Infamia

Infamia

Las banderas del marxismo-leninismo, arriadas hace un buen rato siguen ondeando entra algunos nostálgicos

LA HABANA, Cuba, noviembre (173.203.82.38) – Hay comunistas irredimibles. Es casi imposible que se convenzan de la impracticabilidad de esas teorías, por medio de las cuales Carlos Marx y Federico Engels entraron en la historia con aureola de querubines.

Bajo los escombros del Muro de Berlín quedaron sepultadas las esperanzas de crear un sistema de valores políticos, económicos y sociales que culminaría en otra gran fiesta universal que posibilitaría el cumplimiento de los inconclusos fines de la Revolución Francesa.

Aquellos postulados de libertad, igualdad y fraternidad que avivaron la luz de la esperanza de gran parte de la humanidad, esta vez de la mano de los referidos teóricos del socialismo científico, se pudrieron entre libertinas interpretaciones y acomodos que más tarde sirvieron como herramientas para legitimar tiranías.

En poco más de un siglo quedaron al descubierto el crimen político y la monopolización del discurso oficial sobre los medios informativos, la ineficiencia económica y la apatía social, el miedo como condicionante de las posturas ciudadanas a favor de una ideología única, y el voluntarismo como rector de una asfixiante cotidianidad.

Estos pasajes que llegaron a igualar, e incluso sobrepasar, los horrores y dislates del nazismo, hoy pasan inadvertidos delante de los ojos de no pocos líderes que continúan tributando miradas de nostalgia hacia lo que surgió como una sublimación del intelecto, en aras de mejorar la existencia de la humanidad, y culminó en la vida real como una ridícula y sangrienta caricatura.

Hoy todavía se yerguen en algunos rincones del mundo satrapías que deben su longevidad al estudio y la práctica de una filosofía surgida en el siglo XIX y que Lenin cristalizó en 1917, con la famosa Revolución de Octubre.

No obstante la cercanía al muro que dividía a Alemania y su estrepitoso derrumbe, el Sr Cayo Lara, al parecer no escuchó, nadie sabe si por conveniencia o falta de tiempo, el ruido de los escombros, hoy convertidos en reliquias de un pasado a merced de denuestos y de un olvido a prueba de desgastes; esto último con el fin de imposibilitar el inoportuno retorno del sistema que, según observaciones históricas bastante creíbles, ha segado las vidas de más de 100 millones de seres humanos alrededor del mundo.

El secretario general del partido comunista español mira con arrobamiento desde su cómoda oficina madrileña, a unos de los residuos de aquel experimento que llevaría al poder a los trabajadores.

Para él, Cuba es el ejemplo a seguir por todos los países del orbe. Indudablemente, sus ojos tienen un filtro para eliminar las grietas y abolladuras que ponen  en entredicho la viabilidad del socialismo, que tampoco en el Caribe insular pudo salvarse de su impronta dictatorial.

El máximo representante de esta fuerza política en España, por suerte minoritaria e incapaz de lograr el poder, entre otras causas por su ortodoxia político-ideológica, se atrevió recientemente a descalificar a los presos políticos cubanos exiliados en España.

Dijo que eran parte de un montaje. Con tal posición basta para categorizar su actitud frente a un drama nacional que en muchos aspectos supera con creces al franquismo. Sólo hay que remitirse a los datos acopiados por una entidad con sede en Estados Unidos llamada Archivo Cuba, para tener una idea de la cantidad de víctimas del castrismo.

A Cayo Lara le asiste todo el derecho a tomar posición por quien estime pertinente. Lo puede hacer sin perder el sueño en una democracia que le garantiza el disfrute de sus derechos civiles y políticos.

Esos cubanos que estigmatiza, sin un mínimo de pudor, llevan la marca del odio gubernamental por exigir los mismos derechos, gracias a los cuales él puede decir esas lindezas.

¿Por qué no te callas, Cayo?

oliverajorge75@yahoo.com

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