Cuba 2019: sin uvas y sin libertad

Cuba 2019: sin uvas y sin libertad

Duele que se desangre el país, que escapen sus hijos… Así duele Cuba cada vez que termina un año, cada vez que comienza otro. ¿Hasta cuándo?

Un cubano fuma junto a una pintada con la imagen de Fidel Castro en La Habana (Foto EFE)

LA HABANA, Cuba. – El 31 de diciembre de 1958 muchos cubanos olvidaron sus deseos a la hora de masticar las doce uvas de siempre. Embelesados con el triunfo de los rebeldes que bajaban de la sierra, presumieron que, llegada la última hora de ese día no sería imperioso hacer reclamos a esas uvas. Muchos, atontados con el triunfo, no creyeron en la posibilidad de que esas podrían ser las últimas uvas de todas sus vidas. Y en esa noche de entusiasmo fueron muchos los que no consiguieron reconocer el caos que estaba por llegar.

Aquel día, el último del año, fueron numerosos los que se sintieron reparados por eso a lo que se dio el nombre de “revolución”, la misma que hizo que poco después de su llegada desaparecieran las uvas, mientras que el olivo no dio otro fruto que el uniforme verde de los que, en poco tiempo, se convirtieron en represores, acabando con todo, incluso con los deseos.

Al día siguiente, ya en enero, mientras se escuchaba discursear a Fidel Castro desde aquel balcón frente al parque Céspedes, en Santiago de Cuba, muchos reforzaron la creencia de que conocerían, finalmente, la gloria que bajaba de la sierra en los morrales de los barbudos, en sus uniformes y melenas, en los collares.

Allí anunció Fidel a los santiagueros que la ciudad sería la capital provisional de la república, y que, a partir de ese momento, “todo sería diferente”. Y lo cumplió, haciendo desaparecer hasta las uvas. Aquello a lo que Fidel Castro llamó “revolución” llegó al poder y muchos creyeron entonces que hablaba con verdades, que tenía razón al asegurar que no iba a ocurrir lo mismo que en 1898, 1933 o 1944. Y en eso tuvo buen juicio, porque todo fue peor, aunque muchísimos cubanos creyeran que iban a desaparecer de nuestra geografía, como anunciara el barbudo de Birán, “los ladrones, los traidores y los intervencionistas”, pero muy pronto se dejaron ver muchos rusos y ladrones, y se inventaron traidores que fueron pasados, de inmediato y sin juicios, por las armas.

Cuando este 31 de diciembre, aunque sea sin uvas, los cubanos ensarten unos tras otros sus deseos, esa “revolución” estará a punto de cumplir sesenta años; y desde las puertas de muchas casas cubanas, desde los balcones, serán lanzados muchísimos reclamos, y fluirá el agua en las calles a pesar de su escasez. Este 31 de diciembre serán muchos los que se empeñen en hacer evidentes sus aspiraciones, y tras las descargas de agua no serán pocos los que salgan a la calle arrastrando una maleta con la que “darán la vuelta a la manzana” muchas veces.

Y es que sesenta años, que son demasiados, hicieron cambiar el rumbo a nuestros deseos; y liar los bártulos para hacer el viaje se convirtió en lo más socorrido, en la única manera de procurar esa especie de “perfección” con la que desde siempre soñó el hombre que huye de las tristezas, sin que apareciera otra fecha de regreso que la del fin de la dictadura. Es triste que sean tantos los cubanos que vean en el viaje la única posibilidad de salvación. Es horrible mirar un país desangrado por la migración.

Hace unos días miré a una mujer, desquiciada en apariencia, que aseguraba que ese redondel en el que confluyen las avenidas de Rancho Boyeros, la de 26 y Vía Blanca, sería suyo alguna vez, y que allí levantaría su casa, y que en el centro de su mansión estaría el “bidé de Paulina”. Ella quería toda esa rotonda para ella. Según supe luego, la mujer vive en “Puentes grandes”, en una barraca a punto de desplomarse, pero no encuentra otra solución que no esté ligada al delirio, a lo imposible. Sin dudas hay una distancia enorme entre los deseos y la razón.

Esa vieja y achacosa “revolución” de Fidel Castro, que ya cumplirá sesenta años, no consiguió la virtud, porque los cubanos no conquistaron antes la felicidad, esa que llega con una casa digna, con la defensa y el respeto a cada uno de los deseos. Y al deseo, ese que no se debe limitar, debe seguirlo la conquista. Creo firmemente en la bondad de los deseos, incluso en esos que Yania, mi vecina de apenas veinte años, privilegia por encima de todo. Ella sueña con calzar zapatos Prada y colgarse del hombro una cartera Louis Vuitton. Ella quiere usar “Lancome” y oler alguna fragancia de Armani en el cuello de su novio, y eso no es malo, aunque la “revolución” no lo tenga como bueno.

Y no será esta la última vez que cite esa frase de Balzac que asegura que “las revoluciones se debaten entre la seda y el trapo”, porque es cierta esa sentencia del francés. ¿Y por qué será que se debaten? Está claro que rivalizan porque nada le interesa más al poder comunista que perpetuarse, aún a costa de la infelicidad de sus subordinados, esos que no encuentran mejor opción que la escapada. Y esta noche veré desde mi balcón a muchos haciendo, tristemente, un viaje que cubra toda la “manzana”, un viaje que sea el augurio de uno más largo, más real, y eso duele. Duele que se desangre el país, que escapen sus hijos, en lugar de decir no a represiones y constituciones tiránicas. Así duele Cuba cada vez que termina un año, cada vez que comienza otro. ¿Hasta cuándo?

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