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Sábado, 24 de junio 2017

Los nuevos CDR de la Revolución

Las nuevas tecnologías son maná del cielo para un sistema obsesionado con el control absoluto

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En Cuba, ser vigilados, monitoreados y fichados por el gobierno se ha convertido en una rutina (foto del autor)

LA HABANA, Cuba.- “Las redes sociales nos despojan de nuestra privacidad”, sentenciaba una periodista durante uno de esos tantos debates de moda en la televisión oficialista de Cuba donde el internet siempre termina por ser demonizado.

Su preocupación, convertida en letanía, era también la de los especialistas invitados a la discusión que, como era de esperar, ilustraron sus temores con casos que, ni de lejos, se referían a la realidad cubana, como los programas de escucha del gobierno norteamericano y todo el aparato de rastreo y análisis de datos revelado en 2013 por Edward Snowden.

“En Cuba no pasan esas cosas”. Nadie pronunció tal frase pero se podía deducir como la moraleja de un show televisivo donde nadie quiso o no se atrevió o no lo dejaron establecer comparaciones con ese “sistema de vigilancia revolucionaria colectiva” instituido en los 60 y que, con el paso de los años y el desarrollo de las tecnologías, ha llegado a transformarse en una especie de XKeyscore criollo.

En Cuba, ser vigilados, monitoreados y fichados por el gobierno se ha convertido en una rutina y, en consecuencia, solo es motivo de escándalo para unos pocos.

La mayoría de las personas se ha resignado a la desaparición o la indefinición de los espacios de lo privado y solo en raras ocasiones cuestiona los modos y los mecanismos con que son obligados a exponer su individualidad, a renunciar al dominio de lo íntimo, de lo familiar, de lo personal.

Un ejemplo de esto lo describe Abraham, un informático que trabaja para la red Infomed del Ministerio de Salud Pública:

“Siempre les explico (a los usuarios) que deben tener mucho cuidado con lo que escriben en los correos y con la páginas que visitan (en internet). Hay palabras que no se pueden poner jamás porque todo eso se analiza, se filtra. Tu información personal no solo está disponible para uso del gobierno, es hasta de cierta forma su propiedad porque no es un servicio que compras sino algo que se te ‘presta’ (…). Es raro que la gente proteste por eso. Lo aceptan porque lo ven muy normal. La gente hasta pregunta si pueden entrar a una página o si no hay problemas si le escriben o chatean con un amigo o un familiar que no es revolucionario, o con un extranjero. (…) También les pido que tengan cuidado con lo que publican en Facebook (…) todo se sabe”.

Fabio, informático y proveedor clandestino de servicios de internet, advierte sobre los riesgos de las redes oficiales:

“No hay ningún tipo de privacidad cuando te conectas desde una wifi o desde un punto de ETECSA (Empresa de Telecomunicaciones de Cuba S.A.) (…) Tampoco cuando lo haces desde un servidor en un centro de trabajo. Cada vez que ingresas a la página de ETECSA es muy probable te aparezca una alerta del navegador sobre los riesgos de usar esa conexión, el peligro de que tus datos sean usados por otros. Cuando te conectas, todo lo que haces está siendo registrado, tus contraseñas, los sitios que visitas. (…) ETECSA tiene hasta el control del dispositivo que usas, dónde lo usas. Es la única empresa que el gobierno admite como intermediario y depositario de toda tu información y, lo más bueno, trabaja muy coordinadamente con los militares. Cuando adquieres una cuenta Nauta, estás cediéndole toda tu privacidad. Pueden escuchar tus llamadas, leer tus sms (mensajes de texto) (…). La mayoría de los que proveemos internet usamos servidores del Estado, de las empresas donde trabajamos, así que tampoco hay mucha privacidad. De un modo o de otro siempre estás vigilado”.

Aunque para la mayoría de los representantes de la ortodoxia comunista la generalización del acceso a internet pudiera representar un peligro para la estabilidad política, cada día se torna más difícil justificar las restricciones actuales.

Los planes de convertir a Cuba en un terreno atractivo para la inversión extranjera demandan una puesta al día en las tecnologías informáticas, a la vez que obligan a desarrollar un sistema de control de la información mucho más eficaz que los usados tradicionalmente. Sobre este asunto en particular opina un reconocido profesor de Economía de la Universidad de La Habana que, por temor a represalias, ha pedido que ocultemos su identidad:

“La inversión extranjera y la apertura económica son imprescindibles pero, en la situación de Cuba, con todas las limitaciones del bloqueo (embargo económico), las consecuencias de vincularse con empresas cubanas, es también un peligro. (…) El gobierno se verá obligado a desarrollar mecanismos para controlar toda esa información, los datos de esas empresas, la información económica, el dinero, las producciones, los planes de crecimiento. (…) Esa paranoia que el gobierno ha desarrollado durante todos estos años, esa desconfianza con todo lo que viene de afuera, con signos de desestabilización, de complot con el enemigo, no desaparecerá. El gobierno buscará la manera de saber hasta el color del calzoncillo de ese que viene a invertir. Lo estará observando todo el tiempo. Tiene los medios para hacerlo. Recuerda eso que siempre decimos los cubanos: las paredes tienen oídos y los clavos tienen sentido”.

Robiel, estudiante de la Universidad de Ciencias Informáticas (UCI), afirma que resulta “risible” hablar de privacidad en Cuba:

“Cuando no existía internet nosotros ya teníamos los CDR (Comité de Defensa de la Revolución) y un Jefe de Vigilancia en cada cuadra con todo el derecho a cuestionar tu vida privada. Es risible hablar de privacidad. (…) prepárate para lo que vendrá porque todas estas tecnologías son maná del cielo para un sistema obsesionado con el control absoluto. (…) Muchos software para procesar toda esa información que regalas con tus correos, tus sms, tus aplicaciones favoritas, tus jueguitos, tus suscripciones, tu blog personal, tus trámites de viaje, tu tarjeta magnética del banco (…). Antes de entrar a la UCI yo pensaba ingenuamente en la privacidad; ahora estoy convencido de que es prácticamente imposible (…). Mi consejo sería que no te conectes a internet, que no compres un móvil ni una laptop, que no tengas una cuenta de correo y que no salgas a la calle porque, como has visto, hay cámaras en todas las esquinas, aun así, en Cuba es difícil escapar a la vigilancia”.

Cuando no existía internet nosotros ya teníamos los CDR y un Jefe de Vigilancia en cada cuadra con todo el derecho a cuestionar tu vida privada, dice Robiel (foto del autor)

En un estudio reciente, no publicado, perteneciente a un grupo de estudiantes de Psicología de la Universidad de La Habana, la mayoría de los encuestados dijo sentirse o haberse sentido alguna vez vigilados, también a una buena parte de ellos no les resultaban molestas las diversas y constantes invasiones a la privacidad, manifiestas en los mecanismos de control diseñados por el gobierno como las facultades indagatorias otorgadas a los CDR, a los comités del Partido Comunista o a empresas estatales como ETECSA.  La investigación además arrojó la casi exclusiva connotación material, tangible, en la idea de lo privado en la sociedad cubana.

Defender la privacidad, aun para algunos en Cuba, es prácticamente un rasgo de inadaptabilidad a un orden político. Durante los primeros años de la revolución, el discurso oficial enfatizó la idea de la hegemonía de lo colectivo sobre lo privado, de modo que privacidad casi terminó por convertirse en sinónimo de egoísmo, de “no ser sociables”, es decir, “antisocial”, una valoración del individuo que le atraía consecuencias nefastas en todos los ámbitos.

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Acerca del Autor

Ernesto Pérez Chang
Ernesto Pérez Chang

Ernesto Pérez Chang (El Cerro, La Habana, 15 de junio de 1971). Escritor. Licenciado en Filología por la Universidad de La Habana. Cursó estudios de Lengua y Cultura Gallegas en la Universidad de Santiago de Compostela. Ha publicado las novelas: Tus ojos frente a la nada están (2006) y Alicia bajo su propia sombra (2012). Es autor, además, de los libros de relatos: Últimas fotos de mamá desnuda (2000); Los fantasmas de Sade (2002); Historias de seda (2003); Variaciones para ágrafos (2007), El arte de morir a solas (2011) y Cien cuentos letales (2014). Su obra narrativa ha sido reconocida con los premios: David de Cuento, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), en 1999; Premio de Cuento de La Gaceta de Cuba, en dos ocasiones, 1998 y 2008; Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar, en su primera convocatoria en 2002; Premio Nacional de la Crítica, en 2007; Premio Alejo Carpentier de Cuento 2011, entre otros. Ha trabajado como editor para numerosas instituciones culturales cubanas como la Casa de las Américas (1997-2008), Editorial Arte y Literatura, el Centro de Investigaciones y Desarrollo de la Música Cubana. Fue Jefe de Redacción de la revista Unión (2008-2011).

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