Miguel Díaz-Canel: de leal segundón a presidente

Miguel Díaz-Canel: de leal segundón a presidente

En 2009 comenzó el ascenso vertiginoso de este sujeto, que fue el mayor beneficiado por la llegada de Raúl Castro al poder

(Reuters)

LA HABANA, Cuba.- Sin acudir a demasiados vaticinios de expertos, tal como se esperaba desde que en abril de 2016 Raúl Castro reiterara sus intenciones de concluir el mandato en 2018, el Primer Vicepresidente, Miguel Mario Díaz-Canel Bermúdez fue ascendido a Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros.

Ni su designación ni la de los demás integrantes de la estructura del “nuevo” gobierno han causado sorpresa entre los cubanos. Igual se esperaba la salida del casi nonagenario José Ramón Machado Ventura así como la permanencia de un miembro de la vieja guardia, un rol para el cual no había mucho donde escoger y que casi por carambola debió asumir Ramiro Valdés Menéndez, quien cumplirá 86 años la semana próxima.

Quizás algún que otro nombre poco mencionado en los medios despierte la curiosidad pero ninguno representa un verdadero “ruido en el sistema”, más bien una certeza de que habrá continuidad en la línea de Raúl Castro, en tanto se conserva intacto su círculo de influencia, más cuando este se mantendrá un buen tiempo a la cabeza del Partido Comunista, una estructura que no sufrirá variación alguna durante la presente legislatura.

En Cuba no existe una ley de transparencia que le permita a cualquier ciudadano acceder a información de todo tipo sobre los dirigentes y otras figuras en el poder o cercanas a este. El secretismo que define la política del régimen  en cuanto a la economía o los verdaderos índices de salud y educación, por ejemplo, también se extiende a la totalidad de los aspectos de la esfera político-social cubana.

Muy poco se sabe sobre esos detalles “interesantes” y “curiosos” de la vida de cualquiera de los dirigentes cubanos que no son recogidos en esas “biografías oficiales” a las que tuvieron acceso los diputados, solo durante 60 minutos, pero que tampoco van más allá de la enumeración de las actividades desempeñadas en el gobierno o la integración de estos a las “organizaciones políticas y de masas”, esas estructuras gubernamentales que hoy convenientemente son renombradas como “sociedad civil socialista de Cuba”, según el término usado en la mañana del martes 18 de abril, por Gisela Duarte durante la presentación de las candidaturas ante la Asamblea Nacional.

Aunque pueden ofrecer una idea remota sobre quién es quién y sobre lo que podemos esperar de sus gestiones futuras, las biografías publicadas de los dirigentes cubanos no son muy útiles para trazar hipótesis.

Ni siquiera pudiera esbozarse una buena caracterización basados en el desempeño de sus cargos. No obstante, en muchos de los casos, el haber servido de sustituto a ciertos “defenestrados” del más reciente ayer (2008-2009, para ser exactos) pudiera ser una señal de alerta para quienes se hacen demasiadas ilusiones con los nuevos “cambios”.

Aunque el nombre de Miguel Díaz-Canel o su imagen de sobriedad y de “mano dura” han tenido una presencia constante en los medios de prensa, sobre todo desde que en febrero de 2013 fuera designado como segundo en la línea de sucesión del poder en Cuba, apenas se sabe quién es y de dónde proviene este hombre que hoy recibe la máxima responsabilidad del país, casi como regalo de su cumpleaños 58, pues nació un 20 de abril de 1960, en Villa Clara.

Haberse mantenido en los principales círculos de poder durante muchos años, ya sea como secretario del Partido Comunista en Villa Clara y Holguín o como segundo en aquella Unión de Jóvenes Comunista del “Período Especial” donde Roberto Robaina le invisibilizaba con su ambición desenfrenada, allá en los inicios de su carrera política, es quizás la prueba de esa “lealtad” que le ha valido ser hoy la cabeza visible del régimen.

Es decir, Diaz-Canel por mucho tiempo soportó con estoicismo ese papel de segundón que, en un esquema de poder signado por el vedetismo de la primera figura, solo puede asegurar la supervivencia de los figurantes.

Instruido como cualquier otro “cuadro de dirección del PCC”, Miguel Díaz-Canel, graduado de Ingeniería Electrónica por la Universidad de las Villas, durante su etapa de servicio social tuvo que integrarse a las Fuerzas Armadas por un breve tiempo, incluso debió marchar más tarde a Nicaragua en misión político-militar como dirigente de la UJC en su provincia natal, lo cual le ganó la confianza en algunos círculos castrenses donde, según testimonio de exmilitares que lo conocieron, comenzó a ser observado por su ambición política pero además por su capacidad de cumplir órdenes sin cuestionar en absoluto.

Durante las etapas de Primer Secretario del Partido Comunista, primero en Villa Clara y más tarde en Holguín, Díaz-Canel ganó popularidad entre las personas por la familiaridad que proyectaba con sus métodos de trabajo, sobre todo en el acercamiento al movimiento intelectual y artístico de Santa Clara, considerado desde siempre, por la alta dirección del Partido Comunista, como uno de los más problemáticos del país, incluso, en algunos temas, mucho más que La Habana o Santiago de Cuba.

Las labores realizadas por Díaz-Canel en ese sentido, sobre todo en el apoyo a la creación de espacios para la cultura que sirvieran para distraer la atención sobre aquellos movimientos artísticos, literarios e intelectuales con un discurso discrepante con la oficialidad y, en consecuencia, criminalizado por el régimen, le valieron la simpatía de escritores y artistas a los que no les importaba ser manipulados con tal de ganar un nombre en el controladísimo circuito de promoción del régimen.

Sin embargo, el trabajo como funcionario “provinciano”, ya fuera en Villa Clara, o en Holguín, no le hubiera reportado demasiado a Díaz-Canel si Fidel Castro se hubiera mantenido en el poder más allá del 2006 cuando, tras enfermar, se vio obligado a traspasarlo al hermano.

La necesidad de reestructurar la armazón construida por Fidel durante años y a la vez rodearse de un equipo de servidores fieles que respondiera solo a él, llevó a Raúl Castro, auxiliado del sofisticado aparato de inteligencia que administra su hijo Alejandro, a buscar entre sus militares de confianza pero, a la vez, entre aquellos “cuadros” políticos que jamás hubieran formado parte del círculo más íntimo de Fidel Castro y, por tanto, le estuvieran “eternamente” agradecidos por el milagro de hacer desaparecer, en 2009, a poderosos contrincantes como Carlos Lage Dávila o Felipe Pérez Roque, ese otro ingeniero electrónico devenido político que, según palabras del propio Fidel Castro “no conociera sacrificio alguno” y que fuera embriagado por las “mieles del poder”.

Los videos y grabaciones ocultas, realizadas por el equipo de Seguridad Nacional entre los años 2006 y 2009, donde se probaba la “deslealtad” de la claque fidelista, serían la llave que les abriera las puertas a piezas segundonas pero altamente leales como Bruno Rodríguez Parrilla, Salvador Mesa Valdés, Gladys Bejerano y Miguel Díaz-Canel.

En 2009 comienza el ascenso vertiginoso de Díaz-Canel, un sujeto que, de no haber llegado Raúl Castro al poder junto con su maquinaria de inteligencia, no hubiera podido aspirar a nada más allá que el Buró Político del PCC donde apenas era uno más.

Ni siquiera a Ministro de Educación Superior en 2009, un momento de crisis profunda en el sistema educativo y que definiría su posición favorable en la carrera por el poder al no ceder ante las “peligrosas demandas” al gobierno que surgían desde algunos sectores reformistas de las universidades cubanas, sobre todo en La Habana, Villa Clara y Santiago de Cuba, donde incluso hubo estallidos en las calles.

De esa breve etapa, el hoy presidente del Consejo de Estado supo aprovechar las ventajas.

En la Facultad de Artes y Letras de La Habana es de conocimiento general que  la esposa, llegada de Santa Clara apenas nombrado el nuevo ministro, fue favorecida con una plaza de profesora titular y que obtuvo varios doctorados, algunos fuera de Cuba, durante el período de ejercicio de Díaz-Canel.

No obstante, apartando transcendidos e historias difíciles de verificar, de su vida privada se conoce muy poco, aunque a los hijos, músicos de muy poco relieve, se les suele ver algunas veces en la televisión donde solo se les invita por ser quienes son, lo cual causa algunas bromas sobre la tendencia “culturosa” de los vástagos de nuestros dirigentes al abundar entre ellos los fotógrafos, músicos, pintores y hasta modelos de Chanel.

Lo sucedido de 2013 a la fecha, al menos en los acontecimientos (no así en las motivaciones de estos), es la parte más conocida y a la vez más intrigante de la historia política de Díaz-Canel, una figura que, por su carácter poco dado a la improvisación, más bien temeroso, e identificada con la ortodoxia comunista (según revelan algunos videos sospechosa y oportunamente “filtrados” hace unos meses atrás), se volvió necesaria, más en una etapa de gran incertidumbre en que el régimen, envejecido, cuestionado y sin mucho que ofrecer ni cumplir, está urgido de administradores y guardianes confiables, capaces de aprender un guion y recitarlo sin mucha iniciativa.

Con apenas una hora contaron los diputados a la Asamblea del Poder Popular de Cuba para analizar las biografías de la veintena de candidatos a integrar el Consejo de Estado.

Aunque pareciera demasiado poco el tiempo incluso para una lectura superficial, quienes están bien informados sobre lo que sucede en Cuba no se sorprenderán por lo absurdo de la cuestión.

Se sabe que en tales asuntos “electorales” el Partido Comunista de Cuba se asegura previamente de no introducir sorpresas en un “espectáculo” de “unanimidades” que se rigen por un guion estricto donde cada cual, electores y elegidos, asumen los papeles asignados.

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