Alpidio: la “revolución” lo formó como ingeniero y lo usó como ministro

Alpidio: la “revolución” lo formó como ingeniero y lo usó como ministro

Y Alpidio no quiere que lo miren, y sobre todo no quiere que lo filmen. Difíciles quereres los suyos, sobre todo en un país donde el G2 filmó todo cuanto quiso y a todo el que tenía entre cejas

Alpidio Alonso Grau, OCDH, Cuba, MINCULT
Alpidio Alonso Grau (Foto: Granma)

LA HABANA, Cuba.- Cada vez desarrollo más esa propensión, que siempre tuve, de asociar cosas, hechos…; confieso que me gustaría no andar haciendo tantos parentescos, pero es algo que no está en mí, y lo peor es que crece con los años sin que consiga menguar esos apegos, aunque algunas de esas asociaciones que propongo podrían resultar descacharrantes, aunque quizá solo tengan la apariencia de ser descacharrantes, y no lo sean tanto. Confieso que en estos días últimos me entretuve hurgando en ciertas sociedades; y es que por más que lo intento no consigo desatender un suceso de la vida cubana que emparento ahora con una escena de película, una escena que algunos recuerdan mucho y que otros jamás miraron.

En esa escena aparece una mujer exuberante, una mujer de belleza rara que se mueve, se pavonea por todo el escenario. Esa mujer debió saber siempre que su cuerpo tenía la razón, que eran felices sus movimientos, y también sus formas. Esa mujer siempre supo que ese cuerpo suyo, y la manera en que lo movía, tenían, tienen aún, un gran predicamento, y mucha fuerza su figura esbelta. Ella se sigue llamando Rita Hayworth  y se le escucha todavía, como si aún cantara aquello que realmente interpretó, y también grabara, Anita Ellis. Ella, Rita, mueve aún los labios dando la apariencia de que canta. Ella se llama Rita Hayworth pero interpreta a Gilda en una película, y ambas usan la voz de Anita Ellis.

Gilda es el centro de la película. Gilda es el personaje que interpretara Rita. Gilda, Rita, usa mitones negros y un vestido escotado del mismo color. Negro el vestido y los mitones, y gráciles los movimientos, elegantes, sensuales. Ella es provocadoramente justa, es encantadora, y dueña de una incitación que arrasa. Ella es Rita, pero es también todas esas mujeres que representa. Y desde hace días no consigo olvidar ese instante en el que Rita, interpretando a Gilda, se quita el guante, y canta, y culpa a Mame del incendio de Chicago, y también de un terremoto en San Francisco, de una tremenda nevada en Nueva York, y hasta de la muerte de alguien de quien no recuerdo el nombre.

Mame, según Rita, es la culpable de muchas cosas. Mame es la culpable, eso dice una Gilda representada por Rita Hayworth. Rita culpa a Mame y se despoja de uno de sus mitones y los lanza al público, y un rato después recibe un bofetón. Rita culpa a otros, pero no se culpa; y recibe uno de esos bofetones que estremecen, uno de esos golpes que quedan para siempre en el recuerdo de quien los presenciara, y también de quien los recibe en su cachete, incluso cuando ese bofetón es solo parte de una escena de película.

Rita recibe un bofetón que le propina un Glen Ford celoso por el coqueteo que despliega Gilda, representada por Rita, en el escenario; y tan fuerte sería el bofetón que hasta el peinado de la actriz, del personaje, se descompone. Y todo eso me lleva a pensar en Alpidio Alonso, no porque él se despeinara, que bien sabemos que es casi calvo el hombre…

Pienso en Gilda y en Alpidio Alonso, pero insisto para que no suponga el lector que esta relación que propongo tiene que ver con cabelleras y bellezas, porque Alpidio es calvo y es feo, además de tosco y antipático, todo lo contrario de Rita, que fue bellísima y sensual, y elegante, y delicada, y con mucha clase, como sucede en las personas que exhiben buena educación.  Y la verdadera razón de esta extraña juntamenta que armo ahora, “arbitrariamente”, está emparentada con un golpe, con el arrebato de un teléfono móvil.

Ya sé que puede parecer algo arbitraria esta relación, pero la vida también lo es. Y a mí se me antoja relacionar una de las más famosas cachetadas del cine, esa que recibió Gilda en un escenario de cabaret, con el caso Alpidio, ese caso que tristemente no es ficción, que tristemente es parte de la más real de las realidades, no del cine. El golpe de Alpidio sí que se concretó, fue muy real. Y ese golpe con mano abierta ocurrió en el Ministerio de Cultura, en esa “casita” que antes fuera de Julio Lobo y luego de los comunistas, cuando se adueñaron de ella sin recato, sin vergüenza. Y allí, en la casa de Julio Lobo, pasa sus días Alpidio Alonso, y hace allí sus estropicios.

El bofetón de Rita, aunque está en la historia, no es real aunque lo pareciera; ese bofetón es solo una simulación con apariencia de ser cierta, como suelen ser las cosas en el cine; pero lo otro, eso que sucedió en el Ministerio de Cultura, en la casa que fuera de Julio Lobo, es tristemente cierto, y fue Alpidio quien acudió a la agresión, quizá buscando una “propina” del poder más alto. Fue Alpidio quien golpeó. Quien dio el golpe es un alto funcionario del estado, un ministro de cultura, un hombre de quien se dice que es poeta, pero yo creo que no lo es, creo que el hombrecito golpeador no es otra cosa que un rimador de pacotilla, y también supongo que llamarlo rimador resulta exageradamente bondadoso.

El ministro de cultura nació en noviembre, en un pequeño poblado de Zulueta. Al recién nacido escorpión le pusieron por nombre Alpidio, con A, y no Elpidio, por suerte, porque ese nombre, es decir, Elpidio, significa esperanza, que es lo menos que nos ofrece este ministro escorpión. Así que nadie se atreverá a intentar que creamos que Félix Varela dedicó a este señor sus “Cartas a Elpidio”, aunque pensándolo bien habría sido bueno que él creyera que le estuvieron dedicadas, y hasta que Varela le reclama, como reclama a Elpidio, para que descubriera la impiedad y a los “monstruos detestables”.

No sé qué significa Alpidio, pero seguro que nada tiene que ver con la esperanza, y tampoco con el gabinete de cultura de una nación, pero aun así ese Alpidio dirige la cultura del país, aunque no hiciera otra cosa, creo que ya lo dije antes, que juntar diez versos octosílabos y ocuparse de que exista entre ellos una rima consonante; y es que él prefiere la poesía rimada. Y rimando versos se hizo “poeta” y se labró su camino hacia la silla ministerial, hacia la casa que fuera de Julio Lobo, sin que sepamos mucho de su empeño, sin que podamos reconocer hasta hoy sus buenas maneras.

Creo que nos tocó reconocer sus maneras peores, esas que lo emparentan con las bofetadas, y no las recibidas, como le tocara a la Gilda representada por Rita; él se decidió por otro personaje, él prefirió ser el que pega, él sería una especie del Glenn Ford, sin el talento de Glen Ford, y quizá por eso le pegó a uno de esos artistas que se manifestaron en el ministerio, y no en la cara pero si en la mano , y se dice que hasta le arrancó el celular que lo filmaba, porque a Alpidio no le gusta, como si le gustaba a Rita y a Glen, que lo filmen, y mucho menos cuando exhibe ese apego suyo a la violencia. Al parecer ese hombre tiene muy malas pulgas, y no le complace que lo estén mirando mucho, a diferencia de aquella mujer de la canción que dice: “esa mujer lo que quiere es que la miren”…

Y Alpidio no quiere que lo miren, y sobre todo no quiere que lo filmen. Difíciles quereres los suyos, sobre todo en un país donde el G2 filmó todo cuanto quiso y a todo el que tenía entre cejas; pa’ mostrarlo luego, pa’ desprestigiar, pa’ acosar, pa’ hacer bulling, pa’ meter en la cárcel a quien le molestaba. Fue el G2, el MININT, quien inició esas prácticas, quien incentivó el uso de esas filmaciones,  …y ahora resulta que Alpidio, y también el G2, sufren de perretas enormes cuando se usan con ellos esos métodos que ellos mismos inventaron.

Alpidio golpea, y arrebata un celular, pero no con la gracia de un gran actor, no como Glen Ford, porque Alpidio es muy cheo, porque ese Alpidio, el “ministro”, no tiene voz ninguna…; y ese quizá sea su único parentesco con Rita Hayworth: los dos doblan; la actriz para aparentar que es, en la ficción, una gran cantante, y Alpidio porque grita el discurso que antes le dictaron, ese discurso que, le advirtieron, debe defender si quiere seguir siendo el rey de la casa de Julio Lobo.

Alpidio cumple con lo que antes le dictaron, cumple con la orden de arrebatar el teléfono, de impedir que se escuche el discurso de quien discrepa; y si tiene que arrebatar un teléfono lo hace, si tiene que dar un pescozón, un manotazo, también lo hace, y quizá más, mucho más. Y es que Alpidio, a diferencia de Rita Hayworth, siempre está en el escenario, en un set de filmación, en una cabina de radio, en la plana de un periódico, poniendo su voz a lo que otros dictaron antes.

Alpidio mueve los labios, repite el discurso de otras voces, de voces con poder real, y entre una frase y otra arrebata un teléfono, pega un manotazo, que es cosa muy común en Cuba cuando de reprimir se trata…, y luego escribe, perpetra versos de alguna mala décima. Alpidio no es más que un guajiro, creo que de “La Dalia”, en la casa de Julio Lobo. Alpidio, como los otros, como hace incluso el poder más alto, culpa a Mame, y Mame podría ser un periodista independiente, un opositor, cualquier muchacho inconforme, cualquiera que no aplauda, cualquiera que use un celular para filmar.

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Jorge Ángel Pérez

(Cuba) Nacido en 1963, es autor del libro de cuentos Lapsus calami (Premio David); la novela El paseante cándido, galardonada con el premio Cirilo Villaverde y el Grinzane Cavour de Italia; la novela Fumando espero, que dividió en polémico veredicto al jurado del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos 2005, resultando la primera finalista; En una estrofa de agua, distinguido con el Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar en 2008; y En La Habana no son tan elegantes, ganadora del Premio Alejo Carpentier de Cuento 2009 y el Premio Anual de la Crítica Literaria. Ha sido jurado en importantes premios nacionales e internacionales, entre ellos, el Casa de Las Américas

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