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Los cuentos vengadores de Manuel Ballagas

Manuel Ballagas

LA HABANA, Cuba. — Vivir bajo una dictadura como la castrista deja efectos en el alma que muchas veces son irreversibles. Ni siquiera los años en el exilio logran borrarlos. Más bien los acrecientan.

En el caso de los escritores y artistas, no importa lo lejos que estén ni los años transcurridos, se reflejan, afloran en su obra, junto con los recuerdos —los malos y los buenos— los viejos temores, las pesadillas que creían haber dejado atrás, los rencores, las ansias de vengarse de sus victimarios, aunque solo sea en la imaginación.

Es lo que sucede en la docena y media de cuentos y viñetas intercaladas entre ellos que conforman el libro de Manuel Ballagas Malas lenguas, editado en el año 2015 por Lulu Publishing, de Durham, North Carolina.

Si Reinaldo Arenas en Antes que anochezca y El color del verano ajustó cuentas a sus victimarios y sus cómplices ridiculizándolos y mofándose de ellos, Ballagas en Malas lenguas va más allá y, como modo de exorcizar a sus demonios, trama venganzas que les hagan pagar el daño que hicieron no solo los verdugos, sino también los que se prestaron en mayor o menor medida, con su aquiescencia y cobardía, para sus infamias.

Pero en los cuentos vengadores de Ballagas (El paquete, La ratonera, La sirimba, Dichosos los ojos) no hay odio, sino más bien una mezcla desprecio y lástima por esos seres que dan tumbos entre la desvergüenza y la confusión inducida. Pueden ser funcionarios del régimen que desertan en Miami, aspirando, cual si nada debieran, al borrón y cuenta nueva; moradores de casas con maleficio que fueron expropiadas a sus dueños; o la mujer acobardada que presiona a su esposo para que ceda al chantaje de los represores en el kafkiano relato El carángano.

Pero lo mejor del libro —y creo que el autor estará de acuerdo en eso— son las viñetas, que llegan a evocar, por su fuerza,  las de Cabrera Infante en Vista del amanecer en el trópico. En ellas, Ballagas refleja el sombrío ambiente de las prisiones castristas, adonde fue a parar siendo muy joven, acusado de ser un escritor contrarrevolucionario.

Y es que Manuel Ballagas, que en 1967, cuando tenía solo 17 años, con los cuentos del libro Con temor, provocó la ira del mismísimo Fidel Castro, quien, durante una perreta en la Universidad de La Habana, destrozó las galeradas de lo que iba a ser el libro y arremetió contra Ediciones El Puente por su intención de publicarlo.

A partir de ese momento —y hasta que se fue por Mariel en 1980—, Ballagas, cuando no estuvo preso, fue sistemáticamente vigilado y  hostigado por los esbirros de la Seguridad del Estado. En consecuencia, la gente del ambiente cultural que antes elogiaban el talento narrativo de “Manolito, el hijo del poeta, el joven escritor que ganó el Premio David” y que decían ser sus amigos, para no buscarse problemas, dejaron de tratarlo y le retiraron el saludo cuando se lo tropezaban.

Ese ambiente de miedo, paranoia, mezquindades y maledicencias es el que refleja Ballagas en su relato autobiográfico Un joven dios de cabello revuelto y en el  libro Pájaro de cuentas (Lulu Publishing, 2012) donde narra, irónica y descarnadamente, cómo discurría la existencia de Virgilio Pinera y otros intelectuales y artistas marginados durante los años setenta, el llamado Decenio Gris.

Ballagas es el protagonista de muchos de sus relatos. Es el Manolito melenudo, flaco y desgarbado que camina por las calles de La Víbora y El Vedado, el de “los libros conflictivos”, el mal visto por los chivatos del CDR y los comisarios de la UNEAC. El mismo Manolito que en las viñetas es interrogado en Villa Marista y presionado para que se declare culpable de delitos que no cometió vegeta en una galera del Combinado del Este, contesta al diario recuento o lo mudan a otra prisión, en una cordillera, hacinado con decenas de presos, en una mal ventilada rastra.

En las cuatro décadas que lleva residiendo en los Estados Unidos, Manuel Ballagas, de 72 años, ha sido periodista de The Wall Street Journal y The Miami Herald. También ha escrito dos novelas, dos libros de cuentos y uno de memorias. Y, con todas las vivencias que acumula, aún le queda mucho por contar.

ARTÍCULO DE OPINIÓN
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