La educación en Cuba y un político varado en el tiempo

La educación en Cuba y un político varado en el tiempo

Sesenta y un años acaba de cumplir el experimento antillano y Sanders debe remontarse a 1961 para rescatar algo de virtud

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(Collage/CubaNet)

LA HABANA, Cuba. – Hace unos días, mientras caminaba por la Habana Vieja, se me cruzaron tres adolescentes vestidas con uniformes de secundaria básica. Aparentemente acababan de salir de la escuela y venían hablando, con tono enojón, no de chismes inofensivos ni salidas de fin de semana, sino del “descaro” del profesor que no cobró la misma suma a todos los estudiantes que compraron el examen.

“A mí Fulanito  (un nombre que no puedo recordar) me dijo que solo le pidió 3 CUC, pero a mí me cobró 5 y a otras chiquitas de mi aula también”, se quejaba una de las muchachitas, visiblemente molesta y quizás preocupada, pues la compra del examen no necesariamente garantiza una calificación elevada. Las tres conversaban tan alto y con tanta naturalidad que me dio por pasarles delante y voltearme para mirarlas. Quería que me vieran y comprendieran por la expresión de mi rostro que lo que hablaban era inaceptable, que habían cometido fraude y estaban siendo extorsionadas por un delincuente disfrazado de profesor.

De verdad esperaba ver en sus caras casi infantiles algo parecido a la vergüenza cuando notaran que yo las había escuchado. Pero en lugar de eso me miraron desafiantes, como si su charla no debiera importarme lo más mínimo y pasaron por mi lado diciendo pestes del maestro; todo ello sin el menor recato, porque estas prácticas corruptas han alcanzado un punto de no retorno, implicando a estudiantes, padres, directivos, docentes y hasta personal de limpieza.

Se ha hablado mucho sobre el fraude en todos los niveles de enseñanza en Cuba. Profesores han sido expulsados y separados definitivamente de sus plazas. Algunos han cumplido prisión, mientras los padres cuya participación en el delito se ha podido comprobar, han sido multados. Incluso la telenovela cubana de turno ha elegido como trama central la corrupción en las escuelas y la crisis de valores, enfrentadas a costa de un gran sacrificio personal por un quijotesco profesor de Historia que cada día, ante sus estudiantes, literalmente se esfuerza al máximo por resucitar un muerto.

Tanto se ha hablado de este irremediable asunto, que me propuse olvidar la conversación de las tres adolescentes de secundaria. Pero justo apareció Bernie Sanders con sus alabanzas a la campaña de alfabetización promovida por Fidel Castro, y otra vez volví a pensar no solo en las niñas cómplices de fraude y su desvergonzado maestro; sino en mi propia experiencia educativa en las escuelas de Cuba socialista.

Numerosos ataques ha recibido Bernie Sanders luego de sus declaraciones. Para nadie es un secreto su apoyo al socialismo, ni su velada admiración por Fidel Castro. Sin embargo, el mayor problema de Sanders es haberse quedado varado en el tiempo, al menos en lo que a Cuba concierne. Si para alabar el socialismo cubano solo puede recurrir a un hecho  verificado hace más de medio siglo, el senador de Vermont ha caído en su propia trampa.

Sesenta y un años acaba de cumplir el experimento antillano y Sanders debe remontarse a 1961 para rescatar algo de virtud. Me habría encantado que escuchara a esas cuasi niñas expresarse como lo hacían, defendiendo su derecho a cometer fraude sin inmutarse ni cuestionarse siquiera el daño que se auto infligen labrando despreocupadamente su camino a la ignorancia.

Bernie Sanders desconoce u omite lo mucho que se ha perdido en Cuba desde los años sesenta, cuando la revolución hipnotizó al mundo entero y él mismo tenía apenas veinte años en una sociedad que abría los ojos a la lucha por los derechos civiles de los afronorteamericanos, las protestas masivas contra la guerra de Vietnam, la meliflua irreverencia de los hippies y la revolución sexual. Sanders conserva la visión del proyecto socialista en su instante prístino, de puro romanticismo, justo antes de que llegaran las UMAP, el caso Padilla, el Quinquenio Gris, la cacería de brujas a lo cubano y los éxodos mortales.

Su delirante izquierdismo pareciera querer conservar unos pocos highlights y hacer borrón y cuenta nueva sobre una densa acumulación de sombras. Sanders reconoce la existencia de un totalitarismo con el cual dice no estar de acuerdo; pero no habla de la corrupción intrínseca de un sistema que ha terminado por poner en peligro hasta los dos pilares que le han servido para sostenerse, cada vez más precariamente, ante el mundo libre.

Educación, si bien adoctrinada, recibí yo en mis años de escuela primaria. No tuve profesoras normalistas; pero las que tuve me enseñaron bien a pesar del Período Especial, del hambre, las necesidades, las pérdidas. Mis maestras de entonces no flaquearon jamás en sus principios éticos, aunque adelgazaron visiblemente como casi todos los cubanos, comiendo lo que había, cuando había; sin que sus penurias, multiplicadas en miles de docentes, despertaran un asomo de compasión en Fidel Castro.

Desde entonces algo se ha ido descomponiendo lenta e inexorablemente. Hoy son incontables los profesores que se dejan sobornar por 5 CUC, una botella de ron, una olla eléctrica o un par de zapatos comprados en algún chiringuito en Panamá. La miseria consustancial al socialismo terminó sepultando ese logro que tanto admira Bernie Sanders, para dolor y vergüenza de quienes no nos hemos endurecido lo suficiente como para tragar, sin morir, el extracto letal en que se ha convertido nuestra condición de cubanos.

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Acerca del Autor

Ana León

Ana León

Anay Remón García. La Habana, 1983. Graduada de Historia del Arte por la Universidad de La Habana. Durante cuatro años fue profesora en la Facultad de Artes y Letras. Trabajó como gestora cultural en dos ediciones consecutivas del Premio Casa Víctor Hugo de la Oficina del Historiador de La Habana. Ha publicado ensayos en las revistas especializadas Temas, Clave y Arte Cubano. Desde 2015 escribe para Cubanet bajo el pseudónimo de Ana Léon.

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