Embriaguez y platos rotos

Después de una cerveza el amigo estuvo de acuerdo en sustituirlo mientras Cortico, con mil pesos de la caja, partía al restaurante nocturno Bello Palmar

LA HABANA, Cuba, enero (173.203.82.38) – Cortico, de 21 años, no lo pensó dos veces cuando un amigo pasó a saludarlo, sábados atrás, en la cafetería Tropical, ubicada en calle 8 y Carretera central, municipio Cotorro, donde ejercía como dependiente y cubría la madrugada ese fin de semana. Después de una cerveza el amigo estuvo de acuerdo en sustituirlo mientras Cortico, con mil pesos de la caja, partía al restaurante nocturno Bello Palmar. Al regresar, embriagado, se a Cortico se le ocurrió simular un asalto con violencia contra sí mismo y compartir el resto del dinero entre ambos.

Al amanecer, el gastronómico sustituto reportó el caso a la policía. Uno de los uniformados sonrío después en la estación al escuchar el contradictorio relato de la “víctima”, pues él, casualmente, fue a comprar cigarros esa madrugada y fue atendido por otro dependiente. El aliento etílico y la narración sensacionalista aumentaron las sospechas de los agentes. Bastaron unas horas de encierro para que el juerguista confesara los hechos, de los cuales se jacta mientras espera el juicio.

Otros muchachones alegres esperan sentencia, dos de ellos en el calabozo, por un brindis de fin de semana ocurrido en la cercana cafetería Cuatro Vías, en Carretera Central y calle 20, a un costado de la Iglesia católica del Cotorro, donde un joven homosexual, amable y con segundas intenciones, los invitó a tomar cervezas.

Las cosas no terminaron en caricias, si no en despojo, pues los socios de ocasión de quien pagaba tuvieron que acompañarlo a su casa por el lamentable estado de embriaguez de este. Por el camino los curdas se sintieron tentados. Al llegar a la línea del tren el chico espléndido se cayó inconsciente y, en vez de levantarlo, sus acompañantes aprovecharon para quitarle y repartirse la cadena, el reloj, el celular, el cinto, la ropa y el dinero que le quedaba.

Amaneció en calzoncillos pero no supo lo sucedido hasta días después, al ver por casualidad a Coñongo, un pigmeo de 32 años que llevaba su cinto y, en el colmo de la ingenuidad, le explicó a la víctima lo ocurrido aquella noche de tragos y canciones.

Ante semejante confesión el despojado fue directo a la policía y acusó a sus socios de parranda. Hasta la fecha solo el folklórico Coñongo y el voraz Pan con picadillo están en proceso. Nadie sabe la identidad del resto de la tribu.

El Tribunal municipal tipifica el hecho como robo con violencia, con sentencias posibles de 7 a 15 años de prisión, pero los abogados de Coñongo y Pan con picadillo le explicaron a la madre de estos que como no hubo intimidación ni violencia, tal vez logren una condena menor por hurto.

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