En la cola del pan: así esperaron los habaneros el paso de Laura

En la cola del pan: así esperaron los habaneros el paso de Laura

El preludio de la tormenta tropical Laura en la capital cubana estuvo marcado por larguísimas colas en todas las panaderías estatales

Cola en la panadería de Reina y San Nicolás (Foto de la autora)

LA HABANA, Cuba. – La noticia de que la tormenta tropical Laura se había inclinado un poco más al sur, dejando fuera de su trayecto a La Habana, no fue consuelo suficiente para los capitalinos que esperaban sufrir aún los embates del viento y las lluvias intensas. Este lunes, desde muy temprano, la gente salió a la calle para conseguir lo imprescindible, creyendo que por la contingencia meteorológica el surtido aumentaría un poco. No andaban detrás del pollo, detergente o aceite. Cuando amenaza tormenta el top ten de lo más buscado se altera rápidamente y al podio suben el pan, las velas, baterías para lámparas recargables, galones de agua (los que pueden) y cualquier chuchería destinada a los niños.

El preludio de Laura fueron larguísimas colas en todas las panaderías estatales, sobre las que ha recaído el grueso de la demanda debido a la disminución de la oferta en el sector privado. Mi primer intento me condujo a la panadería de Carlos III, cuya fila, según los presentes, había iniciado a las 10:00 de la mañana para esperar el lote de pan que saldría a las 2:00 de la tarde. Cuando llegué, pasado el mediodía, el gentío se extendía a lo largo de una cuadra. Era poco probable que alcanzara, pero igual marqué y cuando faltaban pocos minutos para las 2: 00 p.m. anunciaron que comenzaría la venta.

La fila avanzó apenas diez pasos y el pan se acabó. Un murmullo incómodo se esparció entre los presentes hasta formar algo así como un embrión de protesta popular. Varias personas se agolparon en la ventanilla para reclamarle a la dependiente; pero no por haber puesto en venta un volumen tan limitado del producto, sino por haber despachado dos barras de pan a cada cliente que tuvo la suerte de comprar.

El criticado racionamiento se convirtió de súbito en una exigencia, sin tener en cuenta que el aviso de tormenta tropical implicaba acuartelarse por un par de días al menos, y que una barra de pan no era suficiente para una familia. La gente se dispersó hablando pestes del Gobierno. Algunos habían hecho cuatro horas de cola en vano, entre ellos varios ancianos que no se vieron con fuerzas para probar suerte en otra panadería y decidieron marcharse, derrotados, a sus casas.

Todas las panaderías de Centro Habana eran un hervidero. Hubo tumultos incluso para comprar el pan de la bodega, pues cuando el hambre aprieta nadie discrimina, mucho menos quienes cargan una elevada cuota de conformidad.

Enfilé hacia la panadería de Reina y San Nicolás, donde otra multitud se apretaba a lo largo del portal sin hacer caso de los policías que procuraban mantener el distanciamiento social. Marqué y disimuladamente tomé fotos de las personas que iban delante de mí para evitar perderme en aquel gentío, cosa que me ocurre con frecuencia. No sabía que pasarían cuatro horas antes de poder comprar.

A diferencia de la panadería de Carlos III, la de Reina trabajaba a un ritmo frenético. Cada 25 minutos salía un lote de pan, pero no era suficiente para satisfacer la demanda. La cola crecía y con ella la ansiedad, porque las panaderías cierran a las 8:00 p.m. desde que comenzó la pandemia. Demasiada gente impaciente, crispada, con miedo a no alcanzar. Niños tratando de inspirar lástima en los adultos para que los dejaran colarse. Ancianos vulnerables que en vano procuraban mantenerse alejados de los jóvenes que fumaban desafiantes, con el nasobuco colgando del cuello, ante la mirada de los policías.

Cada informe de meteorología advertía de la proximidad de Laura; pero esa “brisa platanera” no se iba a interponer entre un cubano y su merienda. Quizás porque estamos acostumbrados a huracanes y solo nos inquietamos cuando la cosa es de categoría tres en adelante, la displicencia era regla general.

Comenzó a lloviznar y las personas, como ovejitas, se juntaron más en el portal. El policía quiso retomar la distancia social pero comprendió que no habría forma. Después de tan larga espera la gente solo atinaba a sostenerse sobre sus agotadas piernas y lamentarse a causa de la demora y las altas probabilidades de que les quitaran la corriente y el gas por culpa de Laura.

A pesar de los augurios, cada uno de los presentes tenía la misión de volver a casa con una barra de pan al menos; así que de ahí no se movería nadie, ni dejaría un espacio por donde otro pudiera colarse. La crisis ha sido somatizada e incorporada al ADN nacional, en cuya memoria solo hay un enemigo registrado: el hambre, o la sensación de hambre; que no es lo mismo, pero igual pone al cubano en pie de guerra. La única guerra que ha peleado desde que nació.

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Acerca del Autor

Ana León

Ana León

Anay Remón García. La Habana, 1983. Graduada de Historia del Arte por la Universidad de La Habana. Durante cuatro años fue profesora en la Facultad de Artes y Letras. Trabajó como gestora cultural en dos ediciones consecutivas del Premio Casa Víctor Hugo de la Oficina del Historiador de La Habana. Ha publicado ensayos en las revistas especializadas Temas, Clave y Arte Cubano. Desde 2015 escribe para Cubanet bajo el pseudónimo de Ana Léon.

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