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jueves, 24 de abril 2014

El mercado donde los cubanos rezan para que vuelva la abundancia

LA HABANA, Cuba, noviembre 2013, www.cubanet.org.- Atrás quedaron las imágenes de la abundancia. Dicen nuestros mayores que aquello era un regalo para los sentidos. En la memoria, despierta la nostalgia de una especie de paraíso perdido. El Mercado Único. Amelia, 80 años –Era una ciudad, una ciudad entera, barato, barato… Todas las viandas y todas…

LA HABANA, Cuba, noviembre 2013, www.cubanet.org.- Atrás quedaron las imágenes de la abundancia. Dicen nuestros mayores que aquello era un regalo para los sentidos. En la memoria, despierta la nostalgia de una especie de paraíso perdido.

El Mercado Único. Amelia, 80 años

–Era una ciudad, una ciudad entera, barato, barato… Todas las viandas y todas las frutas que querías, frutas cubanas (frutas del caney). Porque las manzanas las traían los chinos. Eran manzanas de California, envueltas en papel de china. Tenían un cuño que decía que eran de California.  El pescado era fresco. Pasaban los pescadores con unas cajas de zinc donde tenían los pescados en hielo. Recibían los embarques de directamente de los pescadores; dondequiera se podía pescar. La langosta, si tú querías, te la daban viva. Parguitos coloraditos, eso era lo más rico de la vida. O una cherna, cortada en ruedas. Había restaurantes chinos e italianos. Yo recuerdo que, con mi esposo, cuando íbamos a un Cabaret, parábamos allí,  a la 1 o a las 2 de la madrugada, a tomar una sopa china, y aquello estaba lleno de gente.  Todo eso desapareció.

Actualmente, el Mercado Único se llama, a secas, el de Cuatro Caminos. La segunda planta del edificio está cerrada. Abajo,  parece como si los liliputienses hubieran hecho una “revolución haitiana” y desterrado a Gulliver. El cuerno de la abundancia solo aparece esculpido en la piedra de la fachada, e increíblemente permanece intacto.  Después de las reformas “raulistas” con respecto al trabajo por cuenta propia, quedan negocitos invisibles, como el cambio, afuera, de CADECA, de 90 CUC x 100 USD, o algún que otro vendedor de aguardiente,  o rastreador de clientes para comprar animales al margen de sus lugares de venta.

El edificio se está cayendo. Los techos sobre columnas de acero –veteranas columnas de Hércules– están humedecidos y el agua empozada busca escapar por las hendijas, que amenazan con quebrar la estructura.

En un ala del mercado sobrevive la venta de viandas y frutas. Los vendedores aseguran que se pueden encontrar allí productos que no existen en otros “agros” de La Habana, como el canistel y la guanábana. Pero Ángel, un hombre de 70 años, dice: —–Ustedes, los que nacieron después, no saben lo que son las frutas cubanas. Se les ha empobrecido hasta el lenguaje por la cantidad de cosas que faltan.

En una entrada por la calle Manglar (hoy Arroyo), han puesto grandes jaulas con aves de corral, destinadas a la venta. Un muchacho con un vistoso collar de cuentas rojas y negras viene a nuestro encuentro. Su nombre es Ronald Rodríguez, pero dice llamarse, en lenguaje ritual,  Eshu bí, que traducido significa Nacimiento de Elegguá. En la mitología afrocubana, este orisha es el dueño de las encrucijadas. Dándonos la bienvenida solicita a modo de trueque: “Pongan mi foto en Facebook”.  Y declara:

–Nosotros nos dedicamos a vender los animales a los santeros y religiosos para que ellos hagan sus trabajos para salvar a las personas.

Un vendedor de animales (que ha pedido omitir su nombre) dice que todos los días van, como promedio, 80 personas a comprar allí.  Nos explica que la cría o la venta de chivos y carneros está prohibida dentro de la ciudad. Por eso se hace más difícil conseguir los animales, y ahora los “animaleros” -como se les conoce en las casas de Santería- trabajan por encargo.

Otro fenómeno interesante en los alrededores del mercado es el circuito de venta de artículos y accesorios religiosos, propios de la misma tradición yoruba cubana. Los que antes fueron modestos negocios de venta de estos artículos, se han convertido en verdaderas boutiques, con vidrieras donde se expone el arte asociado a los cultos afrocubanos. Una talla en madera puede costar hasta 900 CUC (equivalente al dólar estadounidense).

El dueño de una de las tiendas

En la tradición yoruba, en  la plaza del poblado  se encuentran los vivos y los muertos. En Cuatro Caminos, los habaneros dan las vuelta a las cuatro esquina (los cuatro puntos cardinales) pidiendo la bendición a Olofi y a los espíritus que viven en la plaza. Aquí lo que más compra la gente es yerba, coco, velas. Los hay que han hecho santo, otros vienen por yerbas para hacerse un despojo.

Los materiales vienen de México

–Para los trajes de santo, hay modistos. Los materiales los traemos de México. Los artesanos se dedican a hacer los collares y nos los traen. Aquí hay casi todo lo que la gente necesita. Todo el mundo tiene licencia. Antes, los yerberos andaban en carretillas ambulantes hasta los años 60 y pico. Ahora hay licencia para yerbero. No se puede andar en carretillas por la calle, pero los yerberos pueden vender en sus casas. Cuba ha hecho una religión yoruba con una esperanza, de prosperidad”.

Cuatro Caminos sigue siendo un lugar privilegiado, un punto de confluencia desde donde se tiene acceso a cualquier lugar de La Habana. Por la calle Cristina se llega a la Avenida del Puerto, donde antes estaba el Ferry, que a diario iba y venía entre La Habana y Cayo Hueso.

Después de 1959, el nuevo Estado revolucionario prohibió la propiedad privada y las libertades civiles y políticas, en nombre de la seguridad de una dudosa mayoría. Con esto sucumbieron también la libertad y el derecho ciudadano.

Acerca del Autor

Lilianne Ruiz
Lilianne Ruiz

Nació en La Habana el 30 de noviembre de 1976. Terminó el preuniversitario y quedó con deseos de estudiar Derecho, pero al matricular en la carrera, reconoció la abismal diferencia entre lo que creía de la justicia y la que se aplica en Cuba. Dejó la carrera inmediatamente, en el 2003. Se fue a la biblioteca de San Juan de Letrán a leer libros de poesía y mística, refugiándose en su mundo interior. Pero cuando se convirtió en madre, se dio cuenta de que no quería darle a su hija un futuro igual a su presente, y que el problema del totalitarismo afecta profundamente la vida espiritual y el destino de cada persona. Por eso quiere participar del cambio de su país y trascender las fronteras de su propia vida.

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