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Martes, 22 de agosto 2017

Cuba y el ‘candidato manchuriano’

Obama se parece al protagonista de una novela de suspenso político publicada en 1959

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Obama dio un histórico discurso en el Gran Teatro de La Habana este martes (Foto: Carlos Barria/Reuters)

Obama durante su discurso a Cuba en el Gran Teatro de La Habana (Foto: Carlos Barria/Reuters)

MIAMI, Estados Unidos.- Entre los veinte y seis libros que escribió el novelista norteamericano Richard Condon, el que más se destacó fue El candidato manchuriano (The Manchurian Candidate). Esta obra de suspenso político publicada en 1959 y luego convertida en película en 1962 y también en 2004, tiene como trama la elaboración de una conspiración comunista que conlleva el acto de lavarle el cerebro a un individuo capturado y convertido en prisionero de guerra durante la guerra de Corea, por parte de los servicios de inteligencia chino-comunistas y soviéticos. La idea era que una vez que el protagonista principal era insertado en la sociedad estadounidense al concluir el conflicto, éste intentaría materializar los objetivos del comunismo internacional e impactar el poder político en la democracia norteamericana.

Barack Obama ha sido una versión actualizada, no ficticia, del candidato manchuriano. En el caso del cuadragésimo cuarto presidente de la nación estadounidense no fue necesario ejecutar un lavado de cerebro para imponer un dogmatismo ideológico antidemocrático. Obama ya poseía suficiente bagaje que nos demuestra, incluso mucho antes de postularse para presidente, que su óptica del mundo era entendida dentro de una mentalización de lucha de clases cuyo recetario metodológico sería la de un socialista fabiano. Su defensa práctica de los valores universales de los derechos naturales y humanos, así como su sostenimiento de la ética democrática, han sido antitéticos, medidos por los estándares históricos de los jefes ejecutivos de la democracia más modélica en el mundo.

Con un enfoque prioritario internacionalista, se propuso en gran medida transformar el orden mundial en uno donde se le daría (o se le intentaría dar) un lugar de protagonismo mayor y privilegiado a enclaves del despotismo totalitario. Regímenes y movimientos del islamismo radical como la Hermandad Musulmana y el chiismo fundamentalista de Irán, por ejemplo, encontraron en Obama un aliado sólido. El comunismo en su exégesis post soviético también halló en éste un coligado formidable.

Cuba ha sido su ensayo más emblemático en su intento de rescatar y transformar versiones duras del marxismo-leninismo y facilitar el viaje del mismo a los puertos seguros de la supervivencia. Obama, como fiel intérprete del principio gramsciano y leninista que formulaba que el papel del intelectual y del político era el de asistir a la historia, le extendió al castrocomunismo todo lo que su presidencia imperial le permitió para ayudar a que los déspotas cubanos transitaran a versiones más light, como los modelos chino o vietnamita. Gracias a Dios esto parece haber fracasado, tal como lo vislumbraron Obama y los Castro. Sin embargo, como fiel adherente a procesos de leyes históricas, el presidente norteamericano saliente, antes de salir, decidió cometer otra violación más del concepto democrático de la división de poderes, y ha intentado abolir con un plumazo ejecutivo lo que es un acto legislativo que tiene primacía: la Ley de Ajuste Cubano.

Bill Clinton, cuando emitió su orden ejecutiva de “pies secos, pies mojados” en 1995, limitó la práctica establecida de los EE.UU. de rescatar a cualquier cubano encontrado en alta mar huyendo del comunismo y de transportarlo hacia la libertad en territorio norteamericano. El expresidente y esposo de la fracasada candidata presidencial demócrata siempre fue uno en tramar palabras y conceptos presentando opuestos que, aunque contradijeran los hechos, siempre encontraba salidas percibidas como racionales pese a su real condición. El fenómeno de “pies secos, pies mojados” ha sido una de esas falacias vendidas en los EE UU como un “logro”, cuando en realidad sólo significó, en la práctica, extenderle un pretexto para convertir a los EE.UU. en un agente de facto de la guardia costera castrista.

Esa orden ejecutiva, la famosa y mal entendida política de “pies secos, pies mojados”, es la que Obama neutralizó con su orden ejecutiva. La lectura que se le está dando y la extensión de ésta en el ámbito de la política inmigratoria más integradora de los EE.UU. hacia los cubanos que buscan la libertad, sólo se puede admitir si se acepta el léxico obamista añadido en su acción administrativa y contradictoria a las normas y las funciones de lo que constituye una acción ejecutiva. La intención de darle a esta maniobra de Obama un carácter legislativo, debería de ser retada en los tribunales estadounidenses.

Mientras la nueva administración decide qué curso tomar con este acto imperial y vergonzoso de Obama, la vida de todos los cubanos que están en terceros países en ruta a los EE UU recae sobre los hombros de éste. Cuando Obama le extendió el reconocimiento diplomático a la dictadura castrista, pronunció públicamente que no cambiaría la política inmigratoria de la nación estadounidense hacia los cubanos. Gran parte de los que están en ese estado ahora convertido en uno de limbo, tomaron la decisión basados en las normas existentes en los EE.UU. y avaladas expresamente por su presidente. Fiel a su trayectoria de mentir sobre las mentiras, traicionó una vez más a Cuba y a la tradición norteamericana de dar amparo al que busca libertad y de defender ésta como un valor inalienable. La explicación de por qué Obama ha sido tan mentiroso (e. g., el canje Gross-espías, el defender los DD HH, las cifras del comercio, etc.), yace en la verdad desnuda de su moralidad política-ideológica.

Obama realmente no cree que es inaceptable lo que hay en Cuba hoy, ni mucho menos el modo que un grupo de facinerosos ejercen el poder político ahí. Podrá discrepar y estaría dispuesto a debatir cerebralmente sobre diferencias en los detalles de la operación y el uso del mismo, pero jamás sentiría repugnancia al contemplar cómo atropellan a los cubanos en pleno día, todos los días. La realdad fehaciente es que las diferencias entre Obama y el castrocomunismo, es la de un socialista fabiano y un marxista. ¡Qué horror si a Obama le hubiera tocado gobernar sobre un país con instituciones democráticas menos enraizadas!

Acerca del Autor

Julio M. Shiling
Julio M. Shiling

Politólogo, escritor, comentarista, conferenciante y director del foro político y la publicación digital, Patria de Martí. Tiene una Maestría en Ciencias Políticas de la Universidad Internacional de la Florida (FIU) de Miami, Florida. Es miembro de The American Political Science Association (“La Asociación Norteamericana de Ciencias Políticas”), el International Political Science Association (“La Asociación Internacional de Ciencias Políticas”) y el PEN Club de Escritores Cubanos en el Exilio.

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