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jueves, 20 de enero, 2022 2:51 pm

Cine cubano, resumen del año 2021

La mediocridad y la represión abierta se han entronizado en los dilapidados espacios del edificio del ICAIC
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MIAMI, Estados Unidos.- Hubo un tiempo en el que el llamado Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) funcionó como una suerte de aparato ideológico privado del dictador Fidel Castro. Luego, otras circunstancias históricas hicieron que su obstinación se fuera disipando.

Sitio sumamente elitista, montado en una edificación sofisticada de El Vedado, incautada a sus dueños originales, sin recompensa.

Aquel lugar lo fundó y presidió un comunista cabal, aficionado a los desplantes, no muy afín a las masas populares, quien, entre sus numerosos desempeños e intrigas palaciegas, debía afrontar la oposición de otros militantes en el poder, más burdos a la hora de hacer valer “la dictadura del proletariado”.

En el ICAIC se enquistó la especie intelectual supuestamente en conflicto con la burocracia intermedia de la nomenclatura gobernante. Muchas de sus obras abogaban por la idea peregrina de perfeccionar las iniquidades tempranas de la revolución socialista.

Los que se resistían a entrar por tan estrecho aro, terminaron exiliados. Excepcionalmente, algunos de los que permanecieron en la isla abogaron por espacios de libertad de opinión, en medio de la impetuosa dictadura, y pagaron caro por su infidencia.

Contados son los que siguen utilizando estéticas antediluvianas, puestas en práctica por directores del socialismo real europeo, para evitar atropellos subsiguientes. Otros optaron por agenciarse una carrera de realizadores cinematográficos a costa de mancillar su decoro personal.

Aquellas aguas turbulentas trajeron los “fangos” actuales. Son las consecuencias de la prioridad que recibió la censura velada y la amenaza, durante los supuestos años dorados de la institución.

Actualmente, la mediocridad y la represión abierta se han entronizado en los dilapidados espacios del edificio del ICAIC, dirigido por funcionarios sin señas culturales, con la activa colaboración de “artistas” que, desde temprano, militaron en la execrable plantilla de las delaciones y los traspiés.

Una información aparecida en la prensa oficialista da cuenta del desarrollo de la filmografía nacional durante el año 2021, no obstante, la pandemia y el llamado “bloqueo” americano.

“La decisión fue filmar, crear, hacer”, subrayó Ramón Samada, el actual presidente del ICAIC, quien ostenta en su cuenta de Twitter una suerte de dazibao castrista, donde lo que menos abunda son las reflexiones sobre cine.

La producción resultó ser tan precaria como la propia economía desvencijada que la sustenta y controla.

Se estrena póstumamente un largometraje de Rigoberto López, El Mayor, sobre la figura de Ignacio Agramonte. Según comenta un prestigioso crítico de cine y profesor, quien recientemente ha sido fulminado por uno de sus propios alumnos, se trata de más de lo mismo. Épica estatuaria de próceres anquilosados.

Enrique Alvarez logró hacer otro largometraje, La caja negra, que ha sido descrito, perturbadoramente, por un crítico de cine más cercano a la historia oficial: “La alegría del triunfo revolucionario el primero de enero, la convocatoria a la huelga general, la desbordante efervescencia generada en las calles, la admiración a Fidel Castro, Camilo Cienfuegos y el Che Guevara, los cambios sociales emprendidos por la revolución naciente, la incertidumbre por la perdida de Camilo, la explosión de la Coubre y muchos otros acontecimientos”.

Al parecer, el proyecto Palomas se sigue preocupando por los desventurados, en dos documentales sobre las abuelas y las “cuidadoras”, respectivamente.

Se estrenó un documental titulado Soberana, con el tema de las vacunas cubanas contra el COVID 19, que termina siendo una mezcolanza propagandística bastante intolerable y aburrida.

También se presentó el largometraje Agosto, de Armando Capó, que pude ver hace como dos años en el Festival de Toronto, sobre un adolescente que se entera tarde sobre la partida de seres queridos en el terrible verano del año 1994, durante la llamada crisis de los balseros. Tal vez la obra más reveladora e independiente de las exhibidas en las salas de cine.

Por supuesto que el menoscabado ICAIC ha hecho caso omiso de momentos que merecen ser reconocidos en cualquier resumen respetable sobre los acontecimientos cinematográficos nacionales del pasado año.

Miguel Coyula pudo terminar y estrenar su largometraje Corazón azul, luego de diez años de realización y todo tipo de artimañas y obstáculos para que no ocurriera. Se ha presentado, con éxito, en festivales internacionales.

El cortometraje Tundra, de José Luis Aparicio, fue aceptado por el exigente festival Sundance, donde antes solamente solían entrar filmes producidos por el ICAIC, mediante componendas con la dictadura.

Carlos Lechuga le da los toques finales a Vicenta B., para terminar la trilogía donde brillan Melaza, así como Santa y Andrés.

Tanto Coyula, como Aparicio y Lechuga son “no personas” para el tramitado panorama cultural del castrismo. Todos, de alguna manera, culpables de haberle faltado el respeto, con sus respectivas poéticas, al proceso revolucionario “irreversible”.

Por último, vale la pena recordar en este recuento el capítulo insólito de un cineasta exiliado, invitado al Festival de Cine de La Habana, con un documental sobre República Dominicana, cantarle públicamente las cuarenta a la tiranía en su propio escenario achacoso. Con tal gesto, Rolando Díaz abrió un resquicio de esperanza en medio de tanta penumbra.

ARTÍCULO DE OPINIÓN
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Alejandro Ríos

Alejandro Ríos es parte del exilio de Miami desde 1992. Organizó el primer Festival de Cine Alternativo Cubano, en Miami Dade College (2003), y fue co curador del Festival La Fruta Prohibida, de cine independiente cubano del siglo XXI (2018), en Coral Gables Art Cinema. Presentó, durante diez años, el programa La Mirada Indiscreta en el Canal 41, AmericaTeVe, donde hoy se desempeña como crítico de cine de su redacción de noticias. Actualmente conduce Pantalla Indiscreta, cada semana, en TV Martí. Ha publicado el libro “La Mirada Indiscreta” (Ed. Hypermedia), que compila 10 años de columnas aparecidas semanalmente en El Nuevo Herald, donde sigue colaborando.

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