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Domingo, 10 de diciembre 2017

¿Quiere el pueblo cubano un cambio real?

¿Hay en las calles descontento suficiente para constituirse en una fuerza política?

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Protesta masiva en La Habana, 13 de septiembre de 2017 (foto Liu Santiesteban/Facebook)

LA HABANA, Cuba.- Un par de revueltas reclamando agua y electricidad tras el paso de un ciclón pudieran desembocar en un verdadero movimiento popular de protesta política, sin embargo, al parecer no ha sido así.

Restablecidos los servicios básicos, la mayoría de los indignados ha regresado a los hogares sin pensar en lo que pudieron haber sido como grupo de presión o en que tal vez hubieran podido lograr algo más que calmar la sed y encender los ventiladores.

Alguno de los participantes de las protestas, que incluso condujeron a una verdadera militarización de las calles de La Habana, han expresado a nuestro medio de prensa, de manera muy confidencial, que, aunque no son seguidores del gobierno y que les gustaría un cambio político moderado, solo perseguían conseguir lo que en menos de 24 horas obtuvieron, es decir, energía para ver el paquete semanal y conservar alimentos en el refrigerador.

Al igual que aquellos que hace unos meses protestaron frente a la embajada de Ecuador al restablecerse el sistema de visados para cubanos como respuesta a la crisis migratoria, estos otros solo se trazaron una meta muy “personal”, por no decir egoísta, lo cual no constituye un reproche de nuestra parte sino una observación de lo que realmente ha sucedido.

Lo efímero y lo mundano de estos “movimientos” pudieran proyectar hacia el exterior una imagen no realista sobre lo que sucede o pudiera suceder en el futuro inmediato, basada en las muestras de descontento popular cada vez más frecuentes pero demasiado breves para constituirse en fuerza popular por diversos motivos.

Ni los de la embajada del Ecuador ni los indignados de Irma, aunque son prueba de una pérdida del temor y un enfrentamiento a la represión, formarán de inmediato una coalición que dé al traste con el sistema político imperante en la isla.

Primero porque están descabezados y, segundo, porque no les interesan aquellos cambios en profundidad reclamados por la oposición tradicional cuyas acciones, sin respaldo ni influencia efectiva en el panorama económico interno, también suceden dentro de una camisa de fuerza diseñada, colocada y anudada por el propio gobierno.

¿Hay en las calles descontento  suficiente para constituirse en una fuerza política? La respuesta es sí. Con solo echar una mirada a los reclamos por una “mejor vida” que algunos colocan en los muros de los barrios marginales, se percibe que la olla nacional burbujea, aunque no lo suficiente para que digamos que la sopa está a punto.

La represión contra aquellas figuras visibles que usan los muros para criticar o “calentar” la situación ha ido en aumento. Se ha desatado una verdadera cacería contra aquellos que son calificados como “vándalos” tan solo por dibujar o escribir en los muros algo diferente a la propaganda oficialista.

Sin embargo, esos no son ni los enfurecidos de la embajada del Ecuador, ni los reclamantes de agua y luz, ni los choferes de almendrones y bicitaxis. Comprendamos la diferencia.

En las antípodas de estos, que apenas reclaman una “versión mejorada” del sistema político actual, debido a que sus modos de vida, o sus ideas sobre alcanzar un mejor modo de vida, dependen de la prolongación indefinida, posiblemente infinita, de una realidad económica maltrecha, se encuentran aquellos otros que no tienen suficiente dinero ni para agenciarse un pasaporte y una visa, mucho menos para rentarle el apartamento o la piscina a un extranjero.

Para estos, los reclamos, bien radicales, no se limitan a obtener luz, agua, gasolina a mejor precio, permiso de circulación y una aplicación para una visa que le permita vacacionar o contrabandear. Para estos la cosa va en serio y sus demandas incluyen que desaparezca incluso ese estado de confort “dentro del sistema” que pretenden aquellos otros que, para nada, son sus iguales. No los echemos en el mismo saco. Pertenecen a bandos diferentes, con metas muy desiguales.

Los reclamos dejan ver el creciente descontento popular (foto del autor)

“Mejor vida” y “cambio” no fueron términos protagónicos en las protestas callejeras generadas tras el paso de Irma, donde solo se le exigía al gobierno una versión a color de una película que fue filmada en blanco y negro.

Tal irreverencia preocupa a un régimen que no tolera la espontaneidad, no obstante, y aunque parezca extraño, le satisface comprender que son tan solo una masa agitada y sin líderes que se conforma con demasiado poco. Lo que les preocupa del caos no el caos en sí, sino el lugar que ocupan, de manera individual, en él. Una posición que solo es peligrosa si se pierde el control, y el gobierno sabe que lo tiene, siempre y cuando solo se trate de ofrecer agua y luz.

Lo preocupante para quienes, con gran temor a las reformas, pretenden prolongarse en el gobierno hasta más allá del nada lejano año 2030, es aquello otro que aún no termina de cuajar en un cuerpo ni en un movimiento visibles y que está conformado por quienes, dentro y fuera del gobierno, saben que no se trata de que el juego pase a otro nivel ni que el socialismo criollo se convierta en una versión 3.0, sino de apoderarse poco a poco, de modo discreto, de la consola en su totalidad y comenzar de cero.

No hay capacidad de respuesta para esos “fantasmas” no solo porque no hay modo de mejorarles la vida, lo saben, sino porque no hay una fórmula efectiva para reprimirlos. Pudiera equivocarme en los vaticinios pero los cambios en Cuba solo provendrán de ahí.

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Acerca del Autor

Ernesto Pérez Chang
Ernesto Pérez Chang

Ernesto Pérez Chang (El Cerro, La Habana, 15 de junio de 1971). Escritor. Licenciado en Filología por la Universidad de La Habana. Cursó estudios de Lengua y Cultura Gallegas en la Universidad de Santiago de Compostela. Ha publicado las novelas: Tus ojos frente a la nada están (2006) y Alicia bajo su propia sombra (2012). Es autor, además, de los libros de relatos: Últimas fotos de mamá desnuda (2000); Los fantasmas de Sade (2002); Historias de seda (2003); Variaciones para ágrafos (2007), El arte de morir a solas (2011) y Cien cuentos letales (2014). Su obra narrativa ha sido reconocida con los premios: David de Cuento, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), en 1999; Premio de Cuento de La Gaceta de Cuba, en dos ocasiones, 1998 y 2008; Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar, en su primera convocatoria en 2002; Premio Nacional de la Crítica, en 2007; Premio Alejo Carpentier de Cuento 2011, entre otros. Ha trabajado como editor para numerosas instituciones culturales cubanas como la Casa de las Américas (1997-2008), Editorial Arte y Literatura, el Centro de Investigaciones y Desarrollo de la Música Cubana. Fue Jefe de Redacción de la revista Unión (2008-2011).

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