Súplica de un obrero cubano

Súplica de un obrero cubano

Con resignación, los cubanos se encomiendan a la voluntad de su dios. Se antoja imposible para un simple mortal cambiar la realidad de la isla.

religiosa 600x400LA HABANA, Cuba -Si no fuera, Señor, por los oscuros centavitos que de vez en vez me pones en los zapatos mientras duermo, moriría como un astronauta abandonado durante una caminata espacial, pues para una comida austera con carne de cerdo –no de res, de cerdo– ni con todo mi salario del mes me alcanzaría.

Soy de los que cobran por la escala mínima y trabajo en un centro donde no hay cositas que se caigan de los camiones por más que uno mire para el suelo; tampoco tengo parientes que me envíen remesas. Con todo, no me quejo, Señor. No me quejo. Todo lo contrario.

Te agradezco este ya antaño tener que vivir rapiñando por aquí y por allá, siempre a la que se cae, vendiendo hoy una pata de la cama, mañana la cama completa, día a día inventando, contando los centavitos, rezándoles para que no se acaben. Esta disciplina, aunque el mundo no lo crea, me impide engordar, me impide ponerme cebado como un dirigente y tal vez morir entonces de una indigestión de camarones o de langostas o de lechón asado con yuca con mojo y congrí y postres y cervezas.

La cerveza da barriga, Señor.

Los que toman cerveza se ponen barrigones y los barrigones no tienen futuro en este país.

No en lo físico. Pues yo mismo saldría a enfrentar a quienes intentasen tomar a los dirigentes y hacerlos marchar arreados como reses por la calle si el gobierno se cayera (y pudiera caerse mañana mismo: a lo mejor se cayó hace diez minutos y todavía no nos hemos enterado). Aunque no creo que a nadie aquí le diera por duplicar –pero entonces al revés—aquellas escenas callejeras de cuando lo del Mariel, ¿te acuerdas? Pero aun así, tampoco a nadie aquí, estoy seguro, le gustaría, en el caso de que dicha caída sucediera, sentirse en el pellejo de un gordo de repente avistado a lo lejos por la masa, aunque fuera un gordo sin guayabera. En épocas de austeridad en la mesa, Tú lo sabes, Señor, no hay barrigones entre la gente común. Mira para los campos de concentración.

Además, la carne es maligna.

La carne da gota, y si la ligas con cerveza y chorizos de calidad y con el buen garbanzo y la morcilla prohibidos para el vulgo, entonces engorda, y la gordura es mala para el corazón además de eso otro.

Líbrame, sigue librándome de morir como un astronauta abandonado durante una caminata espacial, pero sobre todo, muy por encima de todo, líbrame, Señor, líbrame de engordar, líbrame de ponerme cebadito como un dirigente.

Ampárame.

Que nunca me suceda eso.

No es sólo el no ser nadie, el tener que andar con la cabeza baja después, cuando este Gobierno desaparezca, sería la pena sin nombre ahora mismo mientras el Gobierno esté en pie todavía, la pena, y aun el miedo de saberme mal mirado en la calle. Sin contar, Señor, sin contar con que mientras menos gordo me hallare en el día de los días, más posibilidades tendría de pasar por el ojo de tu aguja.

Amén.

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