Sandra podría ser una abuelita

Sandra podría ser una abuelita

La prostitución es un tema prohibido para el oficialismo

LA HABANA, Cuba.- Cuando los almanaques adviertan que se suceden los días del mes de septiembre próximo, se habrán completado veintinueve años desde que Carlos Aldana, aquel personaje de “triste recordación”, “invitara” a todo el equipo de redactores y diseñadores de la revista Somos Jóvenes a sus oficinas en el Comité Central del Partido. Los “convidados” tenían muy claro que iban a enfrentarse a una enorme reprimenda, y que la causa era la aparición, en el número 93-94 de la revista, de un testimonio que su autor, Luis Manuel García, titulara “El caso Sandra”.

Pasaron muchos años, tantos, que cualquier curioso que se interese en comparar las firmas que aparecieron en la revista de aquellos años con las de ahora comprobará que no existen coincidencias. Pero que no suponga ese curioso que fueron el retiro y la vejez los culpables de tantas desapariciones. Lo cierto es que muchos de quienes escribían esas páginas resolvieron “poner pies en Polvorosa”. Luis Manuel vive y escribe en España desde hace rato, y varios de los implicados en aquel número distinguieron también, de entre todas las opciones, al exilio.

Unos años después, y en otro septiembre, era destituido de todos sus cargos el ominoso Aldana, pero esos retruécanos de la política cubana no consiguieron contener la retirada de redactores y diseñadores; muy bien sabían ellos que nada iba a cambiar, y que otro “compañero” muy parecido se ocuparía cuidando el trabajo ideológico con procedimientos idénticos, incluso peores. Ellos consiguieron la certeza de que escribir sobre la prostitución en Cuba, o de cualquier otra verdad silenciada, resultaba muy riesgoso, casi imposible. Y ya sabemos de los métodos que se idearon desde los años sesenta para cuidar la ideología y esconder la verdad.

Como sucede siempre, designaron a otro que se hiciera cargo de dirigir la ideología de los cubanos desde una oficina. Y Somos Jóvenes no volvió a mencionar a las muchachas que, muy emperifolladas, salen todavía en las noches, o a cualquier hora, buscando extranjeros de bolsillos abultados para luego desemperifollarse frente a ellos y en la cama, a cambio de unos cuantos dólares, o euros. “De eso no se hablará otra vez”, dijeron los de aquella oficina que antes regentó Aldana, aun conociendo que crecía el número de mujeres que preferían entregar sus cuerpos a un desconocido con dinero, antes que trabajar en una oficina o en una fábrica por un pago que parecía más una metáfora. Y aquellas mujeres crecían en número, y el silencio también.

Y cómo no iba a crecer ese mutismo si el discurso oficial se ocupó en demostrar que las prostitutas eran solo un rezago del pasado. Se dijo, y se escribe todavía, que después de 1959 el Estado las había reintegrado a la sociedad permitiéndoles que se alfabetizaran, buscándoles empleos, responsabilidades públicas. Es muy común que el gobierno cubano asegure que, de esas cien mil prostitutas que heredó, todas fueron reivindicadas. ¿Lo fueron realmente? De todas formas a ellas, si se les menciona con frecuencia, resulta que no eran “hijas de la revolución”. Tanto se les señaló, tan visibles se las hizo que ellas mismas decidieron esconderse. Debe ser por eso que hoy resultaría muy difícil reconocerlas. ¡Deben ser tan viejas!

Es frecuente en el discurso oficial destacar a esas cien mil para establecer luego diferencias con las que, ahora, acceden al poder más alto; y entonces se hacen interminables enumeraciones y aparecen las mujeres que son miembros del Comité Central del Partido, y las que forman parte del Consejo de Estado o son piezas del Parlamento. ¿Qué cubano no escuchó hasta el cansancio esas enormes peroratas donde se repasan las infinitas posibilidades que tienen sus mujeres?

Muchas veces es referida la infinitud de hembras de “vida alegre” que sobreviven en países pobres, y también leemos sobre las damas que en Cuba llegan a ser ministras, médicos y fiscales. Constantemente se recurre a esas figuras que se desempeñan como presidentas de las Asambleas provinciales y municipales del Poder Popular, a las delegadas de circunscripción, y hasta se alaba el hecho de que la vicepresidenta de la Asamblea Nacional sea una mujer, como si tal cosa fuera un caso único en el mundo. ¿Cuántas son o fueron presidentas en la más reciente historia latinoamericana? También es habitual en estos días que se haga referencia a una mujer que es árbitro en el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre la isla y los Estados Unidos.

Confieso que no voy a extrañarme si alguna vez se hace apología porque una “compañera” presida la Federación de mujeres. El Gobierno y el Partido, su prensa, destacan con exaltación ese “empoderamiento” de las mujeres cubanas para restar visibilidad a las que se ganan la vida haciendo malabares en la cama. Es común que quienes alguna vez se refieren al asunto aseguren que la mayoría de las prostitutas europeas no hicieron estudios más allá de los primarios, sin que noten que mucho más vergonzoso resulta que en este país existan jineteras (prostitutas) que se graduaron en la universidad.

Aldana, aquel funesto jefe del Departamento ideológico del Partido, no consiguió que desaparecieran las Sandras que a Cuba le habían nacido, y mucho menos el que vino después, y otra vez salió al ruedo la figura del proxeneta; pero nunca se dijo que ese “chulo”, muchas veces, muchísimas veces, vestía uniforme de policía. Un montón de Sandras han pasado ya por las cárceles, pero muy pocas creen en la reivindicación. Por eso creo que aquel gobierno, que sigue siendo el mismo, debió agradecer a Luis Manuel García, el redactor de Somos Jóvenes. Un país agradecido, un gobierno justo, lo habría reconocido, considerado incluso a su texto como fundacional.

Aquel número de la revista destapó la olla y mostró que éramos un país como cualquiera, o peor que muchos, por tan indecente escondedera. Hoy, Sandra sigue siendo referencia. Es posible que aquella que impresionara al escritor y que lo llevara a escribir su texto ahora sea una abuelita. ¿Sandra habrá dejado de interrumpir sus embarazos? ¿Tendrá una nieta? Si fuera un varón, ¿a qué se dedicará? ¿Seguirán alguna vez los pasos de su abuela?

Resulta que en cualquier esquina de la ciudad puede encontrarse a una nueva Sandra; lo mismo en Monte y Cienfuegos que en 23 y L, en Cerro y Boyeros… Sandra puede estar en el Parque Central o simulando que espera a su novio en el Parque de La Fraternidad, en cualquiera de esas esquinas que forman las calles Reina y Amistad. Allí encontré hace dos días a una nueva Sandra. Yo contemplaba lo que queda del Palacio de Aldama, pensaba en Domingo del Monte y en sus tertulias, en los poetas invitados. La muchacha se sentó junto a mí. Creo que, muy confundida, supuso que yo podría ser su cliente. Como yo, miró fijamente al edificio.

“Debió ser lindo, pero está hecho mierda”, así dijo, y señaló entonces al busto levantado sobre un pedestal. “Ese era el dueño del palacio”, dijo y sonrió cuando asentí. Luego continuó: “Se llamaba Aldana”. No pude contener la risa, me perdí en una enorme carcajada, pero no la rectifiqué. Hasta adoré que cambiara aquella consonante, que donde debía estar la m pusiera n. Pensé en lo bueno que habría sido para este país que algún poderoso ideólogo mereciera un monumento, un busto que ofreciera un poquito de sombra, en medio de tanto calor, a una joven prostituta. También recordé a Luis Manuel, y hasta le pinté una sonrisa cómplice. De esta Sandra, de las otras, deberíamos hablar muy seriamente.

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