Ya no hay lágrimas que valgan

Ya no hay lágrimas que valgan

¿De qué nos habla el primer largometraje de Magda González Grau?

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LA HABANA, Cuba.- Ha sonado mucho. Se exhibió en la última edición del Festival de Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana. Se han publicado varias reseñas en los medios. Se está proyectando por todo el país. Hasta fue estrenado en la sala Chaplin como inicio del programa conmemorativo por el aniversario 59 del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC).

Pero, incluso en el poco alentador panorama del cine cubano actual, ¿Por qué lloran mis amigas? no dice mucho. Ni siquiera eso que llaman un “elenco de lujo” la hace más consistente y, para el espectador, acaso resultará tan poco memorable como esos teleplays que se “atreven” con temas “difíciles”, pero que solo menean por un día las aguas muertas de la televisión cubana.

Este es el primer largometraje de ficción de Magda González Grau (Puertas, Sol y sombra, Piña colada, Clase magistral, Añejo 5 siglos), quinta mujer en realizar uno en Cuba durante la última media centuria, después de Sara Gómez, Rebeca Chávez, Marylin Solaya y Jessica Rodríguez. Según la directora, su película trata problemas femeninos “vigentes en la sociedad cubana actual y tiene como tesis que entre todos se puede llegar, desde la diversidad de pensamiento o de orientación sexual, a una comunión de intereses para continuar construyendo la nación”.

Cuesta ver esa “diversidad de pensamiento” en ¿Por qué lloran mis amigas? y lo de “llegar a una comunidad de intereses para continuar construyendo la nación” es solo verba. Cuatro buenas actrices encarnan a las amigas que se reúnen después de más de veinte años y hacen catarsis: Luisa María Jiménez, Edith Massola, Amarilys Nuñez y Yasmín Gómez.

Esta última tiene la durísima misión de hacer creíble a Yara, descrita por González Grau como “mujer apasionada que ve siempre la parte buena de las cosas y tiene que mantener la paz en un conflicto entre sus tres amigas, mostrando que siempre se puede ser mejor y salvar la amistad que las ha unido desde la infancia”. La más “comunista” de las cuatro, según una de ellas.

Aunque la realizadora pretendió un protagonismo coral del cuarteto, Yara tiende más a ocupar el centro, acaso porque la guionista, Hannah Imbert, se basó en la propia directora para construir el personaje de esta revolucionaria infatigable, amiga de una lesbiana de buena vida, de una noble ladrona recién salida de prisión y de una religiosa ultra conservadora.

González Grau se confiesa filóloga de profesión, realizadora audiovisual por vocación y feminista por “aprendizajes múltiples”, y ha sido vicepresidenta de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y funcionaria en el Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT), además de profesora en la Facultad de Arte de los Medios Audiovisuales (FAMCA)  y miembro del G-20 —un grupo que trabaja en la reconfiguración del cine cubano.

¿Por qué lloran mis amigas? es el resultado de varios años de trabajo. Buscando una atmósfera de mucha intimidad, fue filmada solo en interiores a partir de un guion de Imbert, que se inspiró en una fiesta catártica de amistades de su madre —donde vio el cuadro Amigas, de Sandra Dooley— y en el libro Tratado de culinaria para mujeres tristes de Héctor Abad.

El crítico Joel del Río ha escrito que las etiquetas con que se pudiera definir este filme “jamás alcanzarán a sugerirle al espectador las ingentes dosis de compasión, franqueza y bondadosa perseverancia que esta película defiende contra viento y marea, contra la pequeñez y los prejuicios, la incomprensión y la mentira”.

Si todo eso fuera cierto, también es verdad que un guion tan previsible y esquemático, un relato con tanto derroche de didactismo ético y de corrección política, y una realización tan poco imaginativa, pueden estragar la mayor de las dosis de compasión, franqueza y bondadosa perseverancia que este filme intente defender.

A estas alturas de la película de nuestra realidad, suenan huecas las palabras de la directora cuando dice que el hecho de que sus personajes vivan en Cuba significa que “aquí es posible tener esperanza de que las cosas pueden cambiar si uno lucha por lo que cree justo y no se deja vencer por la decepción o la frustración”, añadiendo que “esto es algo en lo que yo creo firmemente para poder levantarme cada día de la cama, como dice Yara en su catarsis”.

Por desgracia, ya no hay lágrimas que valgan para seducir al espectador del aquí y el ahora. Más allá de si es solo un teleplay y no un largometraje genuino, se trata de un típico audiovisual institucional cubano que ratifica lo que ya sabemos: lo mejor de nuestro cine no cree en llantos y está cada vez más lejos del ICAIC y compañía. Y menos mal.

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