El discurso más sincero de un dictador

El discurso más sincero de un dictador

Incluso los seres más autosuficientes y vesánicos tienen sus momentos de claridad

“A dedo”, así fueron dictadas las leyes de la revolución de Fidel Castro (Cubadebate)

LA HABANA.- Fue aquel que sirvió como conclusión de los dos anteriores, ofrecidos a los intelectuales cubanos el 16 y el 23 de junio de 1961, en la Biblioteca Nacional de La Habana.

Los historiadores castristas apenas comentan sobre este discurso, y cuando seleccionan algunas de sus más famosas frases no las citan tal como las dijo Fidel. Incluso él mismo las repitió tal y como fueron enmendadas, a partir de que la lucha en aras de los derechos humanos se intensificó en Cuba.

A continuación, un breve análisis de cómo se desarrolló dicho discurso, para que los propios lectores de CubaNet saquen sus propias conclusiones.

Desde el primer párrafo, Fidel Castro admite que él no era la persona más autorizada para hablar sobre el tema de la Cultura, “porque no estamos en las mejores ventajas para discutir sobre las cuestiones en que ustedes se han especializado”. Y dijo a continuación que “por ser hombres de gobierno no quiere decir que estemos obligados. Quizás estamos obligados”.

Al referirse al problema de la libertad para la creación artística, confesó abiertamente que “se trata de un tema al cual la Revolución se ha enfrentado apresuradamente, puesto que en realidad esta Revolución se gestó y llegó al poder en un tiempo récord. Y nosotros somos como la Revolución, es decir, que nos hemos apresurado bastante”.

En dos palabras: Confesó abiertamente que ni él ni el resto de los dirigentes políticos “tenían la madurez intelectual necesaria para llevar adelante una verdadera Revolución, llamada a convertirse en uno de los acontecimientos más importantes de este siglo”.

“En realidad, ¿qué sabemos nosotros? Nosotros todos estamos aprendiendo, tenemos mucho que aprender”, dijo.

Pero aun así, en una franca contradicción —como era peculiar en este ser autosuficiente y vesánico—, dictó pautas ante los temores de los intelectuales, algo que se hizo evidente sobre todo en algunos de ellos, como José Lezama Lima o Virgilio Piñera. Su preocupación en realidad no era la Cultura, mucho menos los derechos ciudadanos, sino su Revolución y su dictadura, bien definidas en los dos años anteriores, cuando se había apoderado de toda Cuba, de los medios de prensa, radio, televisión para sus discursos kilométricos y había fusilado a miles de sus opositores, muchos de ellos militares que se habían enfrentado valientemente a las guerrillas, escondidas en matorrales, en altos lomeríos y armados con fusiles de mirilla telescópica.

Durante esos tres primeros años de fusilamientos, salieron del país las mentes más lúcidas.

Al mencionar la importancia de los derechos humanos, fue claro y directo en su idea, aunque a través de medio siglo la prensa oficialista no la ha dicho como fue: “¿Cuáles son los derechos de los escritores y de los artistas revolucionarios o no revolucionarios? Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada, ningún derecho. Esto es un principio general para todos los ciudadanos”.

Y a continuación, dijo: “Por muy respetables que sean los razonamientos personales de un enemigo de la Revolución, mucho más respetables son los derechos y las razones de una revolución”.

El 7 de julio de 1959 había impuesto la norma donde se consideraba contrarrevolucionario a todo el que se pronunciara como anticomunista o contra las medidas fundamentales de la Revolución, y el 26 de octubre de ese mismo año, se establecieron los tribunales destinados a enjuiciar los delitos contra la Seguridad del Estado y la pena de muerte para los delitos contrarrevolucionarios.

¿No había dicho el Invicto Iluminado Máximo Líder que una Revolución no es ni puede ser obra del capricho o de la voluntad de ningún hombre?

¿Qué habría pensado de sí mismo el nonagenario omnímodo cuando, faltándole días para morir, no había logrado liquidar a los luchadores por los derechos humanos que existen hoy en toda la isla; “cucarachas”, como los llamó en un discurso en 1988, hoy representados por gente joven muy valiosa como Lía Villares, Miguel Coyula, Ana León, Luis Manuel Otero, Yanelis Núñez y muchos otros?

¿Cómo se habrá sentido en ese último minuto, consciente de que nunca pudo convertir a los Andes en la Sierra Maestra del continente y mucho menos poner de rodillas a los Estados Unidos?

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