“No vine buscando el sueño americano, salí huyendo de la pesadilla cubana”

“No vine buscando el sueño americano, salí huyendo de la pesadilla cubana”

Conversamos con el reconocido cineasta y teatrista cubano Juan Carlos Cremata

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Juan Carlos Cremata en Tampa (foto cortesía del entrevistado)

LA HABANA, Cuba. – ¿Quién no sufrió en Cuba los rigores de la despedida? ¿Quién no subió a la balsa o al avión dejando mucho atrás? Los cubanos muy bien conocemos del exilio, y nuestras escapadas cumplieron ya muchas centurias. Desde que fuimos “descubiertos” por los españoles la huida se hizo habitual. Los cubanos intentamos escabullirnos desde que el descubridor se hincó de rodillas en nuestro suelo y a pesar de que, como él mismo asegurara, “Esta es la tierra más hermosa que ojos humanos hayan visto”. Y yo, que alguna vez tuve cierta vocación por el exilio y me quedé, tuve que despedir, y  extrañé a muchos entrañables. Hace tres años se fue otro amigo a quien no le quedó otro remedio que decidir su partida.

Juan Carlos Cremata Malberti debió chillar muchas veces, tras la puesta de “El rey se muere”, como aquel personaje de su película “Nada” que interpretara Thais Valdés. Como su personaje debió gritar: “Me quiero irrrrrrrrrrrrr”. Y se fue. Se marchó un 15 de abril, hace ya tres años. Por eso quise entrevistarlo, una vez más. Y esta fue, de todas, la más difícil. Ahora que estamos “lejos”, y no podemos conversar en el banco de un parque, en mi casa o en la suya, usamos el correo electrónico.

Desde La Habana envié cada pregunta y esperé en ella su respuesta. Él, algo más díscolo, y quizá más ocupado, respondió cuando pudo. Y de esa “conversación” electrónica, que alcanzó más de treinta páginas, quedaron estas. Y no me resultó extraño que, mientras armáramos esta “rara” conversación, estuve recordando con insistencia un verso de Luis Cernuda: “y ser de aquella tierra lo pagas con no serlo”. Eso escribió el poeta español sin pensar en los tantos cubanos que dejaron de serlo cuando decidieron para ellos el exilio o cuando fueron obligados a vivirlo. Por mi buen amigo Juan Carlos, y con él, preparé esta entrevista en la que se verán representados cientos de miles de cubanos que fueron a vivir lejos, tras la llegada al poder de unos rebeldes que pronto hicieron saber que aquí no había espacio para los que se atrevieran a disentir. Por ese amigo que no estuvo con su madre mientras moría, por el que no ha dado, en tres años, un abrazo a su hija, y por los tantos que tienen historias semejantes, tuvimos esta conversación.

— Ya pasaron tres años desde aquel 15 de abril de 2016 en el que subiste las escalerillas de un avión que te llevó a los Estados Unidos. ¿Qué motivó el viaje?  

— Viajé a Estados Unidos respondiendo a una invitación del Pen Club de Nueva York, ese que preside Paul Auster, para participar en el “Voice World Festival”. También me habían convidado a impartir conferencias en las universidades de Connecticut, Yale, la Florida, y el New York City College; todas interesadas en que hablara de mi carrera, y las terribles consecuencias que me hizo vivir la censura cubana.

— ¿Y mientras volabas ya estabas decidido a acogerte a la Ley de Ajuste Cubano?

— Sí, en ese momento, y también cuando hacia las maletas, ya había reconocido que no existía mejor opción. Estuve más que convencido cuando entregué mi pasaporte en la aduana y me acogí a la Ley de Ajuste Cubano. Ese instante fue solo un clímax, un pivote, un giro de tuerca. Cargué con el peso de todo lo que me había ocurrido en la isla, con ese peso subí al avión, con el bajé en el aeropuerto de Tampa.

— Y hacer un viaje sin fijar el retorno no te pareció “tremendamente serio”.

— Sí, muy serio, pero serias fueron también las circunstancias de mi vida cubana. Nunca le gusté al poder, ni siquiera en aquellos días en los que me gradué en la Escuela internacional de cine y televisión con “Oscuros rinocerontes enjaulados”, que hoy está en los archivos del Museo de Arte Moderno de Nueva York. Serio fue retornar a la isla después de pasar todo un año sabático, también en Nueva York, con el que me premió la fundación John Simon Guggenheim. Transcurridos los trescientos sesenta y cinco días de ese año volví, y todavía recuerdo las caras asombradas de quienes constataban mi regreso, quienes sin recato alguno preguntaron las razones del retorno. Volví porque me dio la gana, porque pretendía hacer una obra en Cuba, y la hice, a pesar de los tropiezos y la censura. ¿Te parece normal un país donde el regreso resulta tan raro?

— No es normal, es sintomático, visibiliza la intención de la mayoría, incluidos los que regentan. Es innegable que ese desconcierto asiste a muchos cubanos, que cada vez son más los que convierten al exilio en patria…

— Yo regresé para trabajar. Hice “Nada”, donde Carla Pérez, el personaje que interpretó Thais Valdés, grita bien alto: “Me quiero irrrrrrrrrrr”, y ese grito visibilizó el deseo de muchos, y quizá regresé para hacer evidente ese grito, para defenderlo. “Nada” fue considerada por el jurado como la mejor Opera Prima en el Festival internacional de cine de La Habana, y luego se estrenó en Cannes, durante la Quinzaine des Realisateurs, a donde Cuba no iba desde la “Lucía” de Humberto Solás. Allí se miró el grito.

— Y ese grito no lo perdonaron, pero en Cuba se sucedieron esos chillidos desesperados, y el deseo de marcharse de la isla tuvo más adeptos.

— Y también las escapadas…, pero mientras crecía esa vocación por el exilio, ellos me impedían hacer “Candela”, un musical en coproducción con Francia. Cuando decidí hacer “Viva Cuba”, el Partido Comunista en la provincia, comandado por Esteban Lazo, se opuso a su filmación, alegando que en Cuba no se perdía ningún niño, pero cuando ganó el Grand Prix Ecrans Junior, en Francia, creyeron que les serviría, incluso para el turismo y la propaganda oficial. Fue entonces cuando la distribuyeron por todas las embajadas y la proyectaron en un sinfín de eventos oficiales.

— Luego vino Chamaco.

— Sí, y fue otra ofensa que no perdonaron, sobre todo porque se estrenó, simultáneamente, en La Habana y en Miami, y porque hacía visible la prostitución masculina y la corrupción policial.

— Y peor si ya sabían que de las filas de la policía también se había nutrido ese gran ejército cubano de prostitutos.

— Resultó difícil que la estrenaran en La Habana. Fuera de la capital solo se vio en Cienfuegos, en un evento oficial.

— A pesar de todo lo que me dices, creo que “los tragos más amargos” fueron en el teatro.

— ¡Sin dudas! El teatro me trajo muchas satisfacciones pero también fue quien le dio la posibilidad al gobierno, de convertirme en un “cero a la izquierda”. A la puesta de “Las viejas putas” la consideraron “sucia”, y encargaron a la prensa que “incendiara” con su crítica la puesta de “El frigidaire”. “El malentendido”, de Camus, no corrió mejor suerte, aunque la sala se repletara en cada función. Nunca me perdonaron que mostrara tanta suciedad en “La hijastra”, y mucho menos que la historia fluyera en un enorme basurero. “Cloaca” también fue atacada. Y “El rey se muere” le puso la tapa al pomo. Allí vieron la muerte del “comandante”, y mandaron a parar, y cerraron mi grupo, y se sucedieron las diatribas…, uno de sus perpetradores se quedó acá unos meses después, en ese “monstruo” en el que hoy vivimos los dos. Así es de generoso este país que dejó entrar a ese taimado.

— ¿Y cómo fue la reacción de tus compañeros en el cine?

— Fue diversa. Muchos directores se pudieron en mi contra. Recuerdo aún a Manolo Pérez dando golpes en la mesa, “solapadamente” sugiriendo que yo era un agente de la CIA, ya sabemos que esa acusación es un lugar común de la “izquierda cubana”, pero muy peligrosa, y da rienda suelta a la represión, y puede llevar a la cárcel, en un país donde las pruebas no son necesarias. Kike Álvarez me hizo responsable, por mi supuesto histrionismo, de que no avanzara la ley de cine. También tuve la solidaridad de Ernesto Daranas, Fernando Pérez, Enrique Colina, Belkis Vega, Carlos Lechuga, y recuerdo también al preclaro Enrique Pineda. Estos últimos son de perenne evocación, como algunos actores, técnicos, e incluso el público.

— ¿Y qué haces ahora?

— Nada remunerado, si a eso te refieres. Yo no vine buscando el “sueño americano”, vine huyendo de la “pesadilla cubana”, en esa que crecí y en la que no creí nunca, a la que aborrezco con toda mi alma. No hago cine y tampoco teatro, pero tampoco podría hacerlo en esa Cuba de hoy. Aun así el exilio está siendo una experiencia muy fecunda para mí. Escribo y publico mis “Memorias del exilio” donde cuento mis experiencias, y tengo también un proyecto personal llamado “Micro cinema”, en el que realizo pequeños cortometrajes para las redes sociales. Así aprendo y me especializo editando en mi casa, en mi computadora.

— ¿Cómo resuelves tu economía?

— Gracias a una persona que me adora, que me ayuda, me soporta. Hasta hoy no he recibido apoyo de alguna institución, tampoco me acerqué para solicitarlo. Espero a tener mis papeles en regla, y mientras tanto; estudio, escribo, y sueño dormido y despierto. Consulto, en internet, todo lo que puedo, que es mucho. Leo lo que no pude conseguir en Cuba, y pienso en los que no me dejaron leer y ver todo lo que quise. He tomado el exilio como un aprendizaje. Esto puede parecer desarraigo, pero también crossover.

— ¿Cuál es tu rutina?

— Duermo muy bien, y mantengo un excelente nivel de alimentación, y nado, nado mucho. Vivo en una casa con piscina, y sabes lo que eso significa para cualquier cubano. Mucho más para mí que pasé mis primeros años en una escuela de natación. La piscina es “el breve espacio en que no estoy”. El luto por mi madre lo he estado acomodando así, ahogando mis lágrimas en el fondo de esa piscina, mientras braceo.

— ¿No extrañas nada?

— Extraño la rutina del trabajo que llevaba allá, pero aquí conseguí la tranquilidad. Como no creo en el “patria o muerte” salí a buscar la vida, y la encontré, y también a esa persona que me quiere. Y tengo agua fría y caliente todo el tiempo. No tengo que poner el motor ni comprobar si ya entró el agua, ni esperar pipas, ni cargar cubos, ni vigilar el calentador para que no se me olvide apagarlo. ¿No te parece genial? Aunque pensándolo bien si hay algo que extraño, y es CMBF, donde solía escuchar música clásica.

— Es simpático, nos pasa lo contrario. Tengo todos esos problemas que dejaste acá, aunque puedo escuchar CMBF.

— ¿Viste? ¡Nada es perfecto! Esa tranquilidad no la tuve en Cuba, pero aquí no me asusto si se va la luz porque es muy raro que suceda, pero si va a pasar me avisan, me piden disculpas, aseguran que solo será por unos minutos y, lo que resultaría increíble para nosotros, es que cumplen la promesa. Lo mejor de todo es que no hay CDR y los vecinos no me vigilan, y si lo hiciera el FBI, no tengo nada que ocultar. Escribo y publico mis “Memorias del exilio” y nadie las censura. Si voy a una “sentada pacífica tengo la seguridad de que no dormiré unas cuantas noches en “Villa Marista”, sé que no recibiré una golpiza, que volveré a casa sano y salvo.

— ¿Bajo qué condiciones volverías a Cuba?

— Lo mejor sería volver sin condiciones. Yo no me fui de Cuba, “a mí me fueron”, pero la verdad es que no me interesa ir a la Cuba que dicta y prohíbe. No quiero ir a la Cuba que golpea mujeres, que proclama decretos que limitan la creación. No voy a ir al encuentro de un poder dictatorial. No iré a un país que condena a los suyos al “Patria o muerte”, me gustaría más visitar un país que tenga como consigna un “Mundo y vida”, un “Patria y libertad”. Debo volver algún día a despedir las cenizas de mi madre, debo volver para insistir en la adopción de mi hija, esa adopción que el gobierno impidió porque yo no era revolucionario. Volveré, pero no como un héroe. ¿No te parece una pena que nadie reclame mi vuelta?

— Volverás, yo voy a reclamarte.

— Eso lo sé, y también que no serás escuchado…, pero yo te enviaré fotos, sonriendo. ¿Viste la sonrisa en cada foto? ¿Notaste que soy feliz?

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