para poder pagar las compensaciones a los confiscados, vaya a quedarse sin un centavo y estropear el futuro de millonarios de sus descendientes.

Y ni remotamente estaría en condiciones de pagar las indemnizaciones a los norteamericanos y cubano-americanos expropiados un eventual gobierno democrático, que en vista de los éxitos diplomáticos raulistas con Estados Unidos y la Unión Europea, ni con catalejo se ve venir a corto plazo.

No obstante, si a pesar de los pesares, llegara a haber algún día un gobierno democrático, no podría arriesgarse a hacer naufragar la gobernabilidad con la imposición de medidas antipopulares para poder exprimir centavo a centavo los millones que habría que pagar.

Téngase en cuenta que a las millonarias indemnizaciones a los expropiados habría que sumar la deuda contraída con el Club de París, que sigue siendo enorme, a pesar de las condonaciones hechas por algunos deudores.

De decidirse un futuro gobierno democrático a pagar esas deudas a como dé lugar –brigadas antimotines mediante, un buen destino para los segurosos cesanteados- tendrían razón los que tildaran a ese gobierno de antinacional.

Y sería muy triste, porque a los que les viene como anillo al dedo ese feo calificativo es a los mandarines que una vez juraron amor eterno al imperio soviético y hoy se desgañitan como jineteras tras los capitalistas extranjeros, especialmente los yanquis, para venderles el país en pedacitos, quedarse con toda la ganancia y seguirse dando la gran vida, olvidados de la miseria y los sufrimientos de la inmensa mayoría de los cubanos.

Por lo pronto, traban el juego con sus exigencias al gobierno norteamericano. Saben que sus peticiones tienen pocas posibilidades de ser complacidas, pero no les importa: si es precisamente por eso que las hacen…

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