Los dilemas de vivir a orillas de un lago

Los dilemas de vivir a orillas de un lago

A los campesinos que viven en el lago Hanabanilla las cooperativas les pagan con retrasos sus cosechas y se enfrentan a disposiciones forestales que limitan su producción

VILLA CLARA, Cuba.- Hace diez años, Máximo Hernández llegó al lomerío que circunda al “Hanabanilla”, el lago intramontano más grande de Cuba, enclavado en el macizo Guamuhaya en el villaclareño municipio de Manicaragua. Allí se enamoró, se casó y construyó con sus propias manos la casa de tablas que habita, ubicada en un paisaje singular: con un majestuoso “mar” de agua dulce enfrente y a sus espaldas, el empinado monte del Escambray.

“Me gusta vivir en el campo porque nací y me he criado aquí. Sinceramente, no sé si me adaptaría a otra cosa. Hasta el momento, me gusta”, refiere este hombre de mediana edad y de hablar pausado. Él, su esposa y parte de su familia política viven en una pequeña comunidad familiar a los pies de una montaña, situada a más de seis kilómetros del Salto del Hanabanilla, el poblado más próximo y al cual solo pueden llegar atravesando uno de los embalses más grandes de esta provincia.

A ambos lados de este reservorio, que abastece de agua a varias ciudades de la región central del país, habitan varias familias dedicadas fundamentalmente al cultivo del café, uno de los renglones exportables más codiciados por el país, aunque también cosechan hortalizas, granos y viandas, asociados a las cooperativas estatales de producción agrícola.

Cálculos para sobrevivir

El día de Máximo comienza sobre las cinco de la mañana. Sabe que le espera más de una hora a caballo por un terreno irregular hasta llegar a sus plantaciones, pues el café, un cultivo de montaña, brinda sus mejores frutos en estas condiciones.

 

“Cultivar la tierra en estos momentos –afirma- es complicado, porque hoy el campesino tiene 20 factores en contra: el clima, que no es el mejor, cada día se agudiza más el cambio climático; hay que utilizar muchos recursos químicos y sinceramente trabajar el campo es una complicación. Lo hago porque me gusta, ya tengo que seguir arando con estos mismos bueyes, como se dice, y no tengo otra opción, pero es difícil, no es tan fácil como se pinta”.

Hacer producir la tierra por estos parajes es una actividad completamente manual. Aran la tierra con yuntas de bueyes y solo reciben la ayuda de la mecanización cuando fumigan los cultivos para prevenir las plagas.

En medio de ese panorama, lograr una alta productividad en las cosechas se vuelve complejo y, por tanto, la ganancias inciertas. “La economía de un obrero agrícola él mismo se la suministra: cosechas que se le entregan a las cooperativas de acuerdo a un plan y algún puerquito que puedas vender, alguna gallina o animales que tengas en el patio, esa es la entrada de un campesino en todo momento, en cualquier lugar de este país. Depende de lo que trabaje en el campo”, asevera.

Según Máximo, lo que más golpea son las demoras del estado con el pago de sus producciones. Las entregan a las formas productivas, pero a veces no reciben su remuneración con la rapidez que otorgan sus mercancías. “Una cooperativa se te mete a veces dos y tres meses sin pagarte y cuando tú vas a una tienda si no llevas tu dinero no te dan gratis. En el caso de las cooperativas sucede eso a veces”.

“Es una realidad que hay que vivirla a diario, añade. Muchas veces sales bien, pero hay muchos descuentos. Yo estoy de acuerdo en que una mercancía se le haga un por ciento de descuento, pero hay que hacer muchos cálculos para sobrevivir”.

Omar Cordobé, otro campesino de la zona, agrega que los precios que las cooperativas les ofrecen por sus productos “no son exagerados, pero vamos viviendo ahí” y confirma que cuando la economía propia se resiente por los pagos atrasados se recurre a la venta de “una lata de yuca o de malanga, no sé”.

“El café sí nos lo prohíben un poco vender- continúa- todo nos lo prohíben vender para entregárselo a la cooperativa, pero uno siempre tiene que vender y aparece alguien que te compre algo por ahí. Los mismos campesinos que viven por aquí a veces no tienen una cosa y te la compran”.

“Una vez escuché en el pueblo a una señora diciendo, en referencia a nosotros, que aquí vivíamos como reyes, pero el asunto no es así. El trabajo en la montaña es complicado, a mí me gusta estar, ya me adapté”, señala Máximo.

“Si no se hubieran secado la mayoría de las plantaciones que teníamos –declara Omar- yo estuviera montado en una gran cantidad de café, pero realmente se secó todo. Nos dieron un café Isla, de postura nueva, y se nos secó más de la mitad y las otras plantas que tenemos no están muy buenas tampoco. Y el café es una planta de mucho rigor, hay que atenderla por tres o cuatro años para que te dé producción, limpiarlo tres veces al año y echarle abono”.

La “pelea” con los forestales y otras disyuntivas

Máximo Hernández y Omar Cordobé, al vivir en la cuenca de la presa Hanabanilla, un lugar que en lengua aborigen se traduce como “pequeña cesta de oro” y que acoge varias especies valiosas de flora y fauna en un espejo de agua de 14,9 km cuadrados, se enfrentan a las disposiciones del Cuerpo de Guardabosques de Cuba, que limitan la producción agrícola en la zona.

 

Estos campesinos afirman encontrarse en una encrucijada: “Por un lado la cooperativa te exige una producción, pero por el otro, tienes la pelea con los forestales, entonces tienes que estar en un equilibrio”, manifiesta Máximo.

“Los forestales hacen bien –aclara- porque protegen el medio ambiente. El hombre mismo va degradando la naturaleza, pero en la cuenca de la presa es un problema porque te exigen en la cooperativa que tienes que entregar, el guardia forestal te exige cuidar el medio ambiente. Y entonces, ¿qué haces?”

“Para abrir nuevas tierras de cultivo hay que tumbar manigua, quitar monte. Yo mismo pagué hace dos años una multa de 2000 (MN) por tumbar un monte para abrir tierras nuevas y hacer una cosecha”.

Máximo me relata todas estas interioridades con un pie enyesado. Hace varios días sufrió un accidente en su finca y ahora está momentáneamente incapacitado para trabajar. “El día que me partí el pie estaba solo en la finca y tuve la ventaja que tenía el caballo cerquita. Era oscuro en la mañana todavía. Cuando aclaró, caminé un poquito, busqué el caballo y salí para la casa. Ya una canoa me estaba esperando para atravesar la presa”.

¿Y eso hubiera sucedido en la noche?, pregunto: “Cuando te enfermas por las noches tienes que llamar a alguien por celular para que te venga a buscar o sino coger una canoa para allá abajo a donde puedas llegar”.

Por suerte, en el sitio Marco, donde vive Máximo, aun llega la cobertura celular, pero a medida que uno se adentra en las profundidades del embalse, la señal pierde calidad o es nula. Lo que sí se mantiene bastante estable es el servicio de trasportación, sostiene Omar. “Un día sí y uno no tenemos un barquito que en la semana da tres viajes como si fuera una guagua y va parando donde haya casas. Y está el ‘bote escuela’, que lleva a los muchachos a las clases. Los otros días tenemos que irnos a pie por una orilla para allá o si no nos montamos en un caballo”.

Sin embargo, Esterbina Ortega, una mujer de 77 años y que ha vivido la mayor parte de su vida en esta zona, toma con sus propias manos los remos de su canoa y atraviesa la presa con la facilidad que le ha otorgado la costumbre. “Cuando tengo que salir remo en mi canoa cerca de 12 kilometros, y en 30 minutos, si no hay olas, llegas al Salto, pero si hay olas te demoras hora y pico guapeando con la ola para poder adelantar. Ya llevo unos cuantos años manejando mi canoa. Eso es la necesidad, la práctica, eso es cómodo, te sientas ahí y vas empujando el agua”.

 

Incluso para esta mujer que ya peina canas, la vida en este lugar se le torna en ocasiones monótona. “Hay momentos en que me aburro –comenta- pero ya estoy acostumbrada. Además, desde que me levanto estoy trabajando. Allá en la punta de la loma tengo un sembrado de malanga, y ya están bastante grandes. Y voy y las guataqueo, las chapeo, les arranco las malas hierbas”.

La falta de opciones recreativas es otro de los inconvenientes y preocupaciones de los pobladores del “Hanabanilla”. Sentado en una piedra, Omar Cordobé narra que “la forma de recreación es mirar por aquí, dar una vuelta por allá, el que pueda tener televisión la ve o de lo contrario ir para el bar del pueblo o para el hotel Hanabanilla, cuando nos dejan entrar por supuesto”

Él y el joven Alberto García denuncian que sufren cierta discriminación cuando les prohíben la entrada al recinto hotelero, que gestiona la cadena cubana Islazul. “Y lo único casi que tenemos aquí es el hotel, porque al bar vamos y si, nos vemos las caras los campesinos, pero la juventud no tiene a dónde ir. Yo siempre he defendido que los dejaran entrar más al hotel, porque son los hijos de los campesinos de la zona”.

De toda esta situación, Máximo Hernández saca una sola conclusión: “El que está en el campo es porque no tiene más opciones, a mí me gusta, pero se está en una lucha constante, que no está en mis manos, que lo hago por necesidad, pero no puedo controlarlo todo”, concluye con cierta desilusión.

[fbcomments]