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domingo, 20 de abril 2014

Vivir en un albergue: la tragedia de miles de cubanos

LA HABANA, Cuba, diciembre de 2013, www.cubanet.org.- La pobreza en la que vive la mayoría de los cubanos -y a la que se adaptan, gracias a los minuciosos mecanismos de poder que han impuesto 54 años de terror de Estado-, no es una fatalidad insalvable. Bastaría con que el gobierno cubano respetara todos los derechos…

LA HABANA, Cuba, diciembre de 2013, www.cubanet.org.- La pobreza en la que vive la mayoría de los cubanos -y a la que se adaptan, gracias a los minuciosos mecanismos de poder que han impuesto 54 años de terror de Estado-, no es una fatalidad insalvable. Bastaría con que el gobierno cubano respetara todos los derechos humanos, abriendo el juego político y económico, para mejorar las condiciones de vida de los habitantes de la isla.

La miseria se agrava cuando tampoco se tiene dónde vivir, ni se cuenta con recursos económicos para rentar, edificar o comprar una casa. Se estima que, tan solo en el municipio de Centro Habana,  6 mil  201 familias (24 mil 584 personas) están afectadas por la condición inhabitable de sus viviendas. De esa cantidad, solo 125 familias están ubicadas en las llamadas comunidades de tránsito: albergues colectivos, como se les conoce en Cuba.

Pero esos datos no ilustran acerca de lo que significa para una familia vivir albergada. Hay que traspasar el umbral de las cifras para ver de cerca el verdadero rostro de la tragedia.

El “Albergue Colectivo” de San Rafael 417, en Centro Habana

Según los que allí viven, en el edificio hubo antes una fábrica de almohadillas sanitarias (íntimas, en lenguaje cubano). No faltan los carteles decrépitos con alguna consigna comunista. El salón está dividido en diferentes cuartos donde se agrupan las pertenencias de los que han ido a parar a ese sitio Lo que parece ser el baño es de hecho una letrina. Tampoco se ve por ninguna parte una pila de agua corriente.

Iverlysse Junco tiene 29 años. La puerta de tablones de madera del cuartucho donde vive con su esposo y sus 4 hijos, crea una falsa ilusión de privacidad. Todo luce precario y feo, pero impresiona ver el blanco de los pañales con que cubre la cunita de su bebé de un mes de nacido. No ha descuidado su arreglo personal a pesar de que no espera a nadie; guarda su dignidad en la limpieza y el orden que mantiene en los 4 x 4 metros donde viven.

Hace 6 años salió de un “solar” en peligro de derrumbe. La habitación no tiene una sola ventana. Lo primero que nos muestra detrás de una cortina es otro tablón de madera corredizo que da a la calle. “Cuando vinimos estaba completamente cerrado, pero un día no soporté más la falta de aire y agarré un serrucho para hacer ese agujero”, dice.  “Lo malo es que ahora mi esposo y yo no podemos salir juntos, porque uno de los dos tiene que quedarse para cuidar que nadie entre a llevarse nuestras cosas. Vinieron a ponerme una multa, nada menos que por alterar la fachada. Pero le dije al delegado de la circunscripción que ellos conocen muy bien mi situación”.

En una improvisada meseta de cocina tiene un par de hornillas eléctricas donde lo hace todo: desde cocinar hasta hervir los pañales, como es costumbre entre las madres cubanas que no tienen cómo pagarse el lujo de los pañales desechables, que supone un costo superior al salario de un mes.

El bebé está resfriado a consecuencia de la humedad: tiene que tender la ropa allí dentro. El agua se la pide  a un vecino de la cuadra. Les deja llenar los cubos que luego transportan a un tanquecito en una esquina de la habitación. Esa agua tan limitada tiene que servirles para lavar, fregar, cocinar y bañarse en la misma habitación. Parte de su rutina de todos los días es mantener el depósito lleno. Pero con otras necesidades  no hay arreglo; tienen que orinar y defecar en un cubo destinado para ese fin y luego salir a verterlo por la alcantarilla, en la calle.

“Aquí todo es duro. Lo más difícil es levantarse por la mañana y tener que estar vigilando a la gente para poder salir a botar el cubo. El cloro para limpiar y el aromatizante no me pueden faltar”.

Su esposo trabaja en demoliciones, por eso ella está al tanto de la cantidad de derrumbes que ocurren, especialmente cuando llueve.

“¿Cuando salgo yo de aquí? Los derrumbes van a seguir porque La Habana se está cayendo”.

Aunque Iverlysse  y su esposo trabajen mucho, se ven reducidos a la total dependencia del Estado. En un sistema colectivista, que  condena la propiedad privada y el libre mercado, la hipotética solución consiste en que, no con el esfuerzo propio, sino con el trabajo colectivo, la familia de Junco obtendrá una casa donde vivir.

En la práctica, la sociedad ha quedado sometida al control y la planificación  estatal. La felicidad de la familia de Junco dependerá entonces de que su expediente sea privilegiado ante los ojos del funcionario, que el próximo 20 de diciembre deberá decidir si, entre las 900 casas que se otorgarán en toda la provincia de La Habana -después de priorizar los “casos” que llevan 20 años albergados, esperando-,  califica la suya como suficientemente afectada por una situación extrema.

“Ya he ido a la Provincia (Oficina de Vivienda) y al gobierno. Tres veces fui a la Plaza de la Revolución y siete veces escribí cartas al Consejo de Estado. En todas las ocasiones la respuesta fue: Tiene que esperar. Hay casos peores que el suyo. ¿Qué puede ser peor que esto?”, se pregunta Iverlysse  .

Las cifras de la cantidad de albergados y de personas a la espera de serlo, fueron ofrecidas por la Unidad Municipal de Atención a las Comunidades de Tránsito  (UMACT)  del municipio Centro Habana, por una persona que pidió anonimato. El dato de las 900 casas que serán otorgadas el próximo 20 de diciembre lo aportó una trabajadora de vivienda que tampoco quiso revelar su nombre.

Acerca del Autor

Lilianne Ruiz
Lilianne Ruiz

Nació en La Habana el 30 de noviembre de 1976. Terminó el preuniversitario y quedó con deseos de estudiar Derecho, pero al matricular en la carrera, reconoció la abismal diferencia entre lo que creía de la justicia y la que se aplica en Cuba. Dejó la carrera inmediatamente, en el 2003. Se fue a la biblioteca de San Juan de Letrán a leer libros de poesía y mística, refugiándose en su mundo interior. Pero cuando se convirtió en madre, se dio cuenta de que no quería darle a su hija un futuro igual a su presente, y que el problema del totalitarismo afecta profundamente la vida espiritual y el destino de cada persona. Por eso quiere participar del cambio de su país y trascender las fronteras de su propia vida.

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