El bolero en la posmodernidad

El bolero en la posmodernidad

No hay nada como la barra y la ruptura de la pareja para entender y valorar el bolero

MADRID, España, diciembre, 173.203.82.38 -En 54 años de tiranía castrista ha habido prohibiciones de todo tipo, pero nunca se prohibió el bolero. Simplemente pasó de moda, igual que el mambo y el chachachá. Ya a la altura de 1960 el bolero se batía en retirada, disparando andanadas de mal gusto desde la victrola. El llanto del varón derrotado, más la cursilería sadomaso, parecían certificar la decadencia del género: “Pues mi esposa me traicionaba / y en una noche / por el canalla me abandonó. […] Vuelve otra vez, no / no lo hagas por mí / hazlo por tus hijos / aunque yo sienta el dolor…”. La verdad es que la punzada del amante herido, en Dolor de hombre, solo se salva por la voz y el estilo de Orlando Contreras, un grande indiscutible del bolero.

Los muchachos de mi generación reaccionaban contra esos excesos lacrimosos y, de paso, contra lo mejor del cancionero cubano tradicional. Solo querían música con onda, y para de contar. De modo que el bolero era tachado de cheo sin paliativos, con la irreverencia de quien se cree joven para toda la vida. Pero la juventud es apenas un trámite. O una enfermedad que se cura con el tiempo, como bien se ha dicho. Y a este “desengañado de bares y cantinas” también se le pasó su cuarto de hora y cayó de un bolerazo en la crisis de la mediana edad. Corrían los años de la perestroika, y a la neurosis de una sociedad desquiciada se me añadía el drama personal de un amor con letra de bolero. Un “vendaval sin rumbo” que me había dejado “en las tinieblas de la noche y sin ninguna orientación”, como un Tejedor de lobregueces.

Tenía con qué y dónde, pero no tenía con quién. Y salí a la calle, una tarde temprano, dispuesto a tomar La Habana por asalto. Total que vine a terminar la noche a solas con mi añejo doble en un rincón de la cantina, al estilo Jalisco, oyendo al solista que animaba la penumbra del bar Las Cañitas con su voz de gallo ronco. “A mí me pasa lo mismo que a usted…. Nadie me espera, lo mismo que a usted”, me disparó a mansalva. Y me rodó un lagrimón en tiempo de bolero.

Esa noche de bohemia solitaria comprendí que el bolero no existiría si amar y penar no rimaran con la palabra bar. No hay nada como la barra y la ruptura de la pareja para entender y valorar el género de las gardenias, las perfidias y las noches de ronda. Cuando la nostalgia sincopada de Tú me acostumbraste te parte el alma en pretérito indefinido, no hay escapatoria. Yo asumí, sin complejos, mi cursilería en compás de dos por cuatro y con sabor a mí.

Fue por eso que no me tomó de sorpresa cuando, algún tiempo después, los viejos boleros irrumpieron en los medios con nuevos bríos. Quién sabe si actualizados por el vaivén del gusto colectivo o por los reacomodos de la cultura light, pero el caso es que la posmodernidad nos trajo de vuelta un género que ya daban por muerto y sepultado. Los chicos y las chicas, en una movida retro, de pronto se pusieron a cantar los grandes éxitos que antes habían fascinado a sus abuelos, aunque esta vez a la manera de intérpretes como Luis Miguel, que saltó a la fama interpretando éxitos de antaño. ¿Acaso “un servidor de pasado en copa nueva”, como sentenciara el gurú oficialista de la Nueva Trova a propósito de otro cantante? Puede que sí, pero qué pasado tan presente ese que arranca con Pepe Sánchez, alcanza su esplendor con Agustín Lara y Rafael Hernández, se renueva con Frank Domínguez y José Antonio Méndez y llega aún con aliento hasta Armando Manzanero y José Feliciano. Un pasado que sigue vibrando en las cuerdas y voces de los tríos armónicos con el formato de Los Panchos. Y que atesora un valioso repertorio decantado en la memoria nostálgica, purgado ya de sus excesos victroleros. Un pasado, en fin, que haría su regreso triunfal cuando menos se le esperaba.

Los grandes boleristas que murieron olvidados y pobres, como Orlando Vallejo en su amargo exilio, se fueron de este mundo sin sospechar el auge que a la larga volverían a alcanzar sus añosos temas. Pero ¿quién le iba a apostar al resurgimiento del bolerón a las puertas mismas del siglo XXI? ¿Quién iba a imaginarse tanta justicia poética? Ni pura ni dura, la posmodernidad se canta en tiempo de bolero.

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