Yo no soy comunista (Revolución es no mentir jamás)

Yo no soy comunista (Revolución es no mentir jamás)

Fidel Castro afirmó que la Revolución era verde como las palmas, sin embargo terminó siendo roja y delicuescente como el interior de los melones

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(EFE)

GUANTÁNAMO, Cuba. – Este 17 de abril se cumplen 60 años del discurso de Fidel Castro Ruz ante la Sociedad de Editores de Prensa en Washington.

El hecho se produjo en el contexto de su primera visita a los EE.UU., después de auparse en el poder. En esa oportunidad el comandante en jefe aseguró públicamente que no era comunista, algo que continuaría diciendo durante todo el año, incluso en medio de sucesos tan traumáticos para la nación como la mascarada judicial en la que le impuso veinte años de prisión al comandante Hubert Matos por el presunto delito de traición.

Siempre me ha resultado extremadamente vergonzoso —pero muy interesante desde el punto de vista histórico— el giro realizado por Fidel Castro al alinearse públicamente con el despotismo comunista. A pesar de todas las explicaciones creo que a la historia oficial aún le faltan unas cuantas piezas y todo parece indicar que los historiadores castristas no tienen ninguna intención de meter sus manos en el asunto…, al menos por ahora.

¿Fue Fidel Castro realmente un demócrata?, ¿toda su proyección política fue un montaje para encubrir sus verdaderas pretensiones?, ¿el cambio de su posición fue una consecuencia inevitable de los acontecimientos?

Creo que existen suficientes testimonios sobre su vida para concluir que demostró ser alguien con un ego desmedido, incapaz de aceptar humildemente que otra persona pudiera superarlo y muy proclive a la violencia, algo acreditado desde antes del asalto al cuartel Moncada.

Luego de haber sido detenido por tales sucesos y hasta el fin de 1959, Fidel Castro dejó una clara constancia pública de su defensa de la democracia en documentos como “La historia me absolverá” y los Pactos de México, de La Sierra y Caracas. Ese espíritu democrático fue develado por Mario Mencía en su investigación titulada “La prisión fecunda”, y aunque es cierto que durante el proceso del Moncada le ocuparon un libro de Lenin y que aseguró ser un lector de la obra del bolchevique, en esa época siempre criticó al comunismo. Me resulta muy sospechoso que gran parte de la correspondencia que mantuvo con importantes figuras del Movimiento 26 de Julio y del escenario político nacional durante su encarcelamiento, se mantenga inédita. Acaso eso se deba a que publicarla ofrecería más claridad sobre la magnitud de su traición.

Si bien es cierto que el golpe de estado de Batista fue el detonante que provocó la ola radical que engendran las injusticias —donde siempre va a existir el peligro de que seres inescrupulosos se hagan con el poder, como ocurrió con el castrismo— desde la década de los años cuarenta del pasado siglo eran evidentes los síntomas de debilitamiento de las estructuras democráticas del país. Y se sabe que cuando la institucionalidad es fuerte toda subversión fracasa. Desgraciadamente no fue lo que ocurrió en Cuba. La revolución era necesaria como vía para fortalecer la democracia, no para destruirla.

Y aquí vuelvo al famoso viaje de Castro a los EE.UU. Hay quien dice que la actitud asumida por el presidente Eisenhower, al negarse a recibir al líder revolucionario, fue lo que desató la ira del comandante. Otros aseguran que la idea de potenciar su megalomanía a escala internacional apareció explícitamente en una carta que le dirigió a Celia Sánchez el 5 de junio de 1958, luego de un bombardeo de la dictadura batistiana a las tropas rebeldes, en el que usaron bombas norteamericanas. Entre esta sarta de elucubraciones debida al sistemático silencio que los historiadores oficialistas guardan sobre la traición de Fidel Castro a los postulados democráticos de la revolución, suposiciones como las precedentes se entienden, aunque varios testimonios de algunos que entonces eran sus allegados y luego se le enfrentaron, demuestran que en modo alguno las ideas comunistas predominaban en la cúpula del ejército rebelde.

Bastaron algunos meses para que los militantes del Partido Socialista Popular penetraran y controlaran todas las estructuras de poder del Estado y comenzaran a desmantelar la ya menguada democracia republicana. Quizás ese fue el momento en que Fidel Castro comprendió que sólo una dictadura comunista podía hacer viable sus delirios de grandeza. Así, lo que un día se anunció como una revolución democrática derivó hacia una feroz dictadura que colocó al país a la zaga del continente en cuanto al respeto a elementales derechos humanos y convirtió acciones hasta entonces normales —como las peleas de gallos, matar una res, navegar por las costas, pescar en la plataforma, escuchar una emisora extranjera o criticar al gobierno—, en delitos.

El joven Fidel Castro calificó de traidores a quienes se opusieron al rumbo dictatorial de una revolución que él aseguró era verde como las palmas y terminó siendo roja y delicuescente como el interior de los melones. Superó a Fulgencio Batista en cuanto a la magnitud de su poder, se desentendió de sus promesas, consistentes en restablecer la Constitución de 1940 y la democracia e impuso una dictadura unipartidista que ha hecho retroceder al país, en cuanto a libertades civiles y políticas, a una situación similar a la padecida durante la etapa colonial.

Consciente de que los EE.UU. jamás intervendrían militarmente en Cuba gracias al acuerdo suscrito por ese país y la URSS luego de la crisis de los misiles, Fidel Castro se convirtió en la carta predilecta del gigante euroasiático en este continente durante la guerra fría. A costa de tantas aventuras bélicas y “apoyos desinteresados” logró —junto con su despotismo— sumir al país en una crisis que parece eterna y someter a la mayoría de los cubanos.

Más de cuarenta años después de 1959 se apareció con su concepto de revolución, en el cual anunció que esta es, entre otras cosas, no mentir jamás.

Obviamente, si alguien se hubiera atrevido en ese momento a recordarle su discurso ante la Sociedad de Editores de Prensa de Washington el 17 de abril de 1959, seguramente habría sido remitido inmediatamente a los “imparciales y justos tribunales de justicia” revolucionarios.

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