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No es increíble nuestro “miedo creíble” 

Título 42, Cubanos, migrantes, Estados Unidos

LA HABANA, Cuba. – De acuerdo con los datos más recientes de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos, Cuba ha alcanzado el segundo puesto, solo después de México, en las estadísticas sobre flujo migratorio irregular. 

Cerca de 29 000 cubanos arribaron a la frontera estadounidense tan solo en el pasado mes de octubre, lo que representa el 12,51 por ciento del total de migrantes, desplazando así, por ejemplo, a los haitianos que, con cerca de 7 000 registrados, ocupan el décimo lugar de la tabla, y son el 2,91 por ciento de los migrantes.

Pero conociendo lo que sabemos los cubanos y cubanas —aunque permanezcamos  en la Isla por las razones que nos asistan—, ese lugar en la tabla solo es el segundo, y no el primero, en tanto tenemos el mar de por medio. 

Porque, de abrirse o evaporarse las aguas por unas horas, todas las colas que hoy existen en Cuba —para el pollo o para el pasaporte, en fin, para sobrevivir— dejarían de existir, solo para conformar una sola rumbo al Norte, que habría de ser la más multitudinaria y extensa de todas: la cola para emigrar, escapar, huir.

Y es que los cubanos no “emigran” por estos días sino que están huyendo y lo hacen por causa de ese miedo a que “la cosa” continúe marchando a peor, y no solo en cuestiones de economía —ojalá solo fuera por eso que se van los cubanos— sino en todo cuanto conforma nuestra realidad, que de tan “irreal”, absurda, hace rato que parece pesadilla.

Aunque se habla de hartazgo, hambre, represión y hasta de “decepciones” (y “deserciones”) como de otras muchísimas cosas, “miedo” es la palabra que más se escucha por estos días de éxodo masivo. No solo en relación con ese “miedo creíble” que se debe demostrar ante el juez para evitar ser retornados al infierno sino, además, con esos miedos que hemos integrado a nuestras vidas porque el régimen nos los ha inoculado para hacernos más dóciles, más “fieles”.

Quizás por estar acostumbrados no nos demos cuenta. Están incluso los que pudieran pensarse libres de él, pero en Cuba el miedo —como la suma de todos nuestros temores— está en todas partes, y nadie, absolutamente nadie escapa, ni siquiera los tipos más “duros” del régimen que por estos días de protestas callejeras y redes sociales ardiendo, de zapatos apretados y bolsillos vacíos, no han dejado de temblar. 

Temblando de miedo han salido a pedir limosnas rumbo a Argelia, Rusia, Turquía y China porque el barco hace aguas como nunca antes y hasta los turistas, habiendo descubierto que nuestro “exotismo” no es más que miseria dura y cruda, van en estampida, y junto con ellos muchos empresarios hartos de trampas, deudas sin cobrar, manipulaciones y complicidades. 

Hasta la frase “estabilidad política”, que han usado como anzuelo para los inversionistas extranjeros, la pronuncian entre balbuceos y murmullos, no a todo pulmón como antes del 11 de julio de 2021

Si algo se ha mantenido relativamente “estable”, “abundante” y hasta relativamente “bien repartido”,  durante todos estos años de dictadura ha sido el miedo. Y aunque son más los que a nivel de la calle comienzan a perderlo, lo cierto es que nuestros miedos son demasiados y ni el más valiente logra despojarse de todos con un solo sacudón. 

Hay miedo en Cuba y es nuestra cotidianidad. No miente, para nada, el que no temiendo a mentir ante un juez en Texas, dice que tiene miedo. Porque aunque no le tiemblen ni la voz ni las manos, aunque apenas diga lo que el abogado le recomienda que es mejor para ser “creíble”, cada cubano que llega a la frontera de Estados Unidos lo hace cargando encima miles de miedos que, aunque no sea consciente de ellos, son los que lo hicieron decir “no aguanto más”.

El miedo fue el que hizo a nuestros padres enseñarnos primero, antes que a hablar, a murmurar y después a mentir, a fingir lealtades para ser “políticamente correctos”. De ellos y de nuestros maestros aprendimos que ser “revolucionarios” es simular porque ser sinceros solo nos traería problemas. Y llevaban razón, en sus consejos y sus miedos.

Ese regaño de “¡habla bajito!” lo sufrimos todos, y hasta aprendimos a no decir “Fidel” sino a tocarnos la barbilla, como en lengua de señas, cuando incluso entre las cuatro paredes del hogar nos sentíamos, y aún nos sentimos vigilados, escuchados, descubiertos y perseguidos. 

Es que aún en pleno Miami he visto a cubanos murmurar y acariciarse el mentón cuando hablan de Cuba y del difunto dictador. Y si eso no es prueba de llevar el miedo en nuestra sangre, al menos lo es de nuestra historia tan triste.

Es el miedo que nos llega desde todos partes. Incluida la amenaza festinada del vocero, del policía disfrazado de periodista en la televisión nacional y que en la desesperación, por causa de sus propios miedos, hace el ridículo defendiendo lo indefendible y lanzando disparates como ese más reciente de que un meme contra el régimen es un arma de terror.

Y es que los memes tan difundidos desde nuestros teléfonos son, quizás, la expresión más ilustrativa de la pérdida del miedo en los que, de acuerdo con los deseos del Partido Comunista, debieran estar cada día más aterrorizados pero, por la furia que desatan, son además la evidencia de que la dictadura cubana es enemiga del humor, en tanto solo sabe gobernar en virtud de los miedos. 

Al régimen le gusta vernos temblar de miedo porque si nosotros temblamos y les tememos a sus jerarcas, ellos dejan de temblar, y en ese “balance emocional” se basa la “estabilidad política” que gustan de pregonar aún temblándoles la voz. 

Tanto los jueces que deciden sobre el “miedo creíble”, así como los altos funcionarios estadounidenses que vienen a conversar sobre temas migratorios en Cuba —ocultando sus miedos entre sonrisas y apretones de manos— deberían tener presente ese detalle, así como comprender la verdadera dimensión de nuestros miedos, aunque algunos puedan parecer increíbles, o nada significativos en un mundo como el de hoy donde casi todos tienen algo a qué temer.

Posiblemente la oleada migratoria acabará en breve en tanto algo cruel se cocina entre ambas orillas y el olor del cocido nos llega bajo la forma de fuertes rumores y nuevos temores. Miedos nuevos pero a la vez ya conocidos, sobre todo ese, el más terrible de todos, claustrofóbico, de quedar atrapados y sin salidas en una Isla cada día más inhóspita.

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Quien vive temeroso nunca será libre

LA HABANA, Cuba.- El comunismo, al menos el que yo “conozco”, puede ser absurdo, extravagante. El comunismo es una enfermedad que carcome, es una tara, un deterioro que puede ser hereditario y que pasa de una generación a otra. El comunismo es muy parecido a la sífilis, a esa enfermedad que conoció el mundo hace algún tiempo que, aun curada, dejaba una tara a los descendientes de quienes enfermaron antes. El comunismo provoca, en quienes lo sufren, un deterioro de la razón, un miedo crónico que se hereda, que persiste, incluso cuando se ha puesto distancia, incluso cuando se le interpone un mar inmenso, y mucha tierra.

Infinitas son las veces en las que aparece el miedo, el desasosiego enfermizo, si es que se ha vivido el comunismo. De muy poco sirven las nuevas geografías y los diferentes sistemas políticos que acogen a los “enfermos de comunismo” si todavía lo sienten. No importa el clima ni los nuevos idiomas, las religiones más raras. El enfermo de comunismo, incluso cuando el mal entró involuntariamente y no por convicción, puede no curarse nunca, y poco importan los idiomas nuevos, las libertades más sofisticadas. No son pocas las veces en las que el mal permanece por un tiempo, y quizá para siempre.

Existen enfermedades que no encontraron aún tratamientos eficaces, que no reaccionan a ninguna terapia definitivamente útil, y el comunismo sigue siendo una de esas enfermedades crónicas que azotan al mundo. La prognosis no es eficaz, porque el comunismo no es un fenómeno meteorológico del que, al menos en muchos casos, puede preverse su curso, las intensidades de los vientos, las lluvias… El comunismo es una enfermedad vieja que sigue sorprendiéndonos, sigue dejándonos con la boca abierta cada vez que descubrimos las taras que va dejando a su paso.

Y toda esta monserga tiene que ver con una llamada que me hizo un pariente que anda por Europa, un pariente que desde que llegó a Rusia estuvo haciendo un camino largo, infinito en apariencias, para llegar a España, para conseguir lo que él supone que es la libertad. Resulta que mi pariente, en sus andadas europeas, comentó con sus compañeros de viaje que yo publicaba textos en CubaNet, que desde allí denunciaba al comunismo. Muy pronto algunos de sus compañeros de viaje le hicieron saber de sus disposiciones para hacer visibles los sacrificios del viaje, las enormes peripecias que vivían para cumplir el sueño de reconocer la libertad.

Y yo les creí, dije que sí, y hasta acordamos que lo mejor sería poner el rostro; sugerí el envío de pequeños videos donde contaran sus anhelos, sus propósitos, y también las peripecias en las que se enrolaron para conseguir lo que por tanto tiempo estuvieron añorando, pero se apencaron luego. Y resultó muy curioso que los arrepentimientos no estuvieran relacionados con los que venían detrás, con los que estaban por tomar un avión a Moscú para comenzar las peripecias que casi siempre tienen a España como destino final. Ellos estuvieron dispuestos a contar, aun cuando pusieran en alerta a las autoridades de los países implicados, aun cuando perjudicaran a sus coterráneos.

Yo me hacía la boca agua queriendo que hablaran del papa en Chipre, de lo que le habrían dicho al jerarca de la iglesia católica que  impidiera la entrada a “San Pedro” a un montón de cubanos que pretendieron manifestarse en el más central de entre todos los templos católicos del mundo. Yo hacía sugerencias, recomendaba entusiasmado, y ellos parecían dispuestos. Yo asegurando que le daríamos la “patá a la lata” con esos testimonios de quienes arriesgaban sus vidas buscando la libertad.

Yo pensando en el mar embravecido que se tragó a tantos cubanos en el estrecho de La Florida, y también haciendo notar la búsqueda de nuevas rutas para conseguir la libertad ausente, la libertad robada, la libertad añorada. Yo mordiéndome la lengua para no echarles en cara que lo más sensato era procurar la manumisión en territorio nacional, que lo más valiente era enfrentar al gobierno en su “propia madriguera”. Yo, siendo comedido, casi cortés, y todo para conseguir esos testimonios que harían visibles las tantísimas penas cubanas.

Queriendo juntar las muchas Cubas, pretendiendo hacer visibles nuestras verdades regadas por el mundo, salí trasquilado. El brazo del comunismo llegaba también a Europa, el miedo al fracaso y a la vuelta al comunismo volvió a silenciarlos, y me advirtieron que no era conveniente “ponerse en evidencia”. Me dijeron que sus declaraciones para CubaNet podrían ser un bumerán contra ellos, si es que las autoridades de esos países las tomaban como prueba para demostrar la ilegalidad de sus viajes.

Ellos temieron ser descubiertos y se negaron a contar su travesía desde La Habana hasta Rusia; ninguno quiso contar del viaje a Serbia, a una Serbia que no les ofrecía tranquilidad, una Serbia que no era Belgrado. Ellos tomaron en Serbia un ómnibus que los llevó hasta la frontera con Macedonia, y luego monte y monte y monte hasta Croacia, corriendo el riesgo de ser asaltados por nativos o de perderse en esos montes que se deben cruzar antes de llegar a Macedonia, donde una red que trafica personas los lleva hasta Georgilia, creo que se llama así ese punto. Y ellos se negaron finalmente a dar las evidencias de aquel cruce por un cementerio lleno de cruces, y del miedo de algunos a quedarse allí para siempre, entre cruces, al menos no poniendo la cara.

Y la mayor verdad es que tenían más miedo al largo brazo de los comunistas cubanos que a los muertos que descansaban definitivamente en sus tumbas. Y es que, al parecer, al poder cubano se le teme tanto como a la muerte, y es que el poder cubano es la muerte y lo prueba en cada instante, incluso en geografías lejanísimas, incluso cuando esos gobiernos no sean sus socios, sus vasallos. El comunismo tiene un brazo largo, un brazo peludo y peligroso. Ellos temían a una vuelta a Cuba, a una deportación, y sobre todo a morir acá, a vivir acá, ya sin remedio.

El viaje es largo, el viaje es peligroso y está lleno de peripecias. El viaje es complejo y por extrañas geografías, donde se hablan “raros idiomas”, donde las señales de cualquier tipo se hacen notar con rarísimas grafías, con caracteres en los que jamás pensaron, y que no significan nada, o quizá mucho. Esos caracteres pueden ser la vida y pueden llevar a la muerte, si no se entienden bien. Esos caracteres puede decir prohibido el paso sin que se le reconozca, sin que se sepa que por vulnerarlo puede venir el disparo y la bala que atraviesa y te deja muerto, allá tan lejos.

Rusia y Moscú, Serbia, Macedonia, Croacia, Policastro, Atenas, extrañas geografías, raros alfabetos, extrañezas, sentimientos encontrados, y hasta un papa de visita en alguno de esos puntos por los que podrían pasar. Riesgos, muchos peligros. Miedos que no cesan, que no los dejan hablar en libertad, y el miedo mayor, aunque parezca ridículo, es a Cuba, a sus autoridades comunistas, a las venganzas que podrían salir de esas autoridades comunistas. Hay cubanos que le temen al comunismo aun estando en “distantes riberas”, en cualquier geografía.

Es tan grande el miedo al comunismo que hasta suponen que todavía pueden sufrir, incluso allá, sus represalias. Aún en la distancia creen que el vengativo aparato de la Seguridad del Estado cubana podría aparecer y pedir favores a esos gobiernos, y conseguir devoluciones, aun cuando muchos tienen la certeza de que a los comunistas les “viene de perilla” cada escapada, que mientras más sean las deserciones, más fácil se hará controlar los desencantos. Me duelen esos cubanos que nunca reconocerán que con cada escapada se fortalece el gobierno. Es que los cubanos tenemos miedo al miedo, incluso estando lejos, y nadie llega a la cumbre si el miedo lo acompaña.

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Me están matando pero estoy gozando

Virgilio Piñera

LA HABANA, Cuba.- No debe ser bueno morir como mueren los gallos en la valla, me resultan abominables esas peleas que no terminan hasta que uno de los contrincantes, ese que incluso podría ser el más fuerte, o el más astuto, queda vencido, y hasta muerto. No me gustan las peleas de perros y tampoco las de gallos. No me gusta la violencia y mucho menos el “presidente” que salta al ritmo de una “música” y alaba con cada uno de sus saltos a esos gallos de pelea a los que canta “Buena Fe”, incitando a la bronca, al enfrentamiento más brutal entre paisanos.

No me gusta ese vejete peliblanco que tenemos por “presidente”, ese que es capaz de azuzar a sus coterráneos para que armen trifulcas, broncas tumultuarias, para que enfrenten con violencia a sus vecinos, a sus parientes. No me gusta ese vejete peliblanco ni los otros dos que lo precedieron; todos recomendando llegar hasta las últimas consecuencias, que sin dudas es la muerte. No me gustan esos que saltan, y saltan y saltan, pensando en la muerte, propiciándola.

No me gusta el fanatismo y la muerte que propician los discursos ardientes del poder cubano, ese poder que brinca suponiéndose en el cuerpo de un gallo de pelea. No me gustan esos vejetes militares que cada día están prestos a dar la orden de salir a las calles a golpear, incluso a matar. No me gusta el tremendismo del discurso de los comunistas cubanos, tan cercano a esa muerte que, dicen, “reivindica” a la Patria, ese discurso que se sustenta en la necrofilia, que relaciona todo el tiempo a la Patria con la muerte “necesaria y reivindicadora”.

Y ese discurso alcanza hoy los extremos, se erige sin recato sobre la necrofilia, sobre eso que algunos llaman la “necropolítica”, y que existe mucho antes de que existiera el término “necropolítica”. Los poderosos cubanos azuzan a los suyos, los poderosos convidan, los poderosos obligan al maremágnum y a la muerte, con la apariencia de que no distinguen todo lo que ocurre, aunque cada día se hagan más visibles los dos bandos.

El “presidente” salta, el “presidente azuza, canta con propósitos macabros y con muy mala fe, invita a convertir al país en una valla en la que se enfrentarán hasta la muerte los contrarios. El presidente azuza y duerme custodiado, pero no está tranquilo; y es que fueron muchos los que salieron a las calles, y son muchos más los que podrían salir en lo adelante, porque, como se dice por acá, esto no se acaba hasta que no se acaba. Y todavía no llegó el final, aunque esté cerca.

Y todas esas contiendas me han hecho pensar en muchos de los que ya no están, en los que quizá ni siquiera imaginaron estos días, o quizá sí, pero lo callaron por temor, y lo susurraron al oído del amigo cercano, a ese en el que no suponían a un chivato. Y ya en Cuba se aprendió a decantar, se aprendió a mirar a un lado y al otro, y se escudriña para llegar hasta el colaborador, para desentrañar al traidor. Quizá por eso estuve imaginando, pensando en lo que pudieran hacer, ahora mismo, muchos de los que ya no están.

Pienso en lo que habrían hecho hoy algunos de los que ya se fueron de la vida. Y no pude evitar que se me apareciera, una y mil veces, la imagen de Virgilio Piñera, el más grande de mis héroes. Imaginé a Virgilio Piñera vivo y en las calles de Cárdenas, donde nació, y en las del Camagüey donde pasó parte de su infancia, en La Habana de sus estudios universitarios, en la ciudad de su creación y también la de su muerte en vida, de su muerte real.

He pensado al Virgilio Piñera que le hizo saber a Fidel Castro que tenía miedo, en aquella sala de la biblioteca nacional, cuando Castro pronunciara aquel engendro malévolo que conocemos como “Palabras a los intelectuales”. Y también he vuelto a suponer una querella entre Virgilio y Raúl Roa, cuando este último lo llamara “escritor del género epiceno”. Y, ¿por qué no? también supuse a Virgilio Piñera en estos días cubanos.

¿Qué habría hecho Virgilio Piñera en estos días si estuviera vivo? ¿Cómo habría actuado en estas recientes jornadas? ¿Qué habría hecho el 27 de noviembre último? ¿Habría exigido también el diálogo a esas autoridades que hoy detentan el poder cultural con mucha saña? ¿Cómo se habría pronunciado sabiendo lo que sucediera antes en el Barrio San Isidro? ¿Qué pensaría de Luis Manuel Otero Alcántara? ¿Habría reconocido los valores del artista? ¿Cómo habría actuado al contemplar al mulato esbelto y muy hermoso?

Yo lo imagino de este lado; ya sé que eso es posible, únicamente, en el reino de la imaginación, pero yo la uso. Y lo imagino recibiendo el manotazo de un Alpidio Alonso que pretende arrebatarle el celular en el instante en que él lo filma. Imagino a Piñera filmando para subir luego a las redes el exabrupto de un ministro al que él le chilla mequetrefe  con voz muy alta, y también lo califica de poetastro, que podría ser interpretado como “poeta trasto” o “trasto de poeta”.

Imagino a Virgilio negado a reunirse luego con el viceministro Fernando Rojas, arguyendo que se reuniría con él solo si se tratara del autor de La Celestina, y no era el caso, y mucho menos con un “ministro” llamado Alpidio Alonso, que daba manotazos y arrebataba celulares y que de vez en cuando “rimaba versos” con muy poca gracia. Virgilio, quizás con miedo, con mucho miedo, habría salido a las calles el 11 de julio, en Camagüey, en Cárdenas o en La Habana. Virgilio, el del miedo, pudo exigir ahora la libertad de los tantos detenidos injustamente, o ser también uno de ellos. Virgilio habría celebrado la cátedra de Tania Bruguera en Harvard.

Virgilio Piñera, aquel que se atrevió a decirle a Fidel Castro que tenía miedo, mucho miedo, ese que nació hace 109 años y murió hace rato, pudo sentir miedo, y también vencerlo, y salir a la calle a manifestarse blandiendo su inseparable paraguas o aferrado al brazo de otro manifestante, quizá un hombre negro, algún amante, un escritor cercano. Imagine, lector, a Virgilio Piñera ahora y en Cuba, imagine…

Usted podría suponerlo gritando Patria y Vida y preso en Villa Marista, conversando de arte y política con Hamlet Lavastida. Yo les propongo que imaginemos a Virgilio Piñera gritando “Patria y Vida”, aunque un poco antes chillara “Mesopotamia” al descubrir el cuerpo de un macho al que considerara hermoso. Imagine a Virgilio Piñera gritando Libertad y luego detenido, o quizá chillando alto, muy alto, contra el poder cubano, aquel último verso de su poema “Nunca los dejaré”, ese verso que dice: “Me están matando, pero estoy gozando”, porque de eso se trata, de gozar la libertad, aunque se esté al borde de la muerte. Y eso, supongo, lo haría hoy Virgilio Piñera.

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Violencia y miedo en el futuro de Venezuela

Carla Serrano (Foto: María Matienzo)

LA HABANA, Cuba.- A la socióloga venezolana y miembro de la Red de Derechos del Niño, Carla Serrano, le preocupa el futuro y la niñez de su país. Su posición de científica le ha permitido identificar las condiciones sociales que solo favorecen el incremento de la violencia.

“Creo que el modelaje que están teniendo los chamos es de una sociedad que se ha vuelto un poco indolente, un poco egoísta”, describe las consecuencias de una crisis económica prolongada. “Cada quien viendo cómo salva su pellejo, cómo se salva en lo micro: mi familia, mis allegados, mis personas más cercanas, casi sin importarme el efecto que eso tiene en el otro”.

Apunta sobre todo quiénes a un no muy largo plazo son los mayores beneficiados.

“Eso termina siendo muy exitoso para sistemas políticos que tienen inspiración totalitaria” y todos los que han vivido en este tipo de sistema saben a qué se refiere Serrano. “En la medida en que nosotros estemos atomizados, desconectados o aislados, que no estemos articulándonos para hacer cosas somos más débiles, más vulnerables y por tanto presas más fáciles para este tipo de sistema”, lo que hace pensar a algunos analistas que Venezuela aun cuando algunos tiendan a hacer paralelismos con Fujimori en Perú, lo que les espera como futuro es la indiferencia y el automatismo de sus ciudadanos, o sea, Cuba.

Y percibe el “monstruo que se va retroalimentando, que va engordando y que van recibiendo nuestros chamos, y que no es más que las muchas formas de violencia” que está viviendo Venezuela hoy.

“No existe la sociedad cándida, perfecta, que ha estado todo el tiempo en una armonía ininterrumpida”, el análisis histórico se hace imprescindible para aclarar la imagen de una sociedad venezolana violenta antes y después de la revolución bolivariana. “Tampoco quiero sonar idílica porque creo que hay distintas variables que llevaron a Hugo Chávez al poder. Eso no pasó por obra y gracia del Espíritu Santo, hay razones históricas, sociales, económicas y políticas que explican por qué ese movimiento que el protagoniza terminó llegando al poder”.

Y agrega: “Pero en el camino pareciera que no terminamos de asimilar y de aprender ciertas lecciones. En todo caso Venezuela no era un país perfecto”, y se apoya en la teoría del sociólogo Ramón Piñango y la ilusión de armonía de un país que vive de la renta petrolera“, nosotros con los recursos abundantes que nos llegaban de esos ciclos de bonanzas petroleras se nos permitió acelerar procesos y como sociedad nos quedamos atascados en aprendizajes, históricamente no maduramos”; y ahora están pagando las consecuencias según la teoría de la socióloga. “No hay sociedades que no tengan conflicto, el tema es cómo resuelves las situaciones conflictivas” y siente que Venezuela está metida en “un callejón sin salida donde se nos han ido sumando distintos tipos de situaciones”.

La violencia política es una de las más latentes.

“Estamos teniendo cada vez más personas perseguidas, cada vez más personas que son encarceladas por su manera de pensar, presos de conciencia, presos políticos y eso pareciera que va in crescendo”, y a ella le angustia aunque no se detenga en su trabajo con la Red por los Derechos de los Niños.

“Me preocupa el tono radical que hemos adquirido”, y ahora se refiere a las dinámicas de hace más de dos décadas de lo que debiera ser “la política con P mayúscula”, como lo definiera ella misma. “Los mensajes que se dan son muy fuertes, estigmatizantes (sic), que deterioran lo que debe ser un proceso para dirimir las diferencias, aquellos puntos de vista encontrados por los que no necesariamente tendríamos que vernos como enemigos”.

Según Serrano, es lo que llaman “suma cero” algunas corrientes politológicas; o sea, “yo te tengo que eliminar a ti o tu a mí, ¿no?”, y se lamenta mucho de que esa atmósfera crezca cada día en el país y que “poco a poco se haya ido internalizando en la cultura política”, y que se refleja en la homogenización de todos los que no son afines al Gobierno, en oposición.

“Eso que se entiende por la MUD es un contubernio”, desarrolla su visión sobre la que es para muchos “la oposición” venezolana. “Ahí hay una mezcla de partidos con muchísimas posiciones y esa alianza ha sido en un primer momento fundamentalmente de tipo electoral. En el camino ellos han intentado madurar y hacer otras cosas”, pero está consciente de la desconfianza que ha generado la alianza de partidos porque “pareciera que la dirigencia no es totalmente transparente y muchísima gente que se siente defraudada; pero la oposición es un espectro amplísimo donde entran muchísimos sujetos y actores políticos, aunque los que más han logrado consolidarse, tener cierta estabilidad y reconocimiento es ese grupo heterogéneo que entra en la MUD, y que han intentado mantenerse bajo el paraguas de la unidad”, desde su perspectiva no ha sido un proceso fácil ni sencillo, “y se nota que en cuanto a lo interno de ellos hay muchas estrategias y diferencias de cómo abordar las cosas”.

Carla Serrano (Foto: María Matienzo)

Otro tipo de violencia que identifica es la que genera el hambre.

“No tener la certeza de lo qué se va a comer o de si mañana vas a poder desayunar, de si vas a poder seguir estudiando”, los ve no solo como los dilemas de las familias venezolanas sino una incidencia directa sobre el futuro de la infancia.

Pero del otro lado de la violencia identifica el miedo como un sentimiento aprehendido que va a influir negativamente.

“Los chamos están asimilando de nosotros los adultos significativos temores de que no estamos siendo exitosos en afrontar esta situación”, se vuelve hipercrítica aunque esté segura que como mismo hay un lado autoritario, hay otro que pone resistencia en un proceso que ella considera “desgastante” pero que “hace rato que hemos debido resolver esto, además teniendo tantos ejemplos cercanos, con herramientas de las cuales echar mano, y entonces te preguntas qué pasa que no terminamos de desarmar esto”.

“Yo soy una mujer que va a cumplir 44 años”, y define lo que ha sido la lucha de la mitad de su vida, “y he visto la decadencia, cómo el deterioro va poquito a poquito, no se detiene ni se estanca, sigue porque van avanzando otras lógicas. Y estoy en el grupo de las personas que han decidido no irse del país aunque sé que el tiempo histórico es uno pero el tiempo personal es otro”.

Pero no se va sobre todo porque está convencida de que “hay que trabajar para que los chamos no crezcan con la parálisis que produce el miedo a atreverse, a opinar, a pensar por sí mismos”, y echa mano de otras experiencia, “porque sé que llega un momento en que el adoctrinamiento te abarca y el costo puede ser demasiado alto”.




El miedo entre los venezolanos que viven en Colombia

Menéndez (Foto: María Matienzo)

LA HABANA, Cuba.- “Sí, la cosa está difícil allá”, afirma un camarero de la cadena Oma, en la calle 93, en Bogotá, y empieza a interrogar a un grupo de venezolanos que está solo de pasada por Colombia: “¿Siguió subiendo el dólar? ¿Y la calle, cómo está? ¿Ya cerraron los Farma Todo? ¿Y la arepa, se sigue encontrando?”. La conversación no se torna “demasiado difícil”, como dirían ellos mismos, porque el miedo ya es una enfermedad endémica entre los venezolanos que han decidido emigrar a Colombia. Muy pocos se atreven a hablar de lo que dejaron detrás o de lo que les espera como país aunque su situación es la consecuencia de la política fallida de Nicolás Maduro.

En lo que va de año se estima que han entrado por la frontera más 350 mil venezolanos, aunque algunos afirman que pueden llegar al millón. Según los datos publicados por el Ministerio de Relaciones Exteriores y Migración Colombiana, solamente por los Puestos Migratorios Terrestres se ha registrado 86 848 entradas de extranjeros. Lo demás son poblaciones flotantes. Todos aspiran a no ser deportados.

“Entiéndeme, esta gente son como pitbulls”, dice un vendedor en Medellín que parece próspero por el negocio que regenta, pero que no se atreve a contar su historia. “Si te agarran no sueltan y yo dejé familia allá”. La cabeza casi se le va en redondo mientras niega.

Así mismo responde otra mujer que vende calcetines y ropa interior, en un lugar llamado El Hueco, donde se encuentra cualquier producto y funciona el mercado libre y la bolsa negra con la misma visibilidad.

“No, que vá, ¿quién dice que yo me he queda’o?” La mujer de El Hueco posiblemente no cuente aún con la tarjeta de inmigración, el Permiso Especial de Permanencia (PEP). “Yo ahoritica estoy aquí y luego me vuelvo a Venezuela”, pero lo dice después de haber confesado que llevaba casi un año, lo que la hace “ilegal” según el Ministerio de Relaciones Exteriores de Colombia.

En la calle de El Poblado, una zona de clase media de Medellín, un hombre se gana la vida imitando a Carlos Vives. Es colombiano aunque la mayoría de los que ocupan los puestos junto al semáforo son venezolanos.

La imitación de Carlos Vives tampoco puede hablar mucho porque teme que le deporten a la novia. “Es que no le sellaron el pasaporte y ya lleva un año acá”, son sus pretextos.

Jorge Resquejo es uno de los pocos no que tiene miedo a hablar. “En Venezuela trabajaba en el petróleo” y ahora lleva dos meses vendiendo chicles en un semáforo en el parque de El Poblado, y además de pedir unas monedas cubanas para la suerte, dice: “No es que nos estemos pareciendo a los cubanos, aunque tenemos muchas cosas en común. Es que la represión tiene la misma cara en cualquier parte del mundo y el miedo se pega igual”.

“Nosotros estamos peor, nos sentimos traicionados hasta por la oposición. Tú sabes lo que es estar en la calle peleándola y que ahora esa gente termine juramentándose ante la Constituyente”, se cuestiona Resquejo, quien dice haber tenido que salir huyendo no solo por el hambre.

Luis Menéndez es el segundo “osado” que se atreve a mostrar su rostro. Quizás porque, como Resquejo, no tiene nada que perder.

Menéndez lleva mes y medio. Al igual que su compatriota, siente que no solo los ha traicionado el Gobierno, sino la oposición que ha comenzado “rendirse”.

“Voy pa’ dos meses ya esta semana. Pero fíjate, vendiendo confite vivo mejor”, dice Menéndez. Trabajaba en Venezuela vendiendo queso, mil kilos a la semana. No pudo seguir porque todo aumenta de precio demasiado rápido.

“Lo compraba esta semana a 10 y lo vendía en 12, pero la otra semana lo tenía que comprar en 12”, confiesa. “Tenía un trabajador y no pude trabajar más con él porque… ¿con qué?”.

Otro que no se sabe qué vende porque tiene las manos vacías agrega su experiencia a la conversación de Menéndez, aunque no se atreve a decir su nombre cuando se entera que quien pregunta es cubana.

“El dinero que hago aquí lo llevo para allá, pa’ mi gente, así que yo no puedo hablar. Ya en Venezuela no se mata por dinero, se mata por comida. La gente se mete a tu casa pues y te pide comida”, y recuerda su tiempo de trabajador de la embajada de Venezuela en Cuba.

Por Paraguachón, uno de los pasos fronterizos con Venezuela, han pasado 19 752; por Arauca, 617 y por el Norte de Santander 1717. El más concurrido es Cúcuta, con 50 903. La mayoría vive de trabajos irregulares, un gran número se dedica a la prostitución y otros están en la mendicidad.

“El venezolano está agarrando carretera y pa’ donde salga”, habla Menéndez. “Yo pasé todo el monte, la frontera que supuestamente está cerrada pero la gente pasa”, porque aunque Venezuela ha impuesto horarios -de 5:00 a.m. a 8:00 p.m.-, Colombia permanece abierta las veinticuatro horas. “La alcabala (así llaman los venezolanos al puesto de control policial) de aquí al lado colombiano y de aquel lado venezolano, están ahí. Igualito la gente pasa y ellos ven de todo. Pasan carros, pasa de todo”.

Por su parte un 29% de los colombianos cree que se les debe brindar atención humanitaria a los inmigrantes; un 53% que se debe crear un plan especial para ellos; mientras que solo un 11% deportar a los irregulares y un 7% que deberían de cerrar la frontera, según describe una encuesta realizada por el periódico El tiempo, uno de los medios más influyentes de Colombia.

Jorge Resquejo (Foto: María Matienzo)

“Allá dejamos las cosas malas y han ido para peor”, se justifica el señor del negocio próspero de El poblado. “Cualquier cosa puede ser un pretexto para meterte a la cárcel, pues. Igualitico que en Cuba, ¿no?”.

“El Gobierno es violento. Aquí no pasan nada en televisión de lo que pasa allá”, se envalentona Menéndez. “La marcha viene de lo más normal, pacífica, y entonces viene la guardia y le cae con bombas lacrimógenas y toda esa vaina. Y usted ve en el canal de Maduro y todo sale bonito en Venezuela”

“No, no, los alcabalas allá no dejan trabajar”, dice, hablando de la corrupción de la policía en medio del ambiente de sobrevivencia que se ha generado en Venezuela. “Puedes tener todos los papeles al día, a mí me pedían el permiso sanitario y yo les sacaba todo, pero igualito había que darle plata”.

“Una vez un policía me dijo que si no le daba queso me iba a bajar toda la mercancía, me iba a retener y me iba a tener todo el día ahí. En todas las alcabalas tenía que dar plata y queso obligado”, confiesa. “En Venezuela se ha vuelto un delito trabajar, prácticamente”.

Con la oposición tiene sus diferencias: “Y hay que protestar pero no de la manera que lo estaban haciendo ya”. Menéndez ha entrado en calor a medida que cuenta, “la gente con la protesta sale a robar, tumbaban los postes de alumbrado público y qué culpa tienen ellos de lo que haga el Gobierno. Yo soy de Barquisimeto y trancaban calles y terminaban afectando a las mismas gentes que son opositoras también, no solamente a los chavistas. La gente debería ir para donde está Maduro. Estuvimos más de 60 días de protestas, ¿y qué ganamos con eso?”

Él mismo se responde: “Nada, agravar la situación porque no llegaba la comida donde tenía que llegar”.

“¿Y qué tiene que ver la Constituyente con la comida?”, se sigue preguntando. “Yo digo que uno trabaja todos los días para la comida y eso es lo que no hay en Venezuela, así que yo no sé qué es lo que quiere el presidente”.

Aunque ninguno se haya decidido a dar su testimonio, todos coinciden en un mismo punto: Menéndez y el que no se sabe lo que vende, el señor del poblado, la imitación de Carlos Vives, Resquejo y la señora de los calcetines, creen que “a Venezuela, ahorita, no se puede regresar” y están tratando de permanecer en Colombia a toda costa.




Los enmascarados de la revolución  

mascaraLA HABANA, Cuba -Muchos cubanos reclaman como si mendigaran. Se comportan como si fueran causantes del desastre que los golpea. Y es que sienten miedo de quejarse más allá de lo permitido. Se atreven a criticar, pero sin tocar al mono de la revolución. Dios los coja confesados.

Si bien no temen cruzar el Estrecho de la Florida con un niño en brazos, partirle la cara a un estafador de a pie, o mentarle la madre a cualquiera que les dé un pisotón,  cuando se trata de enfrentarse a las autoridades, del tigre nace un ratón.

Da vergüenza leer como un ciudadano que dice nombrarse René Álvarez González, para reclamar que no venden radios chinos en el país, arma un discurso metatrancoso-revolucionario, echándole la culpa al “imperio”.

Según este gallito de pelea con espuelas de papel “…la utilización no autorizada de datos de usuarios cubanos de la red nacional de telefonía celular para el ilegal Zunzuneo, es una muestra de cómo, además, el imperio trata de aprovechar cualquier resquicio contra la revolución cubana”. Y el radio ¿qué?

De igual forma sumisa,  un tal Aramis Arteaga, para mostrar su insatisfacción con la venta liberada de jabón, habla del magno congreso de la CTC, de la Ley 174 del Sexto Congreso del partido, y de otras baboserías expresadas por cuadros y dirigentes que siempre se han bañado  con Camay.

En realidad indigna o causa pena ajena leer cómo cubanos que viven en albergues de “tránsito” hace 25 años, que no les alcanza la pensión, y sufren maltratos a diario en cada institución estatal que visiten, aún alaben a la revolución.

¿Acaso no conocen que toda esta miseria y desamparo la genera su elogiada revolución? ¿No se dan cuenta que la falta de seriedad, el irrespeto, la irresponsabilidad, el maltrato, son productos hechos en Cuba tras la gesta “revolucionaria”. ¿Alguien puede vivir con los logros de la revolución?

¡Oportunistas! No hay otro calificativo para esos cubanos que  se arrodillan ante quienes les dan el punta pie, catalizan sus frustraciones contra el que consideran inferior y fingen querer lo que detestan, cuando se logran ir, tienen la desvergüenza, de reclamar allá afuera lo que no tuvieron valor de exigir en la Isla.

Muy mal estamos si con estos enmascarados pensamos reconstruir la nación, después de este medio siglo de período especial. Bien jodido si alguien oculta lo que siente por temor. Las ruinas se pueden reconstruir, pero los actos de sumisión, no.

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Leopoldo López: “No tengo miedo, también nos lo han quitado”

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Leopoldo López se entrega a la Guardia Nacional Bolivariana

“Cuando tomé la decisión de hacer frente a las falsas acusaciones en mi contra, sabía perfectamente lo que me esperaba; era consciente de que sería otra víctima de una justicia injusta, de un proceso infame, como lo han sido tantos presos políticos que ha cobrado este régimen; que tendría que dejar a mi familia, confiando en que su fortaleza y amor por nuestro país los mantendría en pie; sabía que pasaría en aislamiento y soledad, un tiempo sólo definido por el deseo de cambio del pueblo venezolano… Yo lo decidí así y no me arrepiento.

“Tengo muy claro que mi presencia en Ramo Verde no es consecuencia de lo sucedido el 12-F, sino el resultado de una larga persecución por parte de la sinrazón, de un régimen intolerante, represivo y corrupto. Desde enero de 2013, el presidente Maduro me amenazó con meterme en prisión y fue muy reiterativo en ello durante todo el año. También es importante recordar que el Gobierno del presidente Chávez me inhabilitó para participar en las elecciones del 2008 para la Alcaldía Mayor, con un 70% de aprobación; y en 2012 la Corte Interamericana de Derechos Humanos sentenció a mi favor.

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Loepoldo asomado a la ventana de su celda en la prisión militar de Ramo Verde

“Mi estancia aquí y lo sucedido en la fiscalía no son más que el claro reflejo de que estábamos en lo correcto, de que era necesaria esa chispa que encendiera en los venezolanos ese deseo tan latente de lograr un cambio social y político. Que mi encarcelamiento esté contribuyendo en alguna medida al despertar de los venezolanos, vale la pena… Saber que más allá de estas rejas, cada día miles de venezolanos exigen en las calles un cambio pronto, pacífico y constitucional, vale la pena… Que por fin, el mundo comience a prestar atención a lo que sucede en Venezuela, que nuestros hermanos más allá de las fronteras se sumen a nuestro llamado… vale la pena. Que el día de mañana podamos ver a nuestros hijos con la frente en alto al haber luchado por ofrecerles libertad y progreso, vale la pena… Que juntos, los venezolanos, consigamos dejar atrás una historia de división, violencia y corrupción habrá valido la pena.

“Tras más de 30 días de aislamiento, alejado de la población carcelaria, mi mente y mi espíritu se mantienen fuertes. Se me quedó grabada la frase de una pancarta que leí el 12-F [inicio de las protestas]: “Nos han quitado tanto, que nos quitaron hasta el miedo…”. A pesar de la incertidumbre que representa estar en manos de un verdugo que tiene preso a todo el pueblo venezolano, que ha expropiado el futuro de los jóvenes y pisado su presente, no tengo miedo… tengo la compañía de mi inocencia y la certeza de haber hecho lo correcto.

“Desde esta celda, me lastima más que nunca lo que mi familia y todas las familias venezolanas están padeciendo; me lastiman todos los compatriotas —sin exclusión— que han perdido la vida; me lastima el secuestro de nuestra libertad…

“Pero también, hoy más que nunca, reconozco la fortaleza de mi esposa, de mis padres y mis hermanas que han continuado con la lucha, que no desfallecen en esa tarea de seguir llamando al despertar y la unidad; reconozco y admiro la entereza de esos padres que piden que la muerte de sus hijos no sea en vano; agradezco las muestras de cariño y solidaridad que me han llegado hasta aquí y acompañan mis días; pero sobre todo, me enorgullezco de mis compañeros de lucha, del valiente pueblo venezolano que se compromete todos los días con la patria y no descansa en su afán de lograr el cambio.

Respaldo al líder opositor

“Lo he dicho ya, salir de esta crisis que tiene sumida a Venezuela en la penumbra depende de todos; de que cada uno desde donde nos toca, demostremos que estamos dispuestos a luchar; a hacernos sentir y dejar saber cuántos somos los que deseamos un cambio; contagiando nuestra valentía y solidaridad a todos los que se encuentran descontentos con lo que están viviendo. Debemos demostrar que ya no estamos dispuestos a seguir bajo un modelo fracasado y corrupto; ni a creer en un falso intento por establecer la paz a punta de plomo.

“La escasez, la inflación, la crisis hospitalaria, la inseguridad, la falta de libertad y respeto a los derechos humanos limitando la libertad de expresión, nos afectan a todos por igual… Nuestra lucha es la lucha de todos los venezolanos; una lucha para que los padres puedan ver a sus hijos dar sus primeros pasos en una Venezuela libre, segura y en paz.

“Han pasado ya 15 años, no podemos esperar más, Venezuela necesita un cambio. Fuerza y fe”.

Leopoldo López, líder opositor venezolano en prisión, es presidente de Voluntad Popular.

  •  *  Publicado en el País de Madrid



El riesgo

LA HABANA, Cuba, noviembre (173.203.82.38) – La revolución cubana, esa vieja desgreñada y desdentada, que jugó con nuestra infancia, torció nuestras manifestaciones, suprimió nuestras libertades e incriminó nuestros pensamientos espontáneos, es desde hace tiempo un perfecto estado totalitario y represivo, bajo el cual muchísimos cubanos, llevados por el afán de subsistir, renuncian a sus convicciones a favor de una proyección pública que las contradice, pero que les resulta tolerable a sus conciencias, porque pueden sobrellevarla con cierta asepsia.

Hay otros cubanos que, por suerte, nos identificamos con San Ignacio, fundador de los jesuitas, quien le preguntó cierta vez al padre Lainez:

-Si Dios os pusiera este dilema: ir ahora mismo al cielo, asegurando vuestra salvación, o seguir en la tierra trabajando por su gloria y comprometiendo así cada día la salvación de vuestra alma, ¿Qué extremo elegiríais?

-El primero, sin dudas -respondió Lainez_.

-Yo el segundo -replica Ignacio- ¿Cómo creéis que Dios va a permitir mi condenación, aprovechándose de una previa generosidad mía?

Esos cubanos (entre los que estoy yo) que están a favor del riesgo y en contra de la seguridad; que apuestan por la audacia frente a la comodidad, creen que es más humano y digno el atrevimiento que la renuncia sistemática al combate.

Pienso que la obsesión por la seguridad y la tranquilidad es uno de los grandes obstáculos que impide a tantísimos cubanos buscar libremente su verdad. No digo, por supuesto, que la prudencia, la reflexión y el saber elegir las mejores circunstancias para emprender nuestras batallas, no sean importantes. Pero, admito que me resulta harto insoportable esa falsa prudencia que termina por ser paralizante.

No oculto mi falta de simpatía por aquellos que “quisieran hacer algo por cambiar el destino de este país, que quisieran ayudar a que desaparezcan males como la represión, la falta de libertades, la homofobia”, pero colocan ante todo su seguridad. Esas personas, alegan que no tienen vocación para luchar por una causa hasta las últimas consecuencias y sin garantías de éxito, aunque sea justa. Y yo, siempre les digo: Tú no tienes vocación y nunca la tendrás mientras pienses, ante todo, en tu seguridad. El que no es capaz de arriesgarse por aquello que cree justo, no tiene vocación para emprender ninguna empresa seria que, como todas, tiene siempre algo de riesgo, de apuesta, e implica audacia y confianza.

No estoy apostando, por supuesto, por la irreflexión o por la aventura barata; pero sí digo que toda causa justa lleva un poco de “salto al vacío”. Me arrojo siempre sin temor hacia aquello que creo justo y digno, y estoy segura de que ese salto no será una locura.

La vida que llevamos los cubanos de esta isla no es la vida que soñaron nuestros padres y nuestros abuelos para nosotros. Esta vida, en la que no tenemos derecho a soñar y vivir nuestros sueños debe ser cambiada; y he decidido contribuir con mis manos y mi voz, a ese cambio que ansían tantos cubanos a pesar de saber que recibiré en ese camino hacia el cambio, muchas zancadillas y tropezones. Pero si tuviera miedo a tropezar, más me valdría no levantarme de la cama en las mañanas, entonces no sufriría, porque ya estaría muerta.

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Las bardas del vecino

LA HABANA, Cuba, mayo (173.203.82.38) – Un viejo proverbio nos advierte: “Cuando veas las bardas de tu vecino arder, pon las tuyas en remojo”. Después de la parodia del Congreso del Partido Comunista, a la que le antecedió un desfile  con la obsoleta técnica militar, el gobierno cubano ha cambiado su táctica represiva.

Desde que se iniciaron las conversaciones con la Iglesia, y la liberación de los presos políticos, los opositores eran detenidos sólo por unas horas. Ahora las turbas pro gubernamentales, Seguridad del Estado y la policía golpean al ciudadano. Lo que nos indica que el gobierno ha dado la orden para lo que denominan “aplicar la técnica física”.

Recientemente, pude ver en una joven las huellas de los golpes que le propinaron cuando participaba en una actividad cívica. Cuando expresó que ejercía su derecho, un policía le contesto: “Nosotros somos los que tenemos la vaca y ustedes sólo tienen la mierda”.

No es necesario conocer a fondo la psicología militar para comprender que la expresión, proveniente de un medio rural, fue pronunciada por el centro de poder en una reunión con altos oficiales, posiblemente de las Fuerzas Armadas y el Ministerio del Interior. Estos, a su vez la repitieron a sus subalternos, quienes la hicieron llegar a los subordinados, y uno de ellos fue quien se la espetó públicamente a la representante de los ciudadanos oprimidos.

Lo interesante es que la frase nos dice hasta qué punto el sistema está desarmado ideológica, política, económica, histórica y moralmente. Sólo les queda sustentarse por la fuerza bruta, sin importar el costo social y las consecuencias de sus actos.

Es terrible constatar que Cuba ha sido despojada de todo durante más de cincuenta años. Cuando Fidel creó  el 28 de octubre de 1960 los Comités de Defensa de la Revolución, comenzó el proceso que enfrenta a los cubanos en todas las cuadras. De puerta a puerta se incuban el odio, los resentimientos y deseos de venganza.

La informática ha puesto al desnudo los desmanes y atropellos al pueblo. Gracias a ella, la sociedad y el mundo conocen, con inmediatez, las acciones represivas. Así se difundió la muerte de Juan Wilfredo Soto, residente de la ciudad de Santa Clara, después de recibir una brutal golpiza de la policía.

Ahora, el poder padece de fobia por el aumento de las exigencias ciudadanas. Bien preparado y entrenado para aplastar el descontento, teme que pueda ocurrir lo que ocurrió en Libia. Como ve las bardas de su cofrade arder, siente que se les chamusca las propias.