Plebiscitos y elecciones en Cuba: entre lo ilusorio y lo posible

Plebiscitos y elecciones en Cuba: entre lo ilusorio y lo posible

Cuba languidece mientras algunos andan por ahí, medrando en su nombre y contemplándose el ombligo

(Foto tomada de Internet)

WEST PALM BEACH, Estados Unidos.- Transcurrido más de un año desde la muerte de Castro I, y apenas transcurridas algunas semanas desde “el retiro” simbólico de Castro II de su cargo al frente del gobierno cubano, los únicos cambios contrastables dentro de la Cuba de hoy son el acelerado e indetenible deterioro de las condiciones de vida de la población, el aumento de las carencias materiales, el creciente desabastecimiento de los mercados y el incremento de la represión.

Todo esto enmarcado en una realidad política y económica sumamente confusa, donde las máximas autoridades del país anuncian a la vez, en una reforma constitucional –bajo el supuesto de adecuar el marco jurídico a las “reformas” introducidas por el gobierno del general Raúl Castro–, una situación económica y financiera “muy, muy tensa” para el segundo semestre del año 2018. Más pobreza en el horizonte cubano, mientras crecen también el descontento y la desesperanza en una sociedad sumida en un eterno estado de supervivencia, y asfixiada por la acumulación de viejos y nuevos problemas, nunca superados.

En medio de semejante panorama, resulta perfectamente comprensible que se extienda la apatía política entre un pueblo que cada vez toma mayor distancia de la elite del Poder. Una apatía viral, epidémica, que sigue sembrando la incredulidad en la población, y que debiera ser el caldo de cultivo apropiado para el avance de propuestas de la oposición, pero que –lamentablemente– se está proyectando en gran medida también hacia los llamados líderes opositores y sus proyectos.

Es así que, paradójicamente, el ensanchamiento de la brecha entre gobierno y gobernados no se está traduciendo a nivel sociopolítico en un acercamiento proporcional de esos gobernados a los diferentes proyectos opositores.

Cierto que no se puede atribuir a la oposición –al menos no de manera absoluta– toda la responsabilidad por esto. El fracaso de numerosas propuestas a lo largo de décadas y el atasco de los proyectos opositores actuales se relaciona, más que con la índole de las legítimas reivindicaciones que reclaman éstos, con la represión y el acoso que sufren los activistas, con la carencia de espacios donde expresarse libremente, con la indefensión y el acoso que padecen quienes discrepan con el gobierno en un país donde no existe libertad de asociación (ni ninguna otra libertad civil), y con la colosal campaña que se les aplica desde el monopolio de prensa oficial que los difama y los demoniza, sembrando simultáneamente el temor y la desconfianza social hacia todo lo que signifique enfrentamiento al poder totalitario del castrismo.

Sin embargo, tampoco la oposición es inmune a los males que aquejan a la sociedad cubana. Y no podría serlo, puesto que es fruto de la misma realidad. Eso explica que decenas de propuestas se hayan malogrado por la combinación de las adversidades antes mencionadas, pero también por otros males no atribuibles al poder dictatorial, como son las frecuentes fracturas internas entre partidos y movimientos opositores que casi siempre implican enfrentamientos y descalificaciones mutuas, los desmedidos personalismos de no pocos líderes, el carácter sectario y muchas veces excluyente de algunos proyectos, la ausencia de consensos y estrategias comunes, así como por la incapacidad de articular programas verdaderamente realistas, entre otras limitaciones.

La suma de todas estas calamidades y la incuestionable insuficiencia de base social, hacen de la oposición cubana un sector marginal dentro de Cuba, que se mueve en paralelo sin lograr penetrar con propuestas viables y efectivas a una masa crítica que, eventualmente, genere la fuerza suficiente para plantar cara al gobierno e inicie –¡al fin!– una transición democrática. Esta es, esencialmente, la mayor debilidad de las propuestas opositoras.

Mirémoslo desde la perspectiva actual. Basta asomarse a las redes sociales para constatar una constante ebullición mediática anticastrista, un aluvión de activistas –casi exclusivamente desde el exterior de Cuba–, y una reyerta permanente entre un proyecto y otro, un liderazgo y otro, sin provecho absolutamente para nadie.

Así vemos discurrir en el universo virtual (y solo en él) plebiscitos irrealizables, “elecciones” de fábula y alucinantes llamamientos a manifestaciones o a sublevaciones callejeras para “tumbar la dictadura” que –bien lo sabemos todos los que palpamos el ritmo diario dentro de la Isla– no se van a producir más que en la imaginación de algunos jacobinos de estos tiempos.

Proyectos éstos que, en principio, serían perfectamente válidos si llegaran junto a un manual de instrucciones que indicara a “las masas” cómo hacerlos posible. Porque, en buena lid, un plebiscito en Cuba no resolvería nada salvo “demostrar” la mala índole que todos conocemos de la dictadura, que abortará toda tentativa de realizarla. Unas “elecciones” no serían posibles sin la existencia de partidos políticos, sin libertad de expresión, de comunicación y de prensa, sin la existencia de instituciones que certifiquen la transparencia y legitimidad del proceso y sin las debidas garantías jurídicas. Esto, para no considerar siquiera los catastróficos resultados de un levantamiento popular en las calles.

Tampoco vale ninguna propuesta, sea un pacífico plebiscito o un violento asalto al poder desde las calles, si no existe un plan maestro para “el día después”. ¿Cómo establecer los cambios a partir de un suceso (y no de un proceso), en especial tratándose de una sociedad tan crispada y tan desprovista de cultura cívica? ¿Cómo se evitarán los violentos ajustes de cuentas, cómo se garantizará la justicia, cómo se controlarán los excesos propios de una polarización social alimentada desde el poder durante décadas?

Pero hagamos abstracción de la realidad que tanto conocemos y démosle a estos proyectos el beneficio de la duda. Imaginemos que se puede realizar un plebiscito y que éste demuestre (como mínimo) que hay un importante segmento de la sociedad que aspira a una mayor participación política y que reclama pluripartidismo y otras libertades tales como la de expresión, de información, de prensa, derechos económicos, etc. ¿Cómo podríamos asegurarnos de que la dictadura respete los resultados de las urnas y abra los espacios reclamados por ese segmento, cuando la realidad de sus acciones demuestra lo contrario?

Si esto supone un reto, podemos imaginar lo que supondría convocar a elecciones en una nación que no ha tenido un gobierno democráticamente electo en las urnas desde 1948 y donde en los últimos 60 años no se ha permitido la existencia de un partido político o de un verdadero debate público sobre cualquier asunto de interés común. ¿Acaso están preparados los cubanos de la Isla (incluso, una buena parte de la emigración) para enfrentar la responsabilidad del más decisivo ejercicio del derecho ciudadano? No lo creo.

En cuanto a tomar por asalto el poder, da miedo pensar en la crisis humana que traería la violencia desatada en las calles, el descontrol social, las consecuencias de desatar la bestia. ¿Quién asumiría las consecuencias y cómo nos recuperaríamos de tamaña y tan definitiva fractura? ¿Quién se salvaría de esa nueva Revolución de Haití?

Muchos lectores asumirán este análisis como demasiado pesimista o derrotista. No faltarán quienes me acusen de divisionista o hasta me endilguen peores epítetos. Sin embargo, la situación de Cuba y los cubanos es tan desesperada y urgente que no deberíamos seguir empleando tiempo y balas en enfrentarnos unos y otros sino concibiendo soluciones para una salida posible. Tal es la tarea de los partidos de oposición, por si no se habían dado cuenta: proponer alternativas y una ruta para alcanzarlas.

Debo aclarar, por último, que no considero totalmente desacertadas, sino solo incompletas, las propuestas de plebiscitos y (eventualmente) elecciones en Cuba. Todos los esfuerzos tienen el valor de romper la inercia, promover la acción. Pero es preciso abandonar de una vez las ansias de protagonismos personales y encontrar en el menor plazo una o varias soluciones factibles para superar la pesadilla castrista. Ahora mismo no es tan importante el “quién”, sino el “qué” y especialmente el “cómo”. Cuba languidece mientras algunos andan por ahí, medrando en su nombre y contemplándose el ombligo.

O quién sabe. Tal vez exista ya una solución debidamente pensada y estratégicamente realizable, como me dice siempre un viejo amigo, momentáneamente engavetada en el buró de algún buen cubano que espera el momento oportuno para sacarla a la luz. O quizás suceda el milagro y finalmente se conjuguen las voluntades de muchos cubanos de todas partes para fabricar la luz y abrir el camino. Solo este pensamiento me revela como lo que soy: una optimista sin remedio.

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