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Jueves, 19 de octubre 2017

Jaime Ortega ante el espejo de Afrodita

Ortega se erige, con su idea de “pecado patriótico”, en otro administrador y censor de la “patria”

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Jaime Ortega (cartasdesdecuba.com)

TEXAS.- La carta del cardenal Jaime Ortega Alamino publicada el 26 de septiembre de 2017 en Palabra nueva se refiere a la obra Afrodita, ¡oh espejo! de la coreógrafa cubana Rosario Cárdenas. Al cardenal le incomoda la fusión entre la Virgen de la Caridad del Cobre (conocida como “Patrona de Cuba”) y la deidad afrocubana Ochún. Considera que fue un error de “los pobres esclavos” dicho sincretismo que “en un cubano culto del siglo XXI” le parece “poco afortunado y a menudo penoso”, especie de “legitimación del absurdo”, y supuesto “camino emprendido hacia el primitivismo”. El cardenal peligrosamente confunde arte con dogma, creencia con doctrina, del mismo modo en que el régimen cubano ha querido confundir arte con política. Como Castro, Ortega quiere delimitar el arte y la creencia desde su adentro y su afuera.

Semejantes ideas evidencian y subrayan la mentalidad colonizadora, racista, pseudoelitista y totalitaria de la facción de la institución católica en Cuba que este señor representa. Con desprecio, en la carta el nombre de Ochún es escrito siempre con minúscula en oposición a la inicial mayúscula de María y sus distintas denominaciones. Para Ortega, Ochún es nombre común, ente deificado, fetiche, ente mágico, diosa de pasiones, un mito; mientras que la virgen es nombre propio, “modelo de amor puro, de Virgen, de Madre”, una realidad.

El documento echa luz sobre lo que ha permitido en el pasado más reciente de Cuba que haya sido la cúpula eclesiástica (en específico el propio cardenal Jaime Ortega) y nadie más, la única interlocutora interna que el gobierno ha considerado a la altura para negociar de tú a tú. La tendencia pseudoevangelizadora y la pretendida universalidad del catolicismo de Ortega le hace confundir frecuentemente congregación con población mundial. Ojalá llegara el día en que diera igual lo que dijese tanto el cardenal como el papa, pero la realidad hasta hoy ha sido bien distinta.

A pesar del enfado del señor Ortega y de sus intentos de supuesta clarificación, Caridad y Eros son los elementos que relacionan a Afrodita, Ochún y la Virgen del Cobre. Caridad viene de caritas y esta del griego xaris, que significa “gracia”, una gracia que pasa por las tres figuras desnudas inmortalizadas por la tradición grecolatina y que, como muchos otros elementos, la iglesia cristianizó. El término almidonado de “caridad” en Ortega, pasa inevitablemente por el juego, el goce, lo físico, el deseo antes de llegar al hieratismo eclesiástico. La iglesia ha realizado el mismo proceso sincrético con otras tradiciones que Ortega cuestiona para otras culturas. La coreógrafa persigue recrear en su obra las tres tradiciones fundamentales de la cultura cubana: europea (Afrodita), cristiana (María) y africana (Ochún). La idea de “nación” de Ortega confundida con congregación parece no incluirlas a todas de la misma forma y con la misma prioridad.

Lo que ha hecho saltar a Jaime Ortega no ha sido el arte, la puesta en escena, sino que semejantes ideas puedan escucharse en los medios de difusión masiva. Lo que parece preocupar a Ortega es no participar del monopolio de los medios que ostenta hasta hoy el régimen. Critica la propaganda y el marketing de otros cuando la iglesia ha tenido por milenios el monopolio de la propaganda, muchas veces también con “intereses económicos espurios” ante los cuales la folclorización cubana que a él tanto parece molestar es prácticamente un elemento inofensivo. La historia de la iglesia católica en tanto institución está marcada por los intereses más oscuros relacionados con el poder económico y político. Más que un asunto de arte o dogma, lo que se esconde tras estas palabras es un asunto de poder político, un intento hegemónico de moldear el concepto “patria” y el de “historia nacional” a su antojo.

El señor Jaime Ortega olvida que la palabra “veneración” tiene el mismo origen que el vocablo “venéreo”: ambas vienen del nombre de la diosa Venus, denominación latina de Afrodita. Lo que está en juego en las líneas firmadas por Ortega es el monopolio del amor y la división platónica de este entre el amor puro (que Platón llama uranio o celeste) y el amor carnal (que Platón llama pandémico o terrenal). Hasta la propia división a la que se acoge el cardenal tiene un origen “pagano”. Ortega olvida, además, que “pasión” es una palabra que relaciona tanto a Cristo como a Afrodita: ambos conjugan y representan los posibles misterios de la pasión.

El concepto de “mito” que maneja Ortega en su discurso es anticuado y superficial: pensar que hay todavía una diferencia sustancial entre mito y razón, y además sugerir que la verdad y la razón están del lado de los mitos legitimados por el catolicismo institucional (aunque él se niegue a llamarlos “mitos”) es un peligroso y hegemónico disparate. Relacionar lo afrocubano con lo primitivo y el catolicismo con la verdad es un vicio del cristianismo dogmático más rancio, además de ser un gesto discriminatorio. Ortega está utilizando un mito para deslegitimar otro, priorizando un mito para desacreditar otro.

En las iglesias de Roma, en las pinturas religiosas del renacimiento frecuentemente aparece María con el seno descubierto ante el niño Jesús. Como en la Venus de Willendorf, la diosa de las serpientes de Creta, Hécuba, Clitemnestra y Yocasta, este es un símbolo de la maternidad, pero también de la fertilidad, y separar dichos elementos del placer sexual ha sido una tarea sistemática del cristianismo más tradicionalista. Esa frontera irreal y poco convincente es la que viene a salvar y a romper la fusión entre Afrodita, Ochún y María, en que se mezclan el goce, lo femenino y lo maternal. Gracias al sincretismo con Ochún, María ha conseguido participar del goce y las pasiones que los lecheros eclesiásticos le han negado.

Ochún refleja la sensualidad y el erotismo que se percibe en la Afrodita Pándemos, mientras que la María canonizada por la iglesia (siempre virgen, santa, pura, inmaculada, madre pero no amante, paridora pero no sexualmente activa), siguiendo la lectura moralista del propio Platón, lleva a los extremos las características de la Afrodita Urania. Semejantes divisiones acentúan una falsa separación entre el sexo y el alma, entre lo físico y lo espiritual, entre lo pandémico y lo celeste que se dan, por muy poco que le guste a la cúpula eclesiástica, de forma conjugada: dicha conjugación está mucho más presente en Afrodita y en Ochún que en la blanqueada y santificadísima María que promueve la institucionalidad católica, una “pureza” que, dadas las diferentes advocaciones populares de la propia María, son más un invento hegemónico y moralista que una realidad palpable entre los creyentes menos convencionales y más abiertos a la riqueza imaginativa e histórica de estos cultos.

El cardenal desconoce que muchos creyentes se refieren a las advocaciones como deidades diversas, especializadas cada una en distintas necesidades de sus devotos. La propia institución mantiene templos dedicados a las diversas advocaciones de la virgen. Ese sincretismo, lejos de degradar a María, mantiene una veneración y un fervor que católicos supuestamente más “puros” muchas veces no profesan.

Los creyentes católicos y afrocubanos sinceros están, como Ortega, en contra de la mercantilización de sus ideas y no tienen culpa de ello. Pero Ortega coincide con el régimen en la penalización del goce y la diversión. Se erige, con su idea de “pecado patriótico”, en otro administrador y censor de la “patria”. Sin embargo, mientras releo “Pandémica y celeste” de Gil de Biedma, pienso en Ortega, en Cárdenas, en María, en Afrodita, en Ochún y en mí. Porque todos tenemos ese punto en que lo pandémico se conjuga con lo uranio, en que María se funde con Ochún y goza, se divierte.

Acerca del Autor

Yoandy Cabrera
Yoandy Cabrera

Licenciado en Letras con perfil en Filología Clásica por la Universidad de La Habana en 2006. Ha cursado estudios de Maestría en Filología Hispánica en CSIC-UNED (2010) y de Filología Clásica en la Universidad Complutense de Madrid (2012). Ha sido profesor de Lenguas y Literaturas Clásicas, Gramática Española, Literatura Colonial y Poesía Contemporánea en la Universidad de La Habana, el Colegio San Gerónimo y la Televisión Cubana. Colabora también como editor en las editoriales Verbum y Betania en Madrid. Actualmente es doctorante en Estudios Hispánicos y se desempeña como Graduate Teaching Assistant de Griego Clásico y Español en el College of Liberal Arts de Texas A&M University.

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