LA HABANA, Cuba — Con frecuencia algunos economistas se oponen a los tratados de libre comercio o a las relaciones muy estrechas entre una nación industrializada y un país subdesarrollado. No ven con buenos ojos que estos últimos se dediquen a la producción y exportación de materias primas y productos primarios, mientras que abren sus economías a la entrada masiva de productos terminados procedentes de su contraparte desarrollada.
En esos casos, los especialistas suelen afirmar que las economías de esos países presentan una deformación estructural.
Es cierto que en situaciones como esas se afectan muchas producciones de los países subdesarrollados, cuyas industrias incipientes a menudo pudieran sucumbir ante la competencia de mercancías procedentes de economías más productivas, que pueden llegar con precios más bajos o mayor calidad.
Sin embargo, no todo es malo para las sociedades de los países menos adelantados. Los consumidores, por ejemplo, tienen las de ganar ante la mayor variedad de productos terminados que se pone a su alcance, lo que puede aliviar algunos de los problemas asociados a la escasez.
Por el contrario, hay países subdesarrollados que, por diferentes razones, limitan sus vínculos comerciales con economías más desarrolladas o aplican políticas de sustitución de importaciones. Estas buscan producir internamente bienes antes adquiridos en el exterior y no conducen necesariamente a la autarquía. Sin embargo, cuando se combinan con fuertes restricciones a las importaciones y con una asignación de recursos que privilegia determinados sectores productivos, pueden reducir la variedad de bienes de consumo disponibles.
En esas circunstancias, puede disminuir la presencia de bienes de consumo en los establecimientos comerciales. Si la oferta resulta insuficiente, pueden aparecer colas, presiones inflacionarias, controles de precios o sistemas de racionamiento destinados a distribuir los productos disponibles.
Pero esa anomalía rara vez viene sola. En situaciones de escasez pueden expandirse el mercado negro o la economía subterránea. Cuando los precios oficiales se mantienen por debajo de los niveles a los que existe oferta suficiente, aparecen incentivos para desviar productos hacia canales clandestinos, donde los consumidores terminan pagando precios superiores a los oficiales.
En la literatura sobre la antigua Unión Soviética se empleó también el concepto de “segunda economía”, más amplio que el de mercado negro, pues incluía actividades privadas tanto legales como ilegales. Parte de esa economía paralela podía sustraer recursos del sector oficial y favorecer prácticas de corrupción y otros delitos económicos.
Durante los períodos de Brézhnev, Andrópov y Chernenko, Roger Keeran y Thomas Kenny sostienen que el crecimiento de la llamada segunda economía soviética agravó la escasez, estimuló los delitos económicos e interfirió con la actividad legal (Socialismo traicionado, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2015).
Algunas de estas dinámicas pueden observarse hoy en la economía cubana, sumida en una grave y prolongada escasez que afecta a la población. Aquí es muy común conseguir “por la izquierda” muchos de los productos que faltan en los canales oficiales. El mercado informal ha adquirido un peso considerable en la vida cotidiana, aunque su dimensión frente al mercado oficial resulta difícil de cuantificar.
La política económica obliga constantemente a escoger entre alternativas que generan costos y beneficios distintos. Es cierto que la apertura de los mercados a los productos de los países desarrollados pudiera afectar las producciones nacionales de los países receptores. Pero también vale la pena intentar beneficiar a los consumidores con más productos y de mayor calidad.









