La Habana: ¿retorno a la era de la bicicleta?

La Habana: ¿retorno a la era de la bicicleta?

No me gusta ser la portadora de malas noticias; pero algo me dice que esta vez el experimento tampoco va a funcionar

Cubanos en bicicleta. Foto tomada de Internet

WEST PALM BEACH, Estados Unidos.- El eterno problema del transporte en la capital cubana y los entresijos de sus siempre imposibles soluciones por los organismos oficiales encargados del asunto, acaban de desembocar en una nueva propuesta para los habaneros. Según informó recientemente Guadalupe Rodríguez, funcionaria del Ministerio de Transporte de Cuba, a través del Canal Habana de la televisión, el próximo 24 de noviembre se inaugurará en la Habana Vieja un nuevo sistema público de transporte que consistirá en la renta de bicicletas.

El popular programa vespertino Hola Habana, del referido canal, fue la plataforma de lanzamiento de una iniciativa que nos regresa a la memoria de los años 90’, cuando pedalear sobre las bicicletas chinas que se distribuían en los centros de trabajo era prácticamente la única posibilidad de transportarse para los cubanos comunes.

Como siempre ocurrió bajo la batuta del entonces “invicto” en Jefe, un aciago día éste decidió para nosotros, casi por decreto, la opción de montar en bicicletas. De hecho, lejos de asumirlo como un efecto de la crisis que realmente era, el eterno alucinado declaró sin ambages que ello nos pondría a la altura de países tan desarrollados como Holanda y Bélgica. Ergo, la imposición del ciclo no era un retroceso, sino un extraordinario avance.

Es por eso que quienes vivimos la terrible experiencia de aquellos años y sobrevivimos para contarla, no podemos menos que sentir una suerte de deja vú escalofriante y de mal agüero. Especialmente cuando el panorama en derredor augura tiempos venideros (más) difíciles para los que habitamos la vapuleada Isla. Es casi imposible no ver en esta “solución” una evidente señal de tiempos peores a corto plazo.

Volviendo al tema de referencia, resulta curioso que la inauguración de esta modalidad que ahora regresa con variaciones más actuales se realizará en el Muelle de Luz, punto de embarque/desembarque de la habanerísima “lanchita de Regla”, una locación relativamente cercana al sitio donde hasta 1968 existía un establecimiento privado conocido como “Cuba 8”, dedicado al alquiler de bicicletas y velocípedos con fines recreativos que hacían las delicias de los niños, especialmente en las mañanas domingueras, cuando la grey infantil colmaba alegremente el Anfiteatro cercano.

Hasta ahora no se han dado a conocer todos los detalles del “nuevo” sistema que, como es método usual en Cuba, tendrá un carácter experimental con la intención de extenderlo gradualmente a otros municipios de la ciudad según su nivel de “aceptación”. No obstante, la mencionada funcionaria informó que este servicio se activará a partir de un sistema de “asociados”, el cual permitirá acceder a él previo contrato que se realizará en un sitio destinado para ello en la propia Habana Vieja. También anunció la creación de varios puntos ubicados en el Centro Histórico, ya seleccionados, donde los asociados podrán acceder a una bicicleta o devolverla una vez hayan hecho uso de ella.

A primera vista hay que admitir que el uso de bicicletas podría constituir no solo una solución parcial ante la aguda crisis del transporte en la capital, sino que además aportaría reconocidos beneficios a la salud de los que se acojan a él. Es cierto también el beneficio para el medio ambiente de una ciudad ya de por sí suficientemente contaminada por los gases de combustión de un parque automotor antiguo, obsoleto e ineficiente.

Sin embargo, la tozuda realidad se impone sobre esta iniciativa disfrazada de intenciones ecológicas, impidiendo que sea factible. De hecho, las dificultades para el funcionamiento efectivo de la alternativa ciclística en la capital son numerosas y harto conocidas. A diferencia de numerosos pueblos y ciudades del interior de Cuba, La Habana no se ha caracterizado nunca por un uso extensivo de bicicletas como medio de transporte, salvo en los cruentos años de “Período Especial” cuando no solo era prácticamente obligatorio sino un imperativo inevitable.

Pero La Habana es esencialmente una ciudad pensada para automóviles y la mayoría de sus residentes siempre han soñado con autos, no con bicicletas. Esto hace que, desde el trazado de los viales, jamás concebidos para la circulación de este tipo de vehículos, hasta el paupérrimo estado que ofrecen éstos -emulando los cráteres y desniveles de la superficie lunar-, unido a la escasez de señalizaciones y al probervial irrespeto por las normas de vialidad de los conductores tanto de ciclos como de vehículos de motor, el ciclista habanero constituya el elemento más frágil de la geografía urbana. No por casualidad los índices de accidentalidad se dispararon vertiginosamente durante los años 90’, donde las víctimas fatales eran mayoritariamente ciclistas.

A esto podría agregarse la inexistencia de una red de talleres y parqueos de ciclos para sostener de manera efectiva el desarrollo del ciclismo como alternativa más general que la actual propuesta oficial, además de otras limitaciones materiales objetivas tales como la exigua oferta de ciclos y piezas de repuesto en las redes comerciales, los elevados precios de venta en las tiendas minoristas y los bajos ingresos personales de la población que entorpecen el adecuado mantenimiento de las bicicletas, por solo mencionar los obstáculos más obvios.

Pero ni siquiera en este punto terminan las dificultades. El acelerado envejecimiento poblacional y las deficiencias alimentarias son dos factores a considerar a la hora de trazar estrategias de esta naturaleza. Esto significa que el uso de ciclos no solo se limitaría a un sector minoritario de la población, sino que aumentaría los peligros para los miembros de la tercera edad cuando circulen por la vía pública.

Por su parte el municipio “experimental” elegido, La Habana Vieja, se caracteriza por la estrechez de sus calles, las frecuentes aglomeraciones en sus también delgadas o derruidas aceras y el pésimo estado constructivo de muchos balcones y aleros, lo que ha propiciado que a lo largo de los años sus pobladores hayan desarrollado la costumbre de circular por las calles a fin de evadir los peligros de derrumbes o las roturas de las aceras, pero aumentando el riesgo de sufrir accidentes de tránsito.

Se trata, además, de un fragmento densamente poblado de la ciudad y en el que se agrupan numerosos centros de trabajo, restaurantes, hoteles, museos y destinos turísticos, lo que multiplica la cantidad de peatones transitando por sus calles. Esto significa que un uso más intensivo de bicicletas implicaría a su vez un incremento potencial de los accidentes.

Es de suponerse que los encargados de llevar a vías de hecho el nuevo plan experimental hayan tenido en cuenta estos factores de riesgo, incluyendo un sistema de control eficiente que impida el robo de las bicicletas o de sus partes en las diferentes “estaciones”: una misión imposible en el paisaje social cubano. Sin embargo, ya de origen el “plan maestro” nace con una falla evidente: difícilmente los ciclistas se circunscriban a la circulación por las dos únicas calles (ciclovías) habilitadas a este propósito. Salta a la vista de cualquier conocedor del territorio en cuestión que éstas serán insuficientes para facilitar el acceso de los “asociados” a sus múltiples destinos sin salirse del trazado original.

No faltarán los optimistas contumaces dispuestos a enfrentar estos “pequeños detalles subjetivos” y creerán de muy buena fe que se irán superando en el transcurso de la prueba. Así de desmemoriado podemos ser los cubanos tras 60 años acumulando experimentos fallidos sin que haya funcionado nunca uno solo de ellos.

O quizás es que, en el fondo, en el espíritu nacional sigue gravitando el espectro del padre de todos los disparates imposibles al cual una vez fotografiaron saltando de un tanque de guerra en simulado heroísmo, pero jamás pedaleando en una bicicleta china, sudoroso y jadeante, bajo el sol tórrido y el polvo de la ciudad inmisericorde. Tal vez eso explicaría que muchos de los que no vivieron las penurias de finales del siglo pasado y otros entusiastas incurables -de esos que tanto abundan entre nosotros para toda ocasión- se asomen hoy a esta vieja novedad con la expectativa y la ingenua ilusión de los niños en vísperas de reyes magos.

Por mi parte, no me gusta ser la portadora de malas noticias; pero algo me dice que esta vez el experimento tampoco va a funcionar.

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