Cuba: la derrota estratégica (I)

Cuba: la derrota estratégica (I)

Basta un ligero cambio en las políticas de Estados Unidos hacia la Isla para que se revele con rasgos visiblemente grotescos, la derrota del modelo cubano, frente al abrazo eterno del Tío Sam

cuba derrotaLA HABANA, Cuba – Cuba está en época de balances. Los balances sobrevienen al final de todo. Y aquí todo se acabó. Se podría pensar que no. Ahí están los mismos que hicieron aquello, y todo parece indicar que ahí seguirán hasta el último de sus días biológicos. Una hipótesis involuntaria. Mi balance, no obstante, es que Cuba ha sido derrotada estratégicamente. Aunque no lo parezca.

Esa es la otra hipótesis aproximativa que es ya una tesis demostrable.  El proceso kafkiano que describe Cuba no tiene la más mínima posibilidad de algún otro desarrollo a partir de sus propias bases y de sus perspectivas iniciales. De eso ni hablar y ni siquiera silbar. Precisamente la destrucción de sus fundamentos y la liquidación de sus expectativas son los índices del fin de sus tiempos. Solo que no se debe confundir el fin de un sueño con el fin de unas biografías. Hay vidas que se prolongan más allá de sus historias vitales.

La derrota estratégica de Cuba es, en consecuencia, doble: fin de aquello por lo que otros murieron, ―y de lo que estos vivieron y continúan viviendo―, y fin de la ilusión estratégica.  A la muerte de esta última ilusión es a la que me quiero referir ahora; asumiendo, como asumo, que el análisis de lo que llaman Revolución Cubana está, a estas alturas, por debajo de toda crítica intelectual.

Groso modo, la ilusión estratégica de Cuba puede describirse, por un lado, como la recuperación del  ideario nacionalista, su conversión en política de Estado y su concreción en un modelo de nación y sociedad independientes, con todos sus derivados potenciales: en el modelo económico, en el proyecto cultural, en la realidad psicosocial y en el sentido de país. Por otro lado, esa ilusión fue vista, sentida y vivida como la salida de esa nación independiente a la escena mundial para convertirse en un competidor modélico, sólido y solvente frente a potencias globales. Es esta doble ilusión estratégica la que se ha hecho añicos.

Vayamos primero de fuera hacia dentro. Como sabemos, la competencia de Cuba con potencias globales tuvo un escenario mínimo en el mundo árabe   ―del que tuvo que salir con urgencia, porque el calibre allí de potencias como Israel, los Estados Unidos y los nacionalismos árabes obligaban a jugar en serio―,  y un escenario máximo en el continente africano, lugar donde la  competencia fue, digamos que difusa.

La idea puede lucir extravagante pero en África Cuba no tenía una lid fundamental con los Estados Unidos, sino con la ex Unión Soviética.  Para la época, el África de nuestras influencias estaba rematando los proyectos colonialistas de Portugal, más lejanamente de Italia en el caso de Etiopía y más tempranamente de Alemania en el caso del Congo Kinshasa . De lo que se trataba entonces era de definir una propia esfera de influencia y acción de cara a un proyecto global de socialismo tercermundista que tenía de enemigos por igual a China, a los Estados Unidos y a la ex Unión Soviética.

Esta última se embarcaría más tarde en el proyecto geoestratégico cubano por sus propios intereses, como actor principal en la Guerra Fría. Hasta ahí. Es por esa razón que la salida cubana de África no se produce después sino antes del fin de tal Guerra, cuando los nacionalismos africanos comienzan a recuperar su base histórica y a alejarse de su máscara ideológica. Porque no hubo nada más distante de la realidad que el asunto, cruento por demás, del socialismo africano.

Cuba es derrotada en África por el nacionalismo. Hubo un momento en el que, por ejemplo, las tropas cubanas se encontraron en los dos bandos de un conflicto nacionalista encendido entre Etiopía y Somalia. Si este entuerto daba la señal de lo que es la incompetencia estratégica, podríamos ir atrás, al Congo Kinshasa, para tener una idea del error conceptual de partida: África, si acaso, tenía y podía solo completar su nacionalismo frente a las ex metrópolis y frente a su propia realidad étnica.

No podía ser sumada a la tropa ideológica del socialismo ni al combate antiimperialista por las fronteras físicas y políticas del mundo. De hecho, si algún continente parece mostrar la persistencia de las viejas influencias metropolitanas es África: Gran Bretaña y sobre todo Francia tienen algo todavía que decir por aquellos lares. De modo que nada teníamos que hacer por allí sin una previa legión de antropólogos.

Angola es el caso de estudio más ejemplar. Duro como es,  en tanto toca la fibra de muchos de nuestros afectos, el caso de ese país muestra que el nacionalismo se superpuso a la prematura definición ideológica empujada por Cuba. Jonas Savimbi, el eterno guerrero contra la influencia cubana,  no está compartiendo ahora el poder en Luanda por empecinado, pero el triunfo de su apuesta es el recordatorio de que nuestros hijos, amigos, padres y hermanos murieron en vano.

El fracaso estratégico del castrismo en ese rico y vasto territorio se refleja en tres datos que nunca deberíamos olvidar: primero, la mujer más rica de Angola es hija directa de la elite revolucionaria, concretamente de Eduardo dos Santos, el actual presidente y  heredero de Agostihno Neto, padre fundador y constructor del sueño cubano-angolano; segundo, la pacificación de Angola no pudo ser aprovechada por el socialismo y el nuevo orden mundial tercermundista, sino por la Standard Oil, la Texaco y Wall Street, lo que ha hecho de Luanda la ciudad más cara del mundo, y tercero, el gobierno revolucionario de esa bella capital le pide a los cubanos que quieran viajar allí por cuenta propia la abultada billetera, para nosotros desde luego, y garantizada en un Banco, de 6 5000 dólares.

Ello invariablemente. Sin que medie consideración alguna por la sangre cubana derramada, en lo que constituye una humillación nacional que no tiene precedentes en su tipo.  Nuestra incursión africana demuestra así que de nada vale una estrategia militar más o menos valuable sin un regio sentido estratégico que en términos políticos visualice los escenarios reales y potenciales que se configuran en un determinado contexto. Hay que saber leer el mundo antes de salir a combatir en y por él.

Ese sentido estratégico en lo político nunca ha acompañado a la elite cubana en su política exterior. Si el fracaso africano se puede cubrir con la heroicidad épica de la guerra, el fracaso estratégico latinoamericano es rotundo. Sin enmascaramiento posible. Neutralizada la vía armada en todas sus variantes, la hegemonía cubana a través de la política, las urnas y la cultura no llega a modelar y a estabilizar el modelo que se ha querido imponer en el hemisferio occidental. La persistente injerencia de la isla en él ha sido perturbadora y ha influido en su élite pero no ha logrado generar un nuevo modelo de convivencia continental que garantice la legitimación estable y permanente del modelo matriz que sale de Cuba.

A la larga, el propósito de todo diseño geoestratégico, que es el de promover y proteger el modelo original a través de su expansión  ―lo que podríamos llamar una defensa política en la frontera exterior―  no se cumple a lo largo de más de 50 años, independientemente de la diversidad de tácticas aplicadas. De fracaso en fracaso, (recordemos los ejemplos de Chile, Nicaragua, El Salvador y ahora Venezuela, este último un desastre estratégico impresionante) la estrategia expansiva hacia el exterior solo ha logrado alinear al resto del mundo en una política meramente defensiva por el conflicto cultural con los Estados Unidos.

Lo que no significa la victoria estratégica de una visión política, sino el mero triunfo del derecho internacional.  Y este éxito a través del derecho internacional, no de una visión política de Estado, le abre paso, paradójicamente, a la victoria estratégica de los Estados Unidos frente al gobierno cubano. Ahora hacia dentro. Solo basta un ligero cambio en las políticas de Estados Unidos hacia Cuba para que se revele en toda su nitidez, a veces con rasgos visiblemente grotescos, la derrota estratégica del modelo cubano, para los cubanos, frente al abrazo eterno del Tío Sam.

El análisis de esta otra derrota estratégica, la más importante para nosotros como nación y como país, será objeto de otro trabajo.

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