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viernes, 25 de julio 2014

Los intercambios culturales

Hay una gran distancia entre un intercambio cultural honesto y aquel donde predominan sórdidos intereses comerciales, económicos y propagandísticos

MIAMI, Florida, agosto, 173.203.82.38 -Las relaciones entre las sociedades han tenido una  gran utilidad no solo a nivel político o económico  sino, además, a nivel cultural.  La cultura no es patrimonio exclusivo de ninguna sociedad, etnia o ideología.  Un intercambio entre las culturas aumenta la capacidad de aprendizaje de los pueblos así como la comprensión y aceptación de sus diferencias. Las culturas, cuando se aíslan, se desvanecen y solo quedan de ellas,  si acaso,   fragmentos  y anécdotas.   La globalización de la economía trae aparejada la globalización de la cultura.

Desde la antigüedad  el  ser humano  experimentó  la necesidad de interrelacionarse con sus semejantes.  Primero a través del   intercambio de bienes de uso y consumo y con el paso de los siglos esa elemental  necesidad  dio origen a los grandes intercambios científicos y tecnológicos.  Hay quienes afirman que la originalidad científica y tecnológica es pura ficción pues en cada descubrimiento, cada innovación o cada invento están presentes  experiencias ajenas.

Las recientes iniciativas promovidas a ambos lados del Estrecho de la Florida con el propósito de fomentar los intercambios culturales entre Estados Unidos y Cuba  plantean, desde mi punto de vista, una gran contradicción. Los diseñadores de ese proyecto se basan en la necesidad de acercar a ambos pueblos, obviamente distanciados  por barreras ideológicas y políticas. Desde esa perspectiva podría pensarse que los emigrados cubanos renunciaron definitivamente a su cultura y adoptaron  otras formas de manifestación en su lenguaje,  costumbres, prácticas, códigos, normas y reglas de la manera de ser, vestimenta, religión, rituales, criterios de comportamiento y sistemas de creencias. Es decir, dejaron de ser cubanos. Dejaron de venerar a la Virgen de la Caridad del Cobre, de escuchar a Benny More, Celia Cruz, Olga Guillot o la Sonora Matancera. Dejaron de deleitarse con su gastronomía y de conmoverse cuando escuchan su himno nacional o emocionarse al distinguir entre otras la bandera de la estrella solitaria. Su bandera.

Se nota una gran distancia conceptual, humana y espiritual entre quienes fomentan esos intercambios.

El cubano íntegro y consecuente con su historia y sus costumbres mantiene un arraigo inamovible con sus valores y no es necesario que ningún “promotor”  le lleve su cultura al ámbito del mercado, sujeta a las leyes de la oferta y la demanda.

La idea de que los artistas e intelectuales residentes en Cuba –  muchos de ellos abiertamente admiradores de la dictadura e incluso firmantes de fatídicos documentos de respaldo a  los fusilamientos –  conseguirían  un espacio en la conciencia del exilio cubano, resulta una imperdonable infamia.

Hay una gran distancia entre un intercambio cultural  honesto y aquel donde predominan sórdidos intereses comerciales, económicos y propagandísticos.

El exilio cubano no ha perdido su identidad nacional pues mantenemos vivo nuestro sentimiento de pertenencia a la Patria añorada, unidos por la historia y las tradiciones,  y más recientemente por  nuestros fusilados, nuestros desaparecidos y nuestros encarcelados. Para nosotros la Patria no es un ente extraño, lejano ni olvidado y no necesitamos que nadie nos enseñe a acercarnos a ella ni a amarla. Nadie puede  manipular nuestros sentimientos. Los valores de la cultura están íntimamente unidos a los valores de la libertad.

Si las autoridades estadounidenses sienten la necesidad de brindar a la tiranía cubana un trato excepcional para defenderse del peligro de un éxodo masivo,  los cubanos del exilio tenemos la responsabilidad histórica y moral de hacer  prevalecer nuestra cultura y nuestros valores y, sobre todas las cosas, tener bien claro que la autentica integración entre los cubanos no dependen de un trovador, un poeta, un humorista o un cineasta.

No podemos permitir que una elite cultural, divorciada del más mínimo compromiso con su pueblo y amparada en cuestionables principios constitucionales y jurídicos, pretenda imponernos sus dogmaticos argumentos.

La estrategia de los “promotores culturales” carece de una visión integral del papel y del lugar que ocupa la cultura y de su conexión con la libertad y la democracia.

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