Constitución castrista y crisis económica: nacidas gemelas

Constitución castrista y crisis económica: nacidas gemelas

La nueva Carta Magna está diseñada para consagrar precisamente todos los elementos que garantizan un estado de crisis permanente e irremontable

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Hambre en Cuba: Un pueblo que vive de la croqueta. Foto archivo

LA HABANA, Cuba. – Han transcurrido apenas unos días desde la proclamación de la nueva Constitución castrista, pero en las calles de la capital cubana nadie habla de ella. De todo el farragoso discurso del General de Ejército, protagonista del anuncio y estreno de su propia obra, solo una frase —tan lapidaria y agorera como el último clavo que sella un ataúd— caló en el ánimo de los cubanos, cuando el jefe de la cúpula geriátrica hizo público lo que ya era un secreto a voces: hay que “prepararse para la peor variante” de la economía. Oficialmente se hicieron realidad los temidos fantasmas del “período especial” de los 90’ que han estado rondando durante el último año, y que los más ilusos consideraban superado e irrepetible.

Dejando de lado la muy cuestionable excepcionalidad que convierte a Cuba en el único país del mundo occidental donde se anuncian a la vez y en el mismo escenario una nueva Constitución y una nueva crisis económica, lo más contradictorio del hecho es que la susodicha Carta Magna, lejos de adecuarse a los tiempos actuales y propiciar los cambios que ayuden a oxigenar la economía, está diseñada para consagrar precisamente todos los elementos que garantizan un estado de crisis permanente e irremontable, con el único objetivo de perpetuar una clase en el Poder.

Al mantener la economía fuertemente centralizada, con la propiedad estatal y la ineficiente gestión del Estado como principales pilares económicos, al negarse la apertura a una economía de mercado y al limitar a su mínima expresión la iniciativa privada de los nacionales y sus libertades y derechos económicos y civiles —para no mencionar los políticos— se trata más bien de un epitafio que de una Constitución.

Ante la nula voluntad de cambios, y habida cuenta que no se avizora en el horizonte ningún milagro ni fuente salvadora que subsidie el incuestionable fracaso del sistema, ha comenzado para los cubanos la fase crítica de la batalla por la supervivencia en medio del desabastecimiento, el racionamiento extremo y las aglomeraciones en los pocos mercados en los que todavía se comercializan algunos alimentos de gran demanda, en especial los aceites y los cárnicos.

El centro comercial Plaza de Carlos III, en el municipio capitalino de Centro Habana, es uno de esos escasos mercados favorecidos con lo que pudiéramos llamar “la gracia del surtido” y, en consecuencia, un escenario habitual de esa sorda batalla. Pese a la exigua y poca variedad de la oferta de productos cada vez más deficitarios, en la carnicería de este centro comercial —como en el de otros mercados puntuales de la ciudad, entre ellos el de 3ra y 70, en el privilegiado barrio de Miramar— el abastecimiento de algunos de los productos de mayor demanda popular ha mantenido hasta el momento una relativa regularidad.

En consecuencia, diariamente en la Plaza de Carlos III se agolpan las multitudes, apiñadas desde horas antes de la apertura ante las rejas de la entrada que da acceso desde el parqueo, ahora destinada exclusivamente a quienes aspiran a hacer sus compras en la carnicería. La larga fila atraviesa una buena parte del área del parqueo, en particular los fines de semana, cuando acuden también muchas personas desde las provincias aledañas a la capital, o incluso desde lugares más distantes, en las que el desabastecimiento es atroz.

Por lo general se desconoce qué productos saldrán a la venta en cada jornada, pero el sentimiento de urgencia y la necesidad de llevar alimentos a los hogares no deja opciones a la mayoría de la gente. Un día tras otro se repite la misma escena durante todo el horario de apertura del mercado: una marea humana constante obligada a dedicar muchas horas de su vida al acarreo de alimentos a precios que no guardan correspondencia con los salarios cubanos.

Y mientras las penurias se van tornando la norma crecen a la par las prohibiciones. A finales de marzo los directivos de la Empresa de la Gastronomía y los Servicios de Centro Habana, en reunión con los directores de cada establecimiento, informaron que queda terminantemente proscrito tanto para ellos como para sus subordinados mencionar siquiera la frase “período especial”.

Por su parte, los empleados de los centros comerciales que operan en divisas recibieron idéntica orientación. Período especial, crisis, desabastecimiento, son algunas de las palabras que han pasado a engrosar la extensa lista de vocablos subversivos, como si fueran los términos —y no el pésimo desempeño de la administración del país— la causa del descalabro económico que condena a los cubanos a un estado de pobreza permanente.

Entretanto, el régimen ha estado aceitando los mecanismos de represión y los controles. La Empresa de Ómnibus Nacionales recientemente ha comenzado aplicar fuertes normas restrictivas para controlar el contenido de los equipajes. Cada viajero puede transportar hacia las provincias del interior solo hasta dos litros de aceite comestible. También se han producido drásticas limitaciones en el peso permitido, con significativos gravámenes al exceso de equipaje.

Otros productos alimenticios y de aseo —como jabones de baño, pasta dental y detergentes— también están siendo restringidos en los equipajes. Según declaran los funcionarios encargados de dichos controles estas medidas buscan evitar la especulación y el contrabando en el mercado negro, pero este reglamento afecta igualmente a las familias que se ven obligadas a abastecerse en la ciudad capital de todos aquellos artículos de primera necesidad que prácticamente han desaparecido de los pueblos del interior.

“¡Y eso no es nada, lo peor está por venir!”, vaticinan los más memoriosos que vivieron como adultos las inenarrables penurias de los años 90 y saben que esta vez la situación tanto al interior de la Isla como en el ámbito regional e internacional es mucho más compleja que entonces, y no deja espacio para optimismos extemporáneos.

En todo caso es una sentencia mucho más posible que todas las promesas incumplidas del castrismo a lo largo de 60 años, y más realista que la Constitución cuyo nacimiento este 10 de abril, fue anunciado con toda solemnidad y fanfarria junto al de su hermana gemela: la nueva crisis económica del castrismo. Acaso la peor de todas.

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