Hágase el beso… y una película

Hágase el beso… y una película

El amor puede ser cursi, y si lo mira un comunista puede que resulte atroz, y hasta inhumano. Yo prefiero el beso, incluso, más que al verso y mucho más que a los comunistas

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Escena de película Love Simon (foto: Youtube)

LA HABANA, Cuba. – Debe ser horrible recibir cien latigazos sobre la espalda desnuda, puedo imaginar el primero de todos los fuetazos y hasta la reacción del castigado. Tengo la certeza de que no me gustaría sentirlo en carne propia. No creo que me interese mirar, lo que también podría ser una manera de sufrir el golpe. Un latigazo en la espalda debe sentirse muy adentro, en los pulmones, en cualquiera de esas estructuras guardadas en la caja torácica, y quizá más abajo. Un latigazo debe ser doloroso, humillante, sobre todo si se está expuesto a la mirada de los otros. Un latigazo puede doler, también, en el alma.

Castigos como esos prevalecen en algunos sitios de la tierra. Esos “correctivos” están fijados en el código penal de Irán, y muy bien que lo reconocen los “sodomitas”, sobre todo el que ofrenda, el “activo”, el “macho”, si es que no está casado. Y el otro, el  que “recibe la ofrenda”, se las ve peor, y hasta puede ser condenado a muerte, que es la única manera de matar al “vicio”…, y al “vicioso”. Eso sucede en Irán, y también en Sudán, si es que se trata de un “depravado” reincidente, de un consumado pederasta.

Así se castigan las “inmoralidades” en Yemen y en Mauritania, también en otros países donde algunos placeres se convierten en perversiones y son juzgados por la “ley”. Cuba también tiene su “pedigrí” en ese asunto. Esta isla, su poder, hurga en ciertos “vicios”, los politiza incluso, los castiga luego. El gobierno de esta isla tiene un catálogo de “inmoralidades”, un inventario enorme, preparado durante sesenta años de observación, de vigilancia extrema, para luego condenar, y eso sucede con los homosexuales. Cuba siente el mismo desprecio por los gais que antes exhibieron los nazis, Cuba siente el mismo desprecio que se reconoce en Irán, en Yemén, en Mauritania o Rusia.

La prueba más cercana fue la censura de la película “Love Simon”; la tachadura, el corte, del beso entre los dos muchachos, y peor es esa burla con la que advirtieron que se analizará a los culpables de la censura, advierte que tal decisión no responde a posturas homofóbicas. ¿Y a qué obedece? ¿Acaso se refieren a esas “posturas” bien tradicionales de hacer sexo? ¿Esas donde la mujer está abajo y el tipo arriba? Eso no lo explica nadie; ni la televisión ni Mariela Castro, esa heterosexual que se ocupa de “tuercas y mariquitas”.

Ellos advierten que pondrán completica la película, es decir, sin censura, y que con tiempo informarán a la “audiencia”, lo que me hace sospechar que la pondrán por radio, y así no tendrá que hacerse visible el beso ni las lenguas enredadas de dos machos. No sé por qué ya no anunciaron la nueva fecha, por qué no enunciaron las cabezas que rodarán, de cualquier forma, por el atrevimiento de exhibir la película de marras en lugar de archivarla en lo más profundo de las bóvedas del ICRT. Ellos no quieren la película, porque está es una “revolución” de machos varones masculinos.

Y los machos varones masculinos, decisores de ese instituto son idénticos a aquellos que metieron en el Castillo del Príncipe a Virgilio Piñera, son lo mismo que quienes censuraron el “Paradiso” de Lezama, lo mismo que quienes crearon las UMAP. Quienes tomaron esa decisión son lo mismito que quienes persiguieron a Reinaldo Arenas, los mismos que crearon causas para encerrarlo, para vejarlo, para que finalmente se largara sin que tuviera oportunidades de “pervertir” a esos pioneritos que debían ser tan machos como el Che.

Y esas dos últimas ch tan seguidas, ese Che, y ese macho, resulta cacofónico, algo reiterado e incluso discordante…, eso es…, sobre todo discordante, porque la revolución no es pa’ mariquitas, la revolución es pa’ hombres de “pelo en pecho”, y de armas que cuelgan de sus hombros…, donde no cabe un beso entre machos…, aunque sean muy pocas las mujeres guerrilleras, aunque vestidas de verde y en pantalones no sean seductoras… La revolución no es para esos “degenerados” que “comen carne por la hendija”, esos que no pueden ser maestros, porque a la salida, cuando suene el timbre que anuncia el fin de la jornada, ese que estaba frente a los alumnos puede dar un beso al novio que lo espera en el portal, y que lo abraza.

“Mal ejemplo”, eso son los homosexuales ante los ojos de un poder que reconcentró a los enfermos de VIH, que los aisló, como aisló antes a los homosexuales, como hicieron los nazis, porque también los consideraba enfermos; pero me atrevo a decir que la “revolución cubana” resultó peor, al menos si pensamos que apartó a los infectados con el VIH por homosexuales y por infectados, por enfermos capaces de propagar una plaga, y eso no tuvo muchos precedentes en la historia del mundo.

La historia del comunismo cubano, su mirada a la homosexualidad, es un horror, tan terrible como esa que se reconoce en Irán, en Yemén y en Mauritania, y quizá hasta sea peor, porque comparado con esos otros, es algo veladita la nuestra, sobre todo si pensamos que hoy no son pasados por las armas los homosexuales cubanos, quizá porque entendieron que el espíritu de los gais y las lesbianas del caribe es más aguerrido; y si Mariela prohíbe una marcha, ellos van de todas formas, porque quién ha visto que la “mariconería” tenga solo un día de expresión y que además tenga que ser organizada por el CENESEX y Mariela Castro, quien nada sabe de prohibiciones y denuestos y mucho menos de homosexualidad, porque de eso no se aprende en universidades y mucho menos en el seno de familias homofóbicas.

La censura del beso es deplorable, es la vuelta a las UMAP, a la depuración en las universidades, a los despidos de maestros por sus gestos “delicados”. La censura de los labios que se juntan es repugnante, es rencorosa, abominable, y lo peor es que entrega pretextos a la homofobia para reprimir en la escuela, en el trabajo, en la calle, en cualquier sitio. La homofobia se mostró hace unos meses en toda su prepotencia. Mariela decidió que no habría marcha. Ella, la heterosexual, decidió por los homosexuales, y ahí están las imágenes que muestras a Ariel Ruiz Urquiola siendo violentado, y también a otros.

La desprotección de los homosexuales está a la “orden del día”. Los gais, las lesbianas no siempre tienen donde encontrarse, donde enredarse con sus amantes para gozar y glosar luego el cuerpo desnudo del amante. Los amantes se encuentran en sitios peligrosos, escabrosos, sin tiempo, sin condiciones, para reconocer bien el cuerpo deseado. Los homosexuales solo tienen la Playa del chivo, la potajera, el bosque de La Habana; pero cierta parte de este último, el parque forestal, se acaba de convertir en jardín de diversiones para infantes.

Ese bosque no servirá más de escondrijo a los amantes prohibidos, ahora lo cercaron todo y hay que comprar la entrada en una garita con apariencia de caney, como aquellas casitas de techos cónicos de los aborígenes que descubrió y describió Colón. Ahora llenaron gran parte de ese espacio de aparatos para que los niños jueguen y se sientan felices al aire libre, y rodeados de una vegetación alta y espesa. El parque fue hasta hace poco bosque, un espacio de encuentro y “libertad” para los homosexuales que no encontraban un sitio para gozar, ahora es de los niños, de los pioneros que serán luego “como el Che”, ¿homofóbicos?

Y se olvidó a los gais que no tienen casa, que solo tenían un pedazo de bosque; pero muchos aplaudieron e hicieron reportajes en la televisión y notas en los periódicos, y los niños irrumpieron alegres, victoriosos, como los rebeldes en La Habana, sin reconocer que un día, cuando ya no sean niños y no tenga casa propia, cuando tengan “deseos raros”, y si el comunismo no llegó aún al final, se les complicarán las cosas, y no tendrán un sitio para amar, y quizá hurguen en la tradición homofóbica y comunista, y descubran que el parque forestal fue alguna vez un breve “paraíso gay”.

Es posible que hasta se enteren de que, cuando eran niños, se censuró un beso entre dos muchachos en la televisión y que se armó tremendo revuelo, que muchachos gais fueron detenidos, que a un joven activista matancero lo detuvieron para que no pudiera darse un beso con su novio frente a los censores, frente al edificio de donde salió la censura al beso, y que Mariela se mantuvo en silencio, como sus parientes… Y ojalá, para entonces, ya no exista el comunismo que censura y castra, el que castiga.

Ojalá que esos niños que, mientras se ejercía la censura, estaban el parque forestal no sufran a los comunistas que impiden ciertos besos y propician los reproches, los arrestos, las palizas, los encierros, los muertos en los bosques, los muertos en sus propias casas. Los muertos que no conocieron el amor, los muertos que no tuvieron besos. Y ya sé que esto suena un poco cursi, pero resulta que el amor puede ser cursi, y si lo mira un comunista puede que resulte atroz, y hasta inhumano. Yo prefiero el beso, incluso, más que al verso y mucho más que a los comunistas. Hágase, entonces, el beso.

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Acerca del Autor

Jorge Ángel Pérez

Jorge Ángel Pérez

(Cuba) Nacido en 1963, es autor del libro de cuentos Lapsus calami (Premio David); la novela El paseante cándido, galardonada con el premio Cirilo Villaverde y el Grinzane Cavour de Italia; la novela Fumando espero, que dividió en polémico veredicto al jurado del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos 2005, resultando la primera finalista; En una estrofa de agua, distinguido con el Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar en 2008; y En La Habana no son tan elegantes, ganadora del Premio Alejo Carpentier de Cuento 2009 y el Premio Anual de la Crítica Literaria. Ha sido jurado en importantes premios nacionales e internacionales, entre ellos, el Casa de Las Américas

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