El castrismo, una insaciable centrífuga que exprime al cubano

El castrismo, una insaciable centrífuga que exprime al cubano

A lo largo de sus seis décadas en el poder el gobierno castrista ha aplicado diversos mecanismos para arrebatarles a los ciudadanos sus posesiones de valor

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(foto: Reuters)

LA HABANA, Cuba. – Desde 1959, la dictadura castrista ha ideado disímiles métodos, procedimientos y artimañas para exprimirnos a los cubanos hasta el último centavo. No importa si se tiene mucho o poco: todo le conviene a la insaciable centrífuga totalitaria.

Cuando Fidel Castro secuestró el poder, una de sus primeras arbitrariedades fue despojar a las personas de su patrimonio. Fingiendo una denuncia inverosímil (una de las más manidas, por ejemplo, era que había un “contrarrevolucionario” escondido) allanaban la vivienda para echar mano a los objetos de valor. Inflamaba al populacho vociferando que había que “siquitrillar” a los “explotadores.

Por cierto, esta práctica ha perdurado con los años, pues aún hoy propician arbitrarios registros para arrasar con todo lo que ven. Sus víctimas no son solamente los opositores –como le ocurrió hace poco a Librado Linares, a quien le robaron el móvil y el dinero que tenía en el bolsillo–, sino también comerciantes y emprendedores caídos en desgracia, pues las ambiguas leyes frenan cualquier iniciativa comercial.

Al mismo tiempo a los que iban a emigrar les confiscaban sus cuentas bancarias y sus bienes. Con esta finalidad se creó el Instituto de Recuperación de Valores del Estado (o simplemente Recuperación de Valores), una cuadrilla dedicada a inventariar y saquear de las residencias prendas, obras de arte, muebles, vajillas, hasta la ropa y los zapatos, nuevos o de uso. En fin, todo lo que sirviera para engrosar las arcas del nuevo gobierno. Desde entonces y hasta hace pocos años, los que iban a emigrar tenían prohibido disponer de sus bienes después del inventario.

En 1987 nos estafaron metales preciosos y reliquias en las Casas de Cambio del Oro y la Plata. Como estábamos hambreados y mal vestidos, a aquellos tasadores incondicionales al régimen y con mañas de psicólogos no les fue difícil convencernos de malbaratar nuestros relojes, platería y otras reliquias por unos cheques inventados. Aquel dinero de mentira –muy por debajo del valor real de la pieza– había que gastarlo íntegramente en la pacotilla que nos tocara cuando después de horas de cola lográramos entrar a la tienda. No se podía fragmentar, y no se podía saber de antemano qué artículos había ese día.

Según argumentaron, el objetivo de aquel trueque era “respaldar el peso cubano con oro”. Sin embargo, a pesar de las cantidades ingentes de metales preciosos que nos birló el gobierno, el peso cubano sigue tan débil como entonces.

En los noventas, cuando Fidel Castro declaró el Período Especial, autorizó las remesas familiares –hasta el momento los cubanos en el exilio (la llamada comunidad) le mandaban el dinero a sus familiares a escondidas–. Y para sacarnos los dólares, nos permitió el acceso a las tiendas que hasta entonces nos estaban vedadas, además de crear nuevos establecimientos.

En aquel entonces se les había cerrado la ubre rusa. Para recoger los dólares idearon el método de imprimir CUC (que el pueblo rápidamente bautizó como chavitos, por ser dinero de juguete). Hoy se ven en un trance semejante, pues se hace cada vez más evidente que la cornucopia venezolana ya no está disponible. Para poder comercializar  necesitan desesperadamente el dinero de los traidores que abandonaron el país y que ante la hambruna, ayudan a sus seres queridos, situación que es aprovechada por los parásitos comunistas para conseguir divisas con un nuevo y tenebroso método: vender electrodomésticos, comida, artículos de limpieza y de ferretería mediante tarjetas magnéticas que operan en moneda libremente convertible (MLC). Pero de lo que sí estamos convencidos una gran parte de los cubanos es de que ni con el dinero del enemigo el país saldrá adelante, porque el sistema comunista no funciona. Vivir para ver.

Ahora bien, en los primeros años de dictadura, los allanamientos y la rapiña eran perpetrados al unísono con fusilamientos masivos. De esa manera se aseguraba que el pueblo permaneciera embotado por el terror. Hoy, como los tiempos son otros, por orden de Raúl Castro, para que sirvan de escarmiento, los registros y confiscaciones a trabajadores privados escogidos como chivo expiatorio son exhibidos en el noticiero estelar.

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Acerca del Autor

Gladys Linares

Gladys Linares

Gladys Linares. Cienfuegos, 1942. Maestra normalista. Trabajó como profesora de Geografía en distintas escuelas y como directora de algunas durante 32 años. Ingresó en el Movimiento de Derechos Humanos a fines del año 1990 a través de la organización Frente Femenino Humanitario. Participó activamente en Concilio Cubano y en el Proyecto Varela. Sus crónicas reflejan la vida cotidiana de la población.

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