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viernes, 31 de octubre 2014

Un dia cualquiera

Las amarguras y los traumas de un día cualquiera para el habanero promedio

LA HABANA, Cuba, agosto, 173.203.82.38 -Salí de casa para comprar detergente. Era sábado, día de lavar la ropa y tenderla en los balcones. Llevaba dos pesos CUC en el bolsillo, equivalentes a algo más de tres jornadas laborales para un trabajador promedio. Me alcanzaba justo para la compra. Pero no había otro remedio: pobres pero limpios.

A las 8:30 am, terminó el cambio de turno en el timbiriche estatal y pude acceder. La dependienta, apenada, me explicó: “No entra detergente desde hace 15 días”. Esperé a que abriera otro mercado, del barrio Vedado, pasadas las 10:30am. Revisé los anaqueles. Nada, vacios: “A lo mejor en otras tiendas”, me dijeron.

A las 2 de la tarde, ya había recorrido, a pie, los principales comercios de los municipios Plaza y Playa, tras la pista del espumoso: “Aquí hubo, pero se acabó rápido”, me indicaban los tenderos solidarios. Lo único que hallé en todos lados fue la tediosa música de la cantante Haila, y su último disco, “La Mala.

A las 4 de la tarde, detrás de una remota posibilidad, arribé a la tienda TRASVAL, de la calle Galiano, en Centro Habana, actualmente administrada por un consorcio de las Fuerzas Armadas. En el mismo instante de mi llegada, alguien decidió cerrar la venta por falta de fluido eléctrico. Esperé hasta las 4:50. Reabrieron, pero falsa alarma: no había detergente.

Sopesé entonces la posibilidad de comprar un pomo de champú, como sustitutivo. Pero se me habían adelantado las amas de casa, y ya no quedaba ningún champú barato.

A las 8:30 de la noche, terminé comprando un jabón de criollísima potasa nacional, y marché de regreso al hogar, elucubrando viejos conocimientos de química casera: ¿Cómo lavar la ropa de colores oscuros con jabonadura, sin vetearla o decolorarla? La experiencia adquirida en la década del 90, me enseñó que los colorantes y la acuarela no son alternativas válidas. Al final, resolví enjuagando mucho las piezas con agua y colocándolas a secar de noche.

Con todo el trajín del día, me había subido la presión arterial. A las 9 de la noche, me encaminé a la farmacia en busca de Enalapril, un diurético de lenta eliminación, para regular la hipertensión. La empleada sonrió y me dijo: “Está en falta en toda la provincia”.

A las 11:30, después de beber agua con limón para bajarme la presión, me acosté, pues no había nada que sirviera en la televisión, y no he podido conseguir algún libro nuevo que me interese. Créanme, este ha sido uno más, como cualquiera, de mis  días en Cuba.

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