El hambre no hace pausas

En una Cuba marcada por la escasez, el hambre deja de ser una cifra o una abstracción.
Hambre en Cuba
(Ilustración generada con IA especialmente para este texto)

LA HABANA, Cuba ― Tengo una amiga muy ocurrente y con una gracia enorme. Mi amiga suele mirarme fijamente a los ojos, sobre todo si antes ha descubierto que ando triste, compungido y pesaroso. Ella reconoce al dedillo mis pesares, y se contonea como si fuera ella misma aquella pavita pechugona de la canción infantil que escucháramos durante nuestras más tiernas infancias.

Para sufrir hay que alimentarse bien, incluso requetebién, porque los pesares del alma suelen matar a quienes los sufrimos, y nosotros somos, eso creo yo, un muy triste moridero. Lo que dice mi amiga parece irrebatible, y quizá por eso yo la miro, y acepto alguno de esos ofrecimientos que pone a descansar sobre esa mesa que invita.

Y los sufrimientos suelen crecer mucho, al menos en este país, y sobre la mesa. No hay tarde en la que no se enojen los cubanos. No hay tarde en la que no suframos, sobre todo cuando irrumpen esos fantasmas, esos espíritus que atribulan y desorbitan a los muchísimos hambrientos que en nuestras calles pululan.

Para sufrir hay que alimentarse bien. No podemos andar tristes y a la vez hambrientos. El hambre mata y mata. El hambre tiene metas; el hambre reconoce muy bien al más hambreado y lo sonsaca, le hace guiños, y taconea, y hasta se abre en dos la cachemira. El hambre no conoce la piedad. El hambre no hace pausas; ella insiste, insiste, y no revoca.

Yo vi ayer a un hombre llorando desesperado y sin dar pausas a tanta desesperanza. Yo vi a un hombre llorar, pedir comida, pedir algo de dinero para comer. Él no buscaba un plato colosal, él solo soñaba con alguna cosa que llevar a su boca para que cayera rotunda en el estómago estragado. Él no pensó en manjares, no en esos que yo he conocido en los libros de cocina que leí ayer, hoy, y que de seguro leeré mañana.

El hambre es cosa seria, y yo he visto en mi país cómo desfallece el malcomido. Yo miré ayer a un hombre que lloraba sin consuelo, y le di lo poco que tenía, y lloré con él, y con él me senté en el contén del barrio, y lloramos juntos. Él dijo gracias y lloramos juntos otra vez. Él estaba peor que yo, casi caquéctico. Yo miré las órbitas de esos que querían salirse, que querían secarse.

¡Ay del país que es triste y está hambreado! Pobrecillos nosotros los que ya damos la apariencia de ser facinerosos, la apariencia de los que van a morir por hambre. Yo miro mis clavículas frente al espejo. ¡Ay, qué despojo, qué desparpajo, qué paradoja! Y yo aquí tratando de escribir, de describir lo que pasa en mi país que fuera tan amado, que alguna vez nos pareció próspero.

Yo sufro, tú sufres, nosotros sufrimos, lloramos, y no falta el que pataletea sin consuelo y mira allá, en lontananza, porque quiere soñar, encontrar un sitio que, aunque sea ajeno, lo acoja un poco. Pobre país de tantos que se deshace en las aguas, que se deshace en lejanías múltiples. Pobre país que tiene hambre porque unos hombres se lo robaron todo y nos dejaron hambreados, y aunque parezca cursi, con las almas rotas destrozadas. 

¿Para sufrir hay que alimentarse bien? Quizá baste con estar en Cuba.

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