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Irma y la caja de pandora del zika

Si una tapa de cerveza acumula larvas, ¿cuántos mosquitos procrean en las charcas de “calles” como esta? (Foto: Alberto Méndez)

LAS TUNAS, Cuba.- Falta de higiene domiciliaria y comunal, vertimiento en la vía pública de agua potable y albañal, deficiencias en acueductos, alcantarillados y fosas desbordadas, baja o ausente percepción de riesgos y las adversas condiciones meteorológicas de los últimos días, propician la aparición de epidemias en Cuba, fundamentalmente las transmitidas por los mosquitos Aedes.

Concretamente, la provincia Las Tunas afronta riesgos epidemiológicos como para no perderlos de vista.

A diez días del huracán Irma haber azotado este territorio con vientos superiores a 100 kilómetros por hora el pasado 8 de septiembre, todavía permanecen en las calles restos de la vegetación derribada y toda suerte de desechos amontonados, junto a basura que todavía estaba por recoger antes del ciclón.

Aunque oficialmente las autoridades sanitarias no han informado de brotes epidemiológicos, sí han reconocido la “incidencia” de casos de zika.

Sólo en el consultorio No. 13, perteneciente al policlínico Guillermo Tejas en el reparto Sosa, en la ciudad de Las Tunas, oficialmente hay reportado ocho casos de zika.

Los infectados son personas de la localidad, que dicen no haber viajado, luego contrajeron el virus en el lugar de residencia; o dicho de otro modo, el agente transmisor, el mosquito Aedes, está dentro de sus casas.

Esto sólo es un ejemplo, los infectados pueden ser muchísimos más, pues según las mismas autoridades admiten, personas presuntamente infectadas rehúsan recibir asistencia médica.

Una mujer de cuarenta y cinco años, con fiebres, dolor de cabeza, conjuntivitis y erupción en la piel, dijo: “Esto es zika, pero yo me ‘autoingreso’, no salgo de la casa; si voy al médico me ingresan (en un hospital), y entonces es peor el remedio que la enfermedad.”

Conocido es que en Cuba la estancia hospitalaria conlleva una especie de mudada, donde el paciente y sus familiares han de cargar con los más diversos utensilios, desde ropa de cama y recipientes para cargar agua hasta ventiladores.

Luego… ¿cuántos casos habrá como el de la mujer que dijo, “esto es zika, pero yo me autoingreso, no salgo de la casa”?

“No tenemos brotes epidemiológicos, sólo incidencias”, afirman autoridades sanitarias, pero quizás lo que no exista sea estadísticas seguras.

Brote epidémico es la aparición repentina de una enfermedad en una ciudad, un pueblo o determinadas áreas de estos.

Pero en realidad, brote epidémico es un eufemismo con todo y su concepción académica, porque de lo que estamos hablando, lo que está sucediendo es, sencilla y llanamente, una epidemia, que si se extiende a un grupo de países de más de un continente entonces estamos en presencia de una pandemia.

La “incidencia”, a que se refieren las autoridades sanitarias cubanas —por cierto, también un término académico—, es el número de casos nuevos de una enfermedad reportados en una población en un período concreto.

Pero con todo y las “pesquisas” periódicas de los consultorios médicos de las comunidades, vuelvo a preguntarme… ¿cuántos casos habrá como el de la mujer?, falseando las cifras de “incidencias” de las autoridades sanitarias cubanas.

No podemos confundir la “incidencia” con la “prevalencia” (otro academicismo). Si el primer enunciado se ocupa del número de casos nuevos, el segundo es el número total de personas enfermas en un determinado período de tiempo. Cuantifica la proporción de personas en una población que tienen una enfermedad.

En naciones civilizadas —y observe el lector que me refiero a naciones civilizadas—, las autoridades de salud pública, las que establecen políticas sanitarias y las compañías aseguradoras, emplean este parámetro, el de “prevalencia”, ya sea epidemiológico, de accidentalidad del trabajo o de tránsito, para describir causas, condiciones y modos de contrarrestar circunstancias negativas a la salud no sólo humana, sino también animal, de la flora, las aguas, los suelos…

Con manos para sanear, montones de basura “de Irma” esperan por un camión (Foto: Alberto Méndez)

Pero este no es el caso de Cuba, con todo y existir en la isla leyes especiales con procedimientos reguladores. El punto es la poca utilidad de los instrumentos jurídicos si son meros conceptos sin ninguna o escasa aplicación, por ejemplo, cuando en los comercios usted no encuentra palas, rastrillos ni vagones con que sanear el patio de su casa, y los mosquiteros y los insecticidas son caros o inexistentes.

Si las calles están rotas, las tuberías de los acueductos perforadas, el alcantarillado obstruido, y esa conjunción de pasividad, huecos y salideros forman lagunas, verdaderos paraísos para los insectos transmisores de epidemias, toda esa palabrería epidemiológica (endemia, incidencia, prevalencia), poca valía tiene si en un santiamén usted recibe la picada de un mosquito y poco después tiene los síntomas de zika, dengue o chikungunya; o ingiere agua contaminada y enferma de cólera.

En jerga académica, “umbral epidemiológico” es el índice de los casos esperados, digamos, en 15 días; cuando los enfermos sobrepasan ese “umbral”, podemos decir que ya estamos en el comienzo de una epidemia.

Esas estadísticas los expertos las llevan comparando las tasas de “incidencias” semanales con iguales períodos de entre tres y cinco años anteriores.

Pero en realidad importa una higa si en las dos primeras semanas de septiembre de 2017, tenemos menos “incidencias” que en igual período de 2016, porque ahora, están multiplicadas 100% las probabilidades de incrementarse los mosquitos transmisores, y en esa misma magnitud, la posibilidad de enfermarnos.

Mientras esto escribo este lunes, a nuestra puerta tocan dos doctores. Han llegado bordeando charcos de agua y montones de basura amontonada en la calle; tenemos vecinos con “signos febriles” y hay que extremar las precauciones; hasta “en una tapa de una botella de cerveza puede haber larvas”, dicen.




Vivir en Cuba y enfermar de Zika

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LA HABANA, Cuba.- La tierra siempre estuvo habitada por misterios que desde hace tiempo fueron enunciados, incluso, por los herméticos de la antigüedad. En la mayoría de los casos eran verdades que Dios revelaba pero que luego se mantenían en secreto. Debe ser por eso que para los cristianos, y quizá para cualquiera, el misterio es lo incomprensible, eso que realmente existe pero tiene oscuros significados o que sencillamente nos es desconocido.

La enfermedad es uno de esos misterios, aunque todos tengamos la certeza de que alguna que otra vez vamos a enfermar. La vida, la enfermedad, la muerte, e incluso la sanación, son entidades que nos asisten a todos alguna vez; sin embargo nunca estamos preparados para enfermar, siempre nos toma por sorpresa y hacemos de todo para alejarla. Niños, jóvenes y ancianos, somos lo mismo ante ella. No por gusto decía Nietzsche, aquel filósofo que enfermó de sífilis, que esa muerte que podía sorprenderlo a cada instante lo igualaba al hombre más anciano, y hasta llegó a suponer que la enfermedad podía reafirmarlo en la salud, la que no consiguió después de enfermar, al menos no más allá de su filosofía.

Confieso que no me interesa la enfermedad que degrada el cuerpo, ni siquiera me gusta esa enfermedad que, como creía el alemán, puede restablecer en algo la salud. Yo prefiero un alma y un cuerpo saludable. Lo terrible es que no siempre se consigue. Hilvano ahora estas ideas porque he sido visitado por una enfermedad que se ha vuelto común en estos días cubanos.

Hace apenas una semana, parado frente al espejo y dispuesto a afeitarme, descubrí que tenía conjuntivitis y una enorme erupción en el torso; más tarde comprobaría que esa misma explosión de color y de lesiones en la piel que habían invadido mi torso y mi espalda, y que picaban tanto, se hacían acompañar también de dolores en las articulaciones y de un poco de fiebre que iría creciendo con las horas.

Sin dudas algo no andaba bien y me fui al hospital, al más cercano, a la Covadonga. La doctora, con alardosa facundia médica, advertía posibilidades, indicaba exámenes, y exigía de inmediato un ingreso. Ella no tenía dudas. Yo estaba enfermo con el virus del Zika y debía permanecer hospitalizado, al menos diez días, a la espera de que llegara un especialista del IPK para recoger muestras de sangre que serían analizadas allí, en “Medicina Tropical”, y que darían un diagnóstico definitivo.

Una espera que, sin dudas, me haría más vulnerable, que me pondría en contacto con enfermos de dengue y otras rarezas… Fue por eso que me negué a ingresar, aun cuando la médico chillaba descompuesta asegurando que mi irresponsabilidad podía tener implicaciones legales; pero la mayor de las verdades tenía que ver con mi certeza de que yo no era culpable de la enfermedad que me asistía. Los culpables de todo no eran otros que aquel infinito enjambre de mosquitos Aedes que invadieron mi casa, como culpables eran también las instituciones de salud que debían garantizar la fumigación preventiva que hace más de tres meses no se realiza en todo mi entorno, sabiendo ellos que aumentaron en la últimas semanas los casos de Zika, incluso en la población infantil.

Si escribo estas líneas, ahora que me siento mejor, es porque me parece el más grande de los misterios la desfachatez con que se abandonó la fumigación en las zonas de riesgo, que es toda la ciudad, todo el país. Y esa indolencia puede traer fatales consecuencias. La prensa oficial cubana se hizo eco de la enfermedad desde que apareciera en las islas Galápagos, y la alarma se hizo mayor cuando llegó a Brasil, donde hay una población de médicos cubanos que podrían entrar en contacto con el virus. Cada día la televisión y la prensa escrita anunciaban las medidas que se organizaban para evitar la entrada al país de la enfermedad, pero no se consiguió la inmunidad. Alguna vez fue confirmado el primer paciente venido del extranjero, y luego otro, y otro, y finalmente el primer autóctono, y muchos más.

Ahí comenzó, como siempre sucede, la fumigación semanal que implicó, incluso, a 8 500 efectivos del ejército, y estudiantes de medicina, de enfermería, que visitaban las casas buscando síntomas, señales del virus. Y luego sabríamos también de los defectos de la campaña, el propio Ministro de Salud Pública aseguraba que debían estar los funcionarios del Ministerio y de las direcciones a cualquier nivel, chequeando el saneamiento. Y supimos, solo por el cotilleo nacional y no por la prensa, que aquel preparado era muchísimas veces adulterado, y que el petróleo era vendido y hacía ganar enormes dividendos a los encargados de la fumigación.

Y también notamos cómo la profilaxis no contemplaba, la mayoría de las veces, a los salideros de esa agua que se estancaba en la calle y en todas las ciudades y pueblos y en cualquier asentamiento, ofreciéndose como un medio idóneo para la cría fatal. El estancamiento y la aparición de las aguas albañales es cada vez mayor en todas las ciudades, como si se hubiera dado la orden de: “¡En cada cuadra un salidero, en cada barrio un charquito lleno de larvas!” Y se dejó de hablar de Zika, dengue y chikungunya, como si el mal hubiera pasado; pero crecía la población de mosquitos transmisores, y la vehemencia del médico que amenaza si decides no ingresar, si decides exigir, denunciar, el descuido de las autoridades, esa que tienen que garantizar la salud desde la eliminación de los vectores.

¿Cuál es entonces el misterio? ¿Por qué hace meses que no fumigan? Nadie puede responder. Los médicos dicen que lo suyo es la cura y no la prevención. Lo suyo es también la amenaza: “Si no ingresas me firmas esté papelito advirtiendo que es tu decisión y yo salvo mi responsabilidad”, así dicen y se lavan las manos como Poncio Pilatos. Y aumenta el secretismo. ¿Acaso no existen los componentes que lleva una fumigación? ¿Por qué la prensa no explica lo que pasa? ¿Por qué no cuenta sobre el incremento de casos de Zika en las últimas semanas en esta ciudad? El hospital pediátrico del Cerro, conocido como “La católica”, ha destinado tres salas para los menores contagiados, pero nada de eso dice la prensa, y de fumigación mucho menos.

Es por todo eso que descreo del espíritu de contingencia que adoptan en Cuba las autoridades sanitarias, y también de aquel Nietzsche que suponía la aparición de un hombre distinto tras la enfermedad. Él creía que de aquel enfermo nacía un hombre fortalecido, un superhombre, pero yo no lo creo, mejor me voy con quienes suponen que el cuerpo es una representación de lo que subyace en el mundo, y yo diría de lo que subyace en el país. Visto de esa manera, mi cuerpo enfermo es una representación de un país enfermo, o lo que es lo mismo: si yo no estoy sano, mi país no es saludable.