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Domingo, 25 de febrero 2018

El lamentable olvido del Club Capablanca

Esto es lo que queda de la institución que honró al mejor ajedrecista cubano de todos los tiempos

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LA HABANA, Cuba.- Por casualidad, mientras caminaba en la calle Infanta, vi la tarja que lleva grabado el nombre del mejor ajedrecista cubano de todos los tiempos. Me costó reconocer en aquel portal medio oscuro que hedía a orines, el salón que varias veces visité con mi papá para jugar ajedrez. Eran los años del Período Especial, cuando el deterioro de la arquitectura habanera alcanzó un ritmo galopante. Aun así, el Club Capablanca lucía mejor que ahora.

Fundada el 26 de junio de 1947, la institución consagrada al único cubano Campeón Mundial del llamado juego ciencia acogió a los más prestigiosos competidores de otras épocas. Bobby Fischer, Max Ewe y Boris Spassky, todos conquistadores del título universal, hicieron allí demostraciones de su excepcional genio.

El Club Capablanca fue restaurado por la Oficina del Historiador de La Habana y reinaugurado en 2008 en presencia de grandes figuras del ajedrez cubano y foráneo, como el ex campeón mundial Anatoli Kárpov (Rusia). Seis años después el gobierno provincial lo transformó ―con carácter temporal― en refugio para damnificados que perdieron el techo de sus viviendas producto de las lluvias que azotaron la capital. Hoy evidencia un abandono elocuente, del cual solo ha escapado el mobiliario, con sus tableros y fichas ―no faltaba más― para recordar que el sitio tiene un propósito, aunque cada vez menos cubanos lo honren.

Durante la década de 1990 muchos niños jugaban ajedrez. En cada escuela primaria el programa de Educación Física incluía el aprendizaje de esta disciplina, y los profesores se ocupaban de captar a los alumnos más prometedores para pulir sus habilidades. Bueno o regular, había un equipo que defendía el nombre de su escuela en los encuentros interescolares que se organizaban en la sala polivalente Kid Chocolate, y de allí a las competencias municipales.

No era raro ver a un niño o adolescente medirse con los adultos, que a menudo jugaban en parques y portales habaneros. Aquellos jugadores ambulantes tenían un público no muy numeroso, pero leal, conocedor y capaz de respetar la solemnidad de cada partida con algo que hoy es difícil de hallar entre los cubanos: educación y silencio.

Los infantes de entonces integraban la pelota y el ajedrez a sus actividades cotidianas. Si bien la mayoría no pasaba de algunas jugadas elementales, constituía una manera adicional de interactuar y expandir el conocimiento en un ambiente saludable, donde los menores adquirían otra clase de disciplina y un elevado poder de concentración.

La rampante decadencia del Club Capablanca es la consecuencia lógica de un movimiento que fue desapareciendo en proporción al aumento de la banalidad, la ignorancia y el desorden social. El ajedrez forma parte de esas pequeñas culturas alternativas que ha perdido su espacio ante el empuje de un patrón de consumo cultural homogéneo, al cual es muy difícil resistirse sin derivar hacia una existencia casi ermitaña.

Las victorias de jugadores valiosos como Leinier Domínguez y Lázaro Bruzón no hacen justicia a la larga tradición de Grandes Maestros de Ajedrez que ha dado la Isla. Como siempre sucede, un par de nombres basta para que no se diga que Cuba carece de representación en la arena ajedrecística internacional; pero desde hace años son esos los únicos que se mencionan.

Difícilmente un niño cubano de hoy sepa quién fue José Raúl Capablanca, y el mérito que le ganó un lugar en los anales de la historia. Todo ello forma parte de la era prerrevolucionaria; por ende, no hay que enfatizar mucho su relevancia. Capablanca obtuvo su lauro mundial en 1921 y lo mantuvo hasta 1927, mientras el club creado en su honor data de 1947. Son acontecimientos revestidos por el halo republicano que tanto se han esforzado en demonizar los comunistas tropicales.

Eran poco más de las seis aquella tarde en que me atreví a detenerme, mirar y preguntar. Solo había tres viejitos, un muchacho y el encargado jugando en el club. Las mesas restantes estaban vacías, pero en la esquina contigua un nutrido grupo de jóvenes vociferaba malas palabras y escuchaba canciones horrísonas en una bocina portátil. Un contraste social y generacional dramático, que ilustra todo lo que se ha perdido y el cúmulo de excrecencia que, lenta e inexorablemente, sepulta a la sociedad cubana.

Parece imposible relacionar la actual desolación del Club Capablanca con el intenso ambiente que, años atrás, involucraba a artistas, intelectuales, gente del barrio y obreros que desgranaban sus tardes en el discreto placer de perseguir el jaque mate.

Como tantas cosas que alguna vez tuvieron un significado real para los cubanos, el club ha perdido toda importancia. El portal donde otrora se debatía sobre ajedrez ha devenido en baño público, y la memoria del prodigio antillano que arrebató la corona al alemán Emanuel Lasker, hoy no es más que un nombre en una tarja.

Acerca del Autor

Ana León

Licenciada en Historia del Arte

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