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viernes, 25 de abril 2014

Cuba: Dictadura, Oposición, Representatividad y Términos Medios

Tengo la certeza –casi matemática– de que el castrismo está en sus finales

BELEM, Brasil, junio, 173.203.82.38 -La Cuba socialista actual se debate en un drama sin precedentes: la dictadura de más de medio siglo, después de haber escenificado un proceso de sucesión de su figura principal –y de prácticamente todo el equipo gobernante– sin ningún sobresalto, enfrenta ahora el proceso de transición, más complejo y profundo, desde una sociedad deficitaria, colectivista y paternalista, hacia una sociedad de mercado capitalista, teóricamente más tolerante con el individuo.

Esto siempre fue el anhelo de la oposición política cubana, pero revestido de un marco de apertura política democrática, con libertad individual para su pueblo y perspectivas de respeto a las diferencias, la valorización de los derechos humanos, multipartidismo y elecciones libres. Y es en este punto donde se han frenado en Cuba las iniciativas del dictador Raúl Castro, sucesor (dinástico) de Fidel Castro, responsable por el desastre nacional que padecemos hace 53 años.

Hay indicios de que los hombres (y mujeres) de Raúl han detenido su caminada reformista en dos puntos álgidos: primero, estarían temerosos (y no quisieran) que sus reformas económicas pudieran conducir a “aperturas políticas”, como en paralelo les exigen (en conversaciones reservadas) sus pares de Latinoamérica, EUA y Europa; y segundo, estarían detenidos en la apertura económica por haber chocado (o temen chocar) con los criterios del anciano dictador, en las consultas que se le hacen antes de anunciar las medidas de este tipo a ser tomadas.

En paralelo hay un ambiente social diferente en la isla, relacionado a los criterios que se exponen públicamente (aunque no se reflejan en la prensa cubana controlada) por una población cansada de promesas socialistas sobre el “futuro luminoso” que nunca llega. Las personas critican abiertamente el régimen y una encuesta creíble ha arrojado le existencia de una mayoría aplastante de la población cubana (70%) que quiere cambios del sistema político.

Desde el año 2010, el estado de cosas en la isla “camina” solamente por el uso de la represión de intensidad variable como única vía de controlar a la oposición política interna. La muerte del patriota cubano Orlando Zapata Tamayo fue un marco que definió el calendario político cubano con un antes y un después de su martirologio. Esta muerte innecesaria propulsó a Guillermo Fariñas en su famosa y prolongada huelga de hambre “hasta las últimas consecuencias” (o hasta que fueran liberados sus hermanos injustamente encarcelados) y provocó un torrente de manifestaciones públicas –diarias durante una semana– de las Damas de Blanco (reprimidas por turbas cada vez más violentas) que colocaron a los hermanos Castro en la disyuntiva de negociar una salida “honrosa” a tan lamentable estado de cosas contra su régimen de opresión.

Como sabemos, la dictadura estudió detenidamente el panorama adverso que se le presentaba y decidió utilizar una carta que internacionalmente podría resultar interesante: negociar con la Iglesia Católica como supuesto representante ‘neutral’ de la sociedad cubana. Así las cosas, Raúl llamó a negociar al Cardenal Ortega, a través del cual mandó “recados” para calmar a las Damas de Blanco, a Fariñas y a los presos políticos de la Primavera Negra, todo obligado por la valiente actuación y la presión de la oposición política interna cubana, que brilló como nunca en el escenario nacional e internacional, ganándole al régimen una batalla decisiva “por la fuerza”.

Pero, ¿qué representatividad nacional “de peso” tiene el Cardenal Ortega dentro de la isla? Muy limitada, por no decir prácticamente ninguna, desde el punto de vista político. Desde el punto de vista religioso, el único Cardenal católico cubano posee el prestigio asociado a su alta investidura, pero desde el punto de vista interno –incluso religiosamente hablando– tiene una representación verdaderamente pobre, si se tiene en cuenta que Cuba no es un país practicante del catolicismo, porque su pueblo lo que realmente practica mayoritariamente es un sincretismo que mezcla cristianismo con ritos africanos, no aceptados por el catolicismo.

De manera que Raúl quiso “negociar” con alguien “de peso” pero sin representación política nacional, lo que había sido decidido previamente por el equipo gobernante, como siendo lo más conveniente para los intereses de la dictadura: cortar de plano la huelga de hambre de Guillermo Fariñas y sus repercusiones internacionales, evitar nuevas manifestaciones tumultuosas de las Damas de Blanco y enviar al destierro a la mayor cantidad posible de presos políticos de la Primavera Negra, revirtiendo el estado de cosas y escenificando una “limpieza”.

Pero Raúl y sus hombres quieren tirar nuevos frutos de aquel episodio del 2010 e insisten en presentar al Cardenal Ortega como la persona que “obligó” a la dictadura a negociar la libertad de los presos de la Primavera Negra. Esta fama de “intermediario-negociador con Raúl”, le ha servido al Cardenal Ortega para “dignarse a recibir en audiencia” una comisión representativa de las Damas de Blanco en estos días, las que han puesto en sus manos la solución de un problema artificial que la dictadura creó, sólo para ‘venderles’ soluciones a través de Ortega.

Respetando la alta investidura del Cardenal Ortega y sus responsabilidades religiosas al frente del Arzobispado de la Habana, todo lo cual reconocemos como méritos extraordinarios que el Vaticano le ha otorgado desde el punto de vista religioso, tenemos que decir que Ortega no representa –políticamente hablando– ni siquiera la opinión mayoritaria (políticamente hablando, repito) de los fieles católicos dentro y fuera de la isla. Siendo esto así, ¿por qué ha de ir la oposición cubana a procurar a un personaje carente de representatividad en el tema político para que le sirva de intermediario? La oposición cubana no necesita intermediarios y su voz clara y democrática debe escucharse con la misma fuerza que se escuchó en el 2010.

En realidad, la oposición política cubana ha sufrido una nueva división, entre las muchas que ya tiene. A partir de la intención de Raúl Castro y sus generales de realizar cambios radicales en la economía socialista, tan profundos que lo califican como una transición al capitalismo de estado, algunos opositores de dentro y fuera de la isla, a los que se suman Ortega y sus ayudantes, han pasado a engrosar las filas de los que apoyan los planes sucesorios de Raúl. Creemos que estos cubanos, de dentro y fuera de la isla, tienen derecho a tomar esa posición, como el resto de la oposición tiene derecho a continuar su camino de lucha por la libertad total.

Desde el punto de vista personal, veo esta actitud como algo a medio camino entre la oposición política tradicional a la dictadura y el apoyo radical a la continuación del castrismo en la isla. Piensan que siendo estos cambios encaminados a implantar un sistema de mercado en Cuba, tarde o temprano (creen) tendrá que haber apertura política en la isla, lo cual ellos pretenden conseguir a largo-medio plazo. Es una actitud que razono, pero no comparto.

Ahora, lo verdaderamente condenable de algunos de los que han adoptado esta posición, es comenzar a atacar los postulados de la oposición política directa al castrismo, retomando las versiones de la dictadura que detractan a la oposición pacífica cubana de dentro y fuera de la isla. El hecho de que algunos antiguos opositores hayan adoptado una posición intermedia sobre el castrismo, no los autoriza para denigrar a quienes continúan actuando para la derrota del equipo que ha destruido a la Nación Cubana, por incompetente, dictatorial y hegemónico.

Analizando: Las diferencias entre Raúl queriendo cambiar y Fidel impidiendo el avance de las reformas; la decisión de Raúl de encabezar una transición a un capitalismo de estado, aunque con dictadura política; los movimientos recientes de enviar sucesivas delegaciones de posibles sucesores de Raúl a EUA para negociar “bajo la mesa”; el apoyo de sectores (limitados) de la oposición cubana a las pretensiones de Raúl de eliminar “la sociedad miserable” que organizó su hermano Fidel, tengo la certeza –casi matemática– de que el castrismo está en sus finales.

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