Señor Guterres, venga y mire a Cuba por dentro

Señor Guterres, venga y mire a Cuba por dentro

Los cubanos seguimos en cola mientras los comercios permanecen desabastecidos y la reventa prosigue su cauce

El secretario general de Naciones Unidas, António Guterres, arribando al Aeropuerto Internacional José Martí (juventudrebelde.cu)

LAS TUNAS, Cuba.- Justo a las siete de la mañana, todos los lunes comienza el recuento. Fuera útil para Antonio Guterres, secretario general de la ONU y para la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), reunida en La Habana, quienes tanto alaban las bondades del castrismo, “algo extraordinario y muy bueno no sólo para los cubanos, sino para todo el mundo,”  a decir de Guterres aplaudiendo la zona colonial de la capital de Cuba, presenciar esta escena de no ficción:

“Fulano de tal.”

“¡Aquí!”

“Mengano de tal.”

“¡Aquí!”

“Zutano de tal.”

“¡Aquí!”

El señor Guterres se percataría de lo larga de esta lista. Yo me inscribí la semana pasada. Tengo el número 148. Hay mujeres y hombres, jóvenes algunos, ancianos otros. Unos callan, otros se lamentan, y en ocasiones, no pocos discuten, acaloradamente. Escucharía el señor Guterres, ¿no?

Soy recién llegado, pero ellos llevan meses en este menester de resultados impredecibles, como para irse a otro sitio, digo yo, diciendo alguien: “Pues yo llevo como un año en estos trajines”. ¿Ve usted, señor Secretario General?

A esta hora la Tienda Recaudadora de Divisas (TRD) está cerrada. Y de espaldas a la puerta de cristal, utilizando los escalones como tribuna, Isabel, ex profesora de secundaria básica, advierte: “El que no esté le paso la raya”.

Y, del mismo modo que antes registró la asistencia de sus alumnos, ahora Isabel comprueba la puntualidad de quienes hacemos fila para algún día comprar cemento.

Este lunes Isabel hace un alto y dice: “Silencio. Antes de pasar la lista Teresa tiene que decirles algo.”

Señor Guterres, Teresa es psicóloga clínica, poetisa de brío y mujer de nervio; la semana pasada siguió un camión estatal cargado de cemento, y lo pilló despachando a domicilio; “nosotros en cola y otros haciendo home delivery”, dice alguien, haciendo exclamar a otro: “¡Claro, si venden el saco a 10 (dólares)!” ¿Escuchó señor Guterres? Esto es Cuba, no el gato que le están dando por liebre.

En TRD el saco de cemento P-350 (para hormigón armado) cuesta 6.60 CUC, pero aprovechando la escases, los revendedores lo venden a 10 CUC, 250 pesos, la mensualidad de un trabajador jubilado.

“¡Que suba a la ´tribuna´!”, dicen, y Teresa trepa a los escalones, junto a Isabel.

“Ustedes saben lo que pasó la semana pasada, cemento apartado para empleados, (de TRD) las discusiones y todo el problema; bueno, ahora dicen que ya no van a despachar 100 sacos por persona, sino nada más que 20”, oigan lo que está diciendo Teresa, señor Guterres y cofradía, y escuchen el guirigay.

“¡Eso no puede ser! Llevamos meses en cola para que ahora vengan con eso”.

“Y cómo van a pensar que con 20 sacos de cemento se puede echar placa (techo) a una casa”.

“¡Caballeros… eso no tiene problemas, el día que me toque a mí, traigo conmigo a mi mujer, a mis hijos y a la suegra, 20 sacos por cabeza, total, 100 sacos y se acabó el problema, eso es lo que hay que hacer!

“¡No, no, no, eso así no para en nada bueno!”

“¡Qué no! ¡Pues que no me vengan con eso de 20 sacos!”, señor Guterres y cofrades, ¡peligro!, ése, es el que propuso aparecerse con su tribu. ¡Aléjense!

“¿Qué es esto?”, preguntaran los lectores Y les digo: Lo que se perdió el señor Guterres en Puerto Padre y ahora les cuento.

Teresa ya había bajado, y no sé si fue por impulso propio o porque quienes me escucharon mascullar me catapultaron; de pronto me vi sobre la “tribuna”, junto a Isabel, diciendo:

“Oigan… si falta cemento lo que sobra en este pueblo son inspectores. Que vengan y vean lo que cada uno de nosotros está construyendo, para eso estamos dentro de la ley, y como no es regalado, que el día que nos toque nos vendan a cada cual lo que necesita.”

“¡Eso! ¡Eso es!”, dijeron.

“Pues vayan al Gobierno y díganlo”, dijo Isabel, pero como nadie dijo yo voy o nosotros vamos, la profesora comenzó a pasar la lista.

Según cifras de la Dirección Provincial de la Vivienda en Las Tunas, en los ocho municipios de la provincia se necesitan construir “más de 31 mil 780 casas para satisfacer las necesidades acuciantes de la población”, informó el semanario 26 el pasado viernes 4 de mayo.

Y en Puerto Padre, de las 4 912 casas derrumbadas por el huracán Ike el 8 de septiembre de 2008, todavía hay viviendas por reconstruir.

Concluido el pase de lista, nadie me dijo ve, ni yo mismo sé por qué lo hice, pero a media mañana, me vi haciendo antesala en el Gobierno (alcaldía) de Puerto Padre, pidiendo una entrevista con “quien tenga autoridad sobre comercio y materiales de construcción en el municipio”, dije.

“Es con el Vicepresidente a cargo de esa tarea, pero él atiende los viernes”, dijo la jefa de atención a la población.

“No es un asunto personal, sino colectivo, y apremia”, dije. La funcionaria dijo que esperara y salió de la oficina, poco después regresó diciendo: “Venga conmigo”.

Repetí al Vicepresidente lo dicho desde los escalones-tribuna a la gente arracimada en la cola de nunca acabar, esperando para comprar cemento que no se sabe cuándo ni cómo llegará a un pueblo destartalado por las inclemencias del tiempo y la desidia de los hombres, y añadí:

“Primero, actuaron con exceso, vendían sin importar si eran para reventa o para que gente necesitada construyera sus casas. Y ahora pecan por defecto, racionan a quienes no deben limitar frenando las construcciones.”

“Usted tiene razón. Yo mismo estaré el próximo lunes allí. Y a cada cual se venderá el cemento según el proyecto de su construcción”, dijo el Vicepresidente, y, encendiendo el celular que me había pedido dejar en la recepción, salí de su oficina.

Cola esperando por cemento en Puerto Padre, las Tunas (foto del autor)

Mientras el señor Guterres y cohorte de la CEPAL hablaban de economía en La Habana, concluí mi actuación como abogado del diablo. Defendí una posición en la que no creo: el control estatal entrometido en el comercio. Y como abogado de Lucifer representé a una situación que ha tenido empleo en todas las civilizaciones, desde los albores de la humanidad: la usura como hija legítima del desabastecimiento.

Teóricamente, en lo adelante los que estamos en fila compraremos cemento según nuestra necesidad. Pero seguiremos en cola mientras los comercios permanezcan desabastecidos y la reventa prosiga el cauce de los establecimientos vacíos.

Sacándolos de las vitrinas de La Habana colonial, alguien debía traer al señor Guterres y sus camaradas de la CEPAL a Puerto Padre “socialista” diciéndoles, ven y mira.

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