Carolina Barrero: entre la poesía, el diálogo y la resistencia

Carolina Barrero: entre la poesía, el diálogo y la resistencia

El arte, la poesía, tienen la capacidad de transitar por encima del lenguaje, de increpar con asertividad la persistencia de los símbolos, las fábulas, los mitos

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Carolina Barrero. Foto cortesía de la entrevistada

LA HABANA, Cuba.- La sensibilidad y sencillez de Carolina Barrero Ferrer enamora, seduce, incluso sin conocerla personalmente. El 27 de enero de 2020, frente al Ministerio de Cultura de Cuba, era ella quien sostenía, como un talismán, el libro de Poesías Completas de José Martí. Lo leía una y otra vez; era esa su principal arma contra la censura y la represión: Martí y la poesía.

En su prolífero currículum destaca por su trabajo tanto en Cuba como en España. Estudió la carrera de Física durante dos años, en la Universidad de La Habana, luego se trasladó a la Facultad de Artes y Letras de la misma Institución, donde se graduó como Licenciada en Historia del Arte; poco después obtuvo un Máster en Instituciones Culturales por la Universidad Complutense de Madrid.

Entre 2013 y 2014 formó parte del equipo curatorial de la XII Bienal de La Habana. En 2015 fue becaria del Museo Nacional del Prado, uno de los más importantes del mundo; y desde 2016 ha trabajado en galerías de arte de Madrid, como “Elba Benítez” y “Travesía Cuatro”. En 2019 fue invitada a participar en la organización del programa de coleccionistas de la feria Drawing Room, la única feria de dibujo contemporáneo de España, la cual reúne a numerosos galeristas nacionales e internacionales.

¿Qué te llevó el 27 de enero de 2020 a protestar frente al Ministerio de Cultura?

Esa mañana yo no iba al Ministerio de Cultura, iba a la estatua ecuestre de Martí que está en la Avenida del Puerto. Tampoco iba a protestar, sino a recordar, a no ser que la memoria del poeta ofenda a alguien. Lo he contado en el testimonio que escribí para Rialta. A esa hora, bajo el influjo de no sé qué suerte de inquietud, la Seguridad del Estado cubana decidió impedirlo con el despliegue de una nueva serie de detenciones a artistas y periodistas, entre los que te encontrabas tú.

Es inaceptable que continúe este tipo de reacción por parte del Estado. Nosotros, los ciudadanos, tenemos el derecho pero también el deber de impedirlo. La violencia institucional y la represión no caben en ninguna idea de país que queramos defender o construir. Por eso llegué hasta las puertas del Ministerio.

Ese día leían el poema de José Martí “Dos Patrias”. ¿Por qué leer poesía en medio de una protesta pública?

La poesía tiene la potencia de conjurar lo que escapa al lenguaje llano. La forma poética exprime las posibilidades de la palabra hasta destilar esencias inefables. En esa posibilidad, la poesía derrama sobre el orden aparente de las cosas una sustancia que visibiliza los contornos desgastados de la forma bajo la lima de la costumbre; una ráfaga que destapa volúmenes cubiertos por el velo siniestro de la indiferencia y el hastío. Como un conjuro que de golpe irrumpe para quebrar el hechizo, tal es la potencia de la poesía sobre el orden del mundo.

Eso queríamos, en última instancia, frente al Ministerio: hacerlos despertar.

¿Ha sido esta la primera ocasión que has resultado detenida, interrogada, amenazada y, en definitiva, sometida a tratos crueles, inhumanos y degradantes? ¿Qué ha significado para ti esta experiencia?

No era la primera vez. Hace muchos años, cuando yo era estudiante de bachillerato tuve un encuentro con la Seguridad del Estado. Era una clase de Cultura Política sobre la democracia, un recuento que partía de los orígenes atenienses para muy rápido desembocar en la ley electoral cubana. Mi respuesta de estudiante causó tal preocupación a la Seguridad del Estado que terminaron por cerrar el preuniversitario urbano Manolito Aguiar, y casi me cuesta mis estudios de Física, la carrera que entonces quise estudiar y que me había sido preotorgada por concurso.

Recuerdo que, como ahora, no sentí miedo, pero sí tristeza; un dolor que se me mezclaba con el impulso de una fuerza. En ese entonces no me detuvieron, pero sí me interrogaron. Venían acompañados del mismo repertorio de fabulaciones delirantes que todavía sostienen. Tan difícil les resulta aceptar la respuesta simple, clara y serena que mueve el sentido de lo justo y bueno.

Luego te sumaste a la iniciativa del 27N y del MSI de exigir la renuncia del Ministro de Cultura Alpidio Alonso Grau, por los violentos sucesos que él desencadenó el 27 de enero. Tres días más tarde, pese a todo el operativo policial, lograste llegar al Capitolio Nacional, sede del Parlamento cubano, para continuar con esta exigencia. Ese día resultaste detenida igualmente; el 4 de febrero fuiste secuestrada en la vía pública, y en esta ocasión te amenazaron con imponerte un delito. ¿Qué sucedió ese día? ¿De qué se te acusa? ¿Por qué crees que te estén amenazando de esta manera los órganos represivos cubanos? ¿Cómo piensan afrontar esto?

El Ministro Alpidio Alonso Grau debe dimitir. Y si no tiene el decoro de hacerlo, la Asamblea Nacional debería de cesarlo. Mucho me preocupa que algo así se tenga que explicar. Las imágenes que muestran su comportamiento hablan por sí solas. Cualquier estado que se precie de serlo no puede permitirse aceptar la violencia por parte de los funcionarios públicos que representan a la ciudadanía. Solveing Font y yo acudimos ante la Asamblea Nacional de Cuba el día 3 de febrero para entregar una petición legal amparada por la legislación vigente, según el artículo 8 de la Ley de Revocación de Mandato y el artículo 61 de la Constitución, en representación de más de mil personas que suscribieron la petición. Un número que a día de hoy continúa creciendo.

Al día siguiente, el 4 de febrero, cerca de las nueve de la mañana, la Seguridad del Estado me detuvo mientras caminaba por la calle Aguiar. Lo hicieron sin un mínimo de respeto, sin que mediara una palabra que explicara el motivo de la detención. De la nada, un hombre vestido de civil vino por la espalda, me arrebató el teléfono y me tiró dentro de una patrulla. Parecía más un asalto o un secuestro que una detención policial.

En el camino a la estación de Infanta y Manglar sucedió algo sobre lo que no dejo de pensar. Todavía en la Habana Vieja la patrulla se detuvo un momento a media cuadra, otro carro bloqueaba el paso. En ese momento un hombre que parecía octogenario se acercó a pedir auxilio, alguien le había arrebatado algo que al parecer llevaba en las manos. Los policías que me llevaban no lo dejaron terminar de explicarse, con condescendencia y atrofia, dijeron que reportarían su caso, que ya vendría alguien. No llamaron a nadie desde la patrulla, no lo reportaron al llegar a la estación. En lo que quedó de trayecto varias veces intenté que reaccionaran, que hicieran lo que efectivamente es su trabajo. No tuve respuesta.

Ya en la estación me dejaron en una oficina bajo la custodia de dos oficiales vestidas de civil, del cuerpo que llaman Marianas. Pasaron cerca de tres horas, yo seguía sin saber el motivo de la detención. Ahí me paré. Le dije a las mujeres que iba a salir, y que la única manera de pararme era diciéndome el motivo de mi detención o moliéndome a golpes. Les dije también que aunque ellas siguieran órdenes no estaban obligadas a pegarme, tenían la opción de decir que no. Estuvimos diez minutos forcejeando, yo empujaba con fuerza, no las tocaba, ellas me tiraban contra la pared y me apretaban las muñecas hasta cortarme la circulación, en un punto me miraron cansadas, desesperadas, se sentían mal. Buena parte de la estación vino a ver qué pasaba, entre ellos la agente (Teniente Coronel) Kenia (Kenia María Morales Larrea). Poco después me interrogó.

Tenía mucha rabia, no entendía “por qué yo había incluido los versos de Dos Patrias en lugar de los Zapaticos de Rosa, por ejemplo”. No entendía nada. Me di cuenta muy rápido de que Kenia había decidido hacerme la denuncia por el delito de Clandestinidad de Impresos antes de dejarme hablar. El tiempo del interrogatorio fue básicamente para gritar, insultar y amenazar. Cuando terminó le dije, “haz lo que tengas que hacer, sé que no he cometido delito, lo volvería a imprimir mil veces más”.

Ya he contado que el día 6 de febrero me citaron a la estación de la calle Picota para informarme que se había abierto un expediente de investigación penal por el delito de clandestinidad de impresos, que el proceso duraría hasta diez días hábiles durante los cuales se me recomendaba abandonar el país. Una sugerencia inaudita por parte de la policía, se sabe que una investigación penal acaso sea la única razón por la que a una persona se le puede impedir abandonar el territorio nacional. El día 19 de febrero se cumple ese plazo. Hasta ahora nadie ha venido a devolver el iPad que me requisaron ese día, ni a notificarme sobre la fecha de inicio de la instrucción judicial o la retirada de la denuncia. Quiero decir que no voy a aceptar una opción intermedia, ni haré otra cosa de lo que ya he declarado públicamente.

Merecemos vivir en un Estado de Derecho, donde se respete la presunción de inocencia, el derecho a que la parte acusada se reconozca como parte del proceso de investigación y pueda nombrar un abogado desde el momento de la acusación, el derecho a tener un juicio en toda regla y no un juicio político que se trasviste en la forma sumaria.

Desde noviembre de 2020, fundamentalmente desde el 27, en Cuba los artistas, intelectuales y periodistas independientes están exigiendo al Ministerio de Cultura y al gobierno cubano una serie de demandas, sobre todo relacionadas con el reconocimiento y respeto de la libertad de expresión, el cese de la censura y la represión. Pero, ¿qué hacer cuando las instituciones se niegan a la apertura y al diálogo con la sociedad civil independiente y, además, recurren a campañas de descrédito en los medios oficiales y a amenazas como las que te han hecho?

Creo que debemos aparcar la apatía, la resignación, la indiferencia, el extremismo estéril e inexacto, pero, sobre todas las cosas, debemos de aparcar el miedo. Hablo de todas las partes, y de todos los miedos. En Cuba tenemos que tejer una conversación común, un estado de reconciliación. Yo creo que nos unen más cosas de las que nos separan. Se lo dije a los agentes que me interrogaron después de Kenia ese día, y que acaso parecían escuchar mejor.

¿Cómo, desde el arte, se pudiera contribuir a esa cultura de resistencia y transformaciones definitivas y necesarias en Cuba?

No creo que Cuba necesite una cultura de la resistencia, creo que necesita una cultura de participación ciudadana. De eso es de lo que se trata una República, de mantener viva una conversación sobre lo común, sobre cómo queremos, en definitivas, organizarnos en sociedad. El proyecto social del 59’ muy pronto invirtió este orden social para colocar, en primer lugar, el derecho de la Revolución a existir, por encima de cualquier derecho ciudadano, por encima del pueblo para el cual se suponía había nacido. El arte, la poesía, tienen la capacidad de transitar por encima del lenguaje, de increpar con asertividad la persistencia de los símbolos, las fábulas, los mitos. Ahí reside en última instancia su capacidad de creación, su potencia generadora.

“Dos patrias tengo yo: Cuba y la noche”, dice el poema de Martí, ¿qué es para ti la patria?

Muchas veces la pregunta vale más que la respuesta. Este es, sin duda, uno de esos casos. La patria es un telos, una búsqueda de los fines de la vida común en la espléndida diferencia. La territorialidad se hace aquí inevitablemente estrecha, la patria crece siempre allá donde viaje la memoria, en el mapa de afectos que une los orígenes de los pueblos.

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Camila Acosta

Graduada en Periodismo en la Universidad de La Habana, 2016. Investigadora, Documentalista y Especialista en Comunicación del Club de Escritores y Artistas de Cuba (CEAC). Reside en La Habana, Cuba

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