La esquina de Toyo muere de fealdad y desamparo

La esquina de Toyo muere de fealdad y desamparo

¿Qué se hizo su pan recién horneado? Solo quedan ruinas, pestilencia, y un anciano vendiendo postales de nostalgias

LA HABANA, Cuba -Toyo está muriendo de fealdad y desamparo. Pero el hecho de que hoy sea la más fea entre las esquinas famosas de La Habana, no disminuye en nada sus valores tradicionales. Todo lo contrario, pues éstos, al igual que su fama, fueron acumulados durante siglos de auténtico arraigo en la memoria de los habaneros.

Y no sólo como referencia a la hora de mencionar el mejor pan que se cocía en nuestra isla. Más que como el nombre de un tipo de pan (que era el apellido de la familia que lo creó, en 1832), Toyo se ha perpetuado en el recuerdo como un sitio especialmente representativo de lo que fueron las esquinas habaneras antes del terremoto fidelista, cuando concentraban en sus breves espacios todo el aroma, el sabor, el colorido, la popularidad y el movimiento comercial de la ciudad.

También la arquitectura cubana tiene allí una reliquia cuyo carapacho abandonado exprime el corazón. Es lo que fue el Moderno, primer cine Art Decó del país. Como se conoce, el Art Decó fue un movimiento de gran influencia en la arquitectura nacional durante las décadas de los años 20, 30 y 40. Su llegada a nuestra isla coincidió con el auge de las salas cinematográficas habaneras. Así marcó un estilo en sus principales construcciones. Y justo la primera de éstas se halla en Toyo, muriéndose, como toda la esquina.

Por lo demás, a Toyo, única intersección de tres esquinas entre las famosas, no sólo le dispensó lumbre particular su renombrada panadería. Unos junto a los otros, se adueñaron del sitio (y de la preferencia de los habaneros) decenas de vendutas de comestibles ligeros que hacían honor a lo más delicioso y demandado de nuestra cocina: desde los proverbiales panes con lechón asado (los de verdad, que desaparecieron para siempre del paisaje cubano), o los sándwiches criollos, hasta el arroz frito o la sopa china de la fonda de Confucio; desde el mejor carnero estofado de la capital, los tamales, las fritas, el bistec a la plancha, hasta las dulcerías con vasta variedad de pasteles, o los refrescos de frutas…

Los olores a comida rica y a pan recién horneado, envueltos en la fragancia de un muy cercano tostadero de café, constituyeron un sello distintivo de  la esquina de Toyo, cruce de caminos entre Luyanó, La Víbora y el centro de La Habana. Pero ya nada queda allí, como no sea un triste espacio para la nostalgia. Aquellos comercios acabaron hundidos en la desmemoria, del mismo modo que se hunde entre la pestilencia y la suciedad todo el resto de su tesoro patrimonial.

Queda en pie la llamada Casa del Pan, pero como sombra de lo que fue. En los años ochenta, la tradición panadera de Toyo experimentó un modesto rescate, pero resultaría pasajero, y además fue el último. Actualmente, el pan que hornean en la Casa del Pan es tan malo como el de cualquier otra panadería habanera, lo cual es mucho decir. También en esa esquina instalaron un Sylvain, perteneciente a la cadena de panaderías y dulcerías destinadas al  comercio en divisas, pero su producto no parece ser particularmente mejor que el de los establecimientos comunes. Sólo es más caro y quizá un poquito menos feo.

Como calamidad extra, desconcierta y extraña comprobar la escasez de cuentapropistas en Toyo. Ya que precisamente en el pequeño y mínimo negocio particular estuvo fundamentado gran parte del prestigio de esa esquina, sería de esperar que las autoridades locales se esforzaran por remediar tal déficit, aunque fuera malamente. Pero ni eso.

En los bajos del cuchillo de Toyo, donde hubo, primero, un proverbial bodegón, que luego fue derivando (en pizzería de pie, en piloto cervecera, etc…) hasta caer en la lúgubre condición de ruina oscura y peligrosa, pervive un pobre anciano vendiendo por su cuenta viejas postales y panfletos sobre santería. Es el último reducto de esa valiosa institución que conformaron los vendedores al por menor de Toyo.

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