El sueño de Adrián

Sueña con “ser rico”, comer distinto cada día y no acostarse con el estómago vacío

LA HABANA, Cuba, octubre, 173.203.82.38 -Su nombre es Adrián Martínez Sandoval, pero en Santa Fe, pueblo costero del oeste habanero, donde lo conocen hasta las piedras del camino, le llaman El Tinta desde que tenía 13 años, cuando un rayo le cayó encima y, según él y sus amigos, se volvió más negro de lo que era.

Me recuerda a Tom, el famoso personaje de Harriet Beecher Stowe, no sólo porque es noble, pobre y muy buena persona como él, sino también porque no ha podido prosperar en sus 37 años de vida bajo el socialismo castrista.

Para muchos, El Tinta tiene ideas simplistas. Para  otros, son atrevidas, sobre todo en estos tiempos tan difíciles, cuando aparentar  ser comunista es lo que la mayoria de los cubanos prefieren hacer.

Porque , según Adrián o El Tinta, su sueño no sólo es irse para Estados Unidos, a trabajar para tener lo que necesita, sino también para llegar a  lo que el considera “ser rico”.

“Si no fuera por esas aspiraciones que tengo –me dice- no sé qué sería de mi vida, porque es lo que me estimula para seguir dando pedal con los pasajeros en mi bici taxi. Sueño, por ejemplo, con manejar un auto, con usar ropa a la moda, con tener un celular para llamar a mis amigos. Pero, sobre todo, sueño con comer distinto cada día y no acostarme con el estómago vacío por las noches”.

Para lograr su sueño, El Tinta se ha lanzado al mar en más de una ocasión: “Son tantas veces, que he perdido la cuenta. Siempre a riesgo de perder la vida en embarcaciones improvisadas y muy frágiles, hechas por mis amigos. Siempre fui atrapado y devuelto a mi isla cautiva, donde soñar con ser rico es un delito”.

Quiere emprender una vida nueva, trabajar y ver por primera vez el fruto de su trabajo, sentirse libre en todo sentido. Y está seguro de merecerlo, porque tiene fama en Santa Fe de ser un tipo decente, de buena familia y con muy buen carácter.

Cuando lo elogian y le mencionan su gran mérito al no haberse corrompido, entre tantos pillos que lo rodean cada día y con los cuales nunca se ha contagiado, enseña todos los dientes, muy blancos, en una espléndida sonrisa, aunque luego baja la vista, como apenado.

Me cuenta que ha tenido una vida llena de penurias, que siempre ha sido muy pobre, desde que nació, en la calle 5ta y 296, en una casita rústica, escondida al final de un callejón, donde aún vive, no lejos de la costa.

Cuando le pregunto, por último, si se siente marginado, responde que sí. No sólo porque no pudo estudiar como hubiera querido, sino por ser negro, demasiado negro. Y todo –piensa El Tinta- por culpa de aquel rayo que le cayó encima y que por poco lo mata.

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