Sálvese el que pueda pero regulado

Sálvese el que pueda pero regulado

Analizando el pienso que les dan a los puercos en las granjas de ceba y la regularidad con que lo reciben, hay quienes dicen que hoy en Cuba un animal está mejor alimentado que una persona

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Cubanos se reúnen en el Reparto Eléctrico para comprar alimentos. Foto del autor

LA HABANA, Cuba.- No habían pasado 24 horas de la advertencia sobre los nuevos focos de COVID-19 en La Habana, y la posibilidad de que hicieran remontar nuevamente la curva de contagios, cuando otra vez el panorama en las calles de la capital volvió a ser el mismo tumultuoso que los días anteriores, o peor.

Por solo poner un ejemplo, el Reparto Eléctrico amaneció este pasado 2 de junio con una multitud disputándose los turnos de una fila para comprar “lo que traiga el camión”, es decir, los alimentos y productos de “primera necesidad” que el Ministerio de Comercio Interior decidió distribuir en esa zona periférica de la ciudad, nada privilegiada con respecto a los municipios del centro donde la atención es “diferenciada”.

La razón de tal distinción pudiera tener una explicación sencilla. Una reyerta proyectaría una imagen hacia el exterior que el Partido Comunista no quiere mostrar sobre los efectos catastróficos de la profunda crisis de desabastecimiento en la Isla. Pero ni siquiera en esas zonas “especiales” como Vedado, Centro Habana o Habana Vieja los habitantes escapan a las “matazones”.

De modo que a los otros lugares en los márgenes de la capital llega, muy irregularmente, lo que alcance a llegar —y eso que nadie sabe qué será hasta el preciso instante en que el camión abre las puertas—, entonces eso “enigmático” es lo que podrá comer el centenar de personas dichosas que, para tal “fortuna”, debieron pasar la madrugada en vigilia en los alrededores de la plazoleta del barrio.

Aún así, Arroyo Naranjo, a donde pertenece el Reparto Eléctrico, está “menos mal” que otras regiones de la Isla en donde, de acuerdo con los testimonios de amigos que me escriben por estos días, no llega absolutamente nada, o si llega “algo” la gente no tiene el dinero con qué comprarlas, con lo cual la acción de “abastecer” se convierte en una cruel ironía.

Me cuentan ciertos conocidos que en un poblado de Mayabeque se vendieron latas de cerveza pero por cartilla de racionamiento. Habían sido adicionadas a uno de esos “convoyados” puestos de moda en los comercios estatales como método para obligar a las personas a comprar lo que haya pero a la vez, de modo subliminal, discriminar a quienes no pueden “darse el lujo” de gastar en cosas que no son prioritarias como, por ejemplo, una  cerveza o una caja de ron Planchao, a los que ni siquiera les rebajan el precio sino que mantienen el original, aunque llevados de CUC a CUP, como si la capacidad adquisitiva aumentara al cambiar en las transacciones el tipo de moneda.

Lo del ron Planchao no me lo invento. En algunas zonas del municipio 10 de Octubre lo vendieron junto con un paquete de galletas incomibles (de duras que estaban) pero aún así la gente los compró para consumirlos, intercambiarlos o revenderlos, pues a esos extremos de la precariedad hemos llegado y a esos límites de la desvergüenza han escalado quienes en el gobierno consideran las bebidas alcohólicas un artículo de “primera necesidad”. Bueno, quizás lo sean como remedio de borracho “para olvidar las penas”.

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Ron Planchao y galletas. Foto del autor

Pero, retornando al tema, a las autoridades pareciera que poco les importa ese detalle del escaso o nulo poder adquisitivo. Los principales dirigentes del régimen cubano continúan hablando de la producción y distribución de alimentos como si realmente existiera algo parecido y como si la gente que reclama comida fuera una pandilla de golosos insaciables e indisciplinados reacios al confinamiento. Como si no tuviésemos motivos reales para la desesperación y el riesgo.

Se han inventado, como si fuese un “Amazon de palos” ese disparate del comercio electrónico y los envíos que ni siquiera con una Universidad de Ciencias Informáticas, graduando miles de expertos al año, han podido sostener con una infraestructura técnica decente, quizás porque se han empleado los recursos en desplegar una turba de robots y “cibercombatientes” en las redes sociales para silenciar a quienes denuncian desde la razón.

Una “inversión” en “combate ideológico” que pudiera arrojar luz sobre cuáles son las verdaderas prioridades de la economía.

Evidentemente, en los balances diarios del gobierno —que jamás son televisados en directo ni completos, solo por fragmentos que unidos no alcanzan a los cinco minutos en pantalla— lo que importan son las estadísticas y esas dicen por medio de números abrumadores que el alimento estaría llegando a todos los puntos de la geografía cubana, aunque sin entrar en detalles que ilustren cuan ciertos y efectivos son esos datos.

Se limitan a prometer las 30 libras mensuales de viandas per cápita a que aspira producir la agricultura pero la mayoría de las personas, aún con dinero en el bolsillo, continúan regresando a sus casas con las jabas llenas de promesas y vacías de alimentos. Gente que llora, aunque parezca que ríe, viendo en la televisión nacional cómo no se detienen las producciones y exportaciones de frutas, mariscos, miel más un largo etcétera que nos haría aguas la boca, y cómo no se han paralizado las inversiones en el turismo cuando ese dinero de la construcción de hoteles sería más necesario en la compra de alimentos.

Si en tiempos que el régimen llama “normales” la ocupación de las instalaciones hoteleras nunca alcanzó el máximo de las capacidades, entonces ¿por qué continuar construyendo cuando se sabe que el turismo no crecerá como era previsto? ¿Es necesario seguir fingiendo que no está pasando nada grave y continuar haciendo gastos con el único objetivo de exhibir números que demuestren que la economía socialista existe al menos matemáticamente?

Supongo que las estadísticas sirvan para calmar la preocupación de los organismos especializados de las Naciones Unidas, incluso para reforzar con fantasías la promoción del socialismo a la cubana como remedio de males para el “Tercer Mundo” pero no para saciar el hambre de la multitud que la padece, aún cuando algunos  incluso hambrientos piensen que llenar el estómago con croquetas de harina y sopa de huesos pelados es gozar de un manjar.

Analizando el pienso que les dan a los puercos en las granjas de ceba y la regularidad con que lo reciben, hay quienes dicen que hoy en Cuba un animal está mejor alimentado que una persona. Incluso las leyes demuestran que la matanza ilegal de una vaca o la pesca furtiva de una langosta pesa más en la balanza de la justicia que el asesinato de un ser humano. Así están las cosas. Es el sálvese quien pueda pero, eso sí, estratégicamente regulado.

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Acerca del Autor

Ernesto Pérez Chang

Ernesto Pérez Chang

Ernesto Pérez Chang (El Cerro, La Habana, 15 de junio de 1971). Escritor. Licenciado en Filología por la Universidad de La Habana. Cursó estudios de Lengua y Cultura Gallegas en la Universidad de Santiago de Compostela. Ha publicado las novelas: Tus ojos frente a la nada están (2006) y Alicia bajo su propia sombra (2012). Es autor, además, de los libros de relatos: Últimas fotos de mamá desnuda (2000); Los fantasmas de Sade (2002); Historias de seda (2003); Variaciones para ágrafos (2007), El arte de morir a solas (2011) y Cien cuentos letales (2014). Su obra narrativa ha sido reconocida con los premios: David de Cuento, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), en 1999; Premio de Cuento de La Gaceta de Cuba, en dos ocasiones, 1998 y 2008; Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar, en su primera convocatoria en 2002; Premio Nacional de la Crítica, en 2007; Premio Alejo Carpentier de Cuento 2011, entre otros. Ha trabajado como editor para numerosas instituciones culturales cubanas como la Casa de las Américas (1997-2008), Editorial Arte y Literatura, el Centro de Investigaciones y Desarrollo de la Música Cubana. Fue Jefe de Redacción de la revista Unión (2008-2011).

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