“Jineteros, jineteras”: el verdadero milagro económico del régimen

“Jineteros, jineteras”: el verdadero milagro económico del régimen

El régimen cubano ha sobrevivido estos últimos años gracias a los emigrados, a los exiliados y a los extranjeros que hacen turismo.

Grafiti “Jineteros”, en Trinidad, Cuba (Foto: Flickr)

LA HABANA, Cuba. – Según estimados de The Havana Consulting Group, en 2019 las remesas a la Isla rondaron los 3.000 millones de dólares, mientras que el envío de mercancías se acercó a una cifra similar. 

A los 6.000 millones anuales resultantes pudiéramos agregar algún dinero extra si tenemos en cuenta que 623.972 cubanos radicados en el exterior —de ellos 552.895 residentes en los Estados Unidos—, viajaron a Cuba fundamentalmente para visitar a sus familiares o a vacacionar. 

De acuerdo con la misma fuente, en la década comprendida entre los años 2008 y 2019, el total de las remesas a Cuba sumó cerca de 30.000 millones dólares que, agregados a los más de 27.000 millones recibidos en forma de mercancías hicieron un total de 57.269 millones de dólares, de los cuales más del 90 por ciento provino de los Estados Unidos.

Son cifras asombrosas para la nula prosperidad que observamos a nuestro alrededor pero, aún así, junto con los ingresos generados por la industria turística cubana, no solo dejan ver cuáles son las bases sobre las que se sustenta la economía nacional sino, además, demuestran que el régimen cubano ha sobrevivido estos últimos años gracias a los emigrados, a los exiliados y a los extranjeros que hacen turismo. 

Así, pudiéramos continuar deduciendo que una condición indispensable para construir el socialismo “a la cubana” es la existencia de un financiamiento fuerte y constante proveniente de ese capitalismo que, en el discurso del régimen, ha sido el principal obstáculo para el éxito de la “Revolución”. 

Es algo así como el hijo vago que busca independizarse de los padres pero que no renuncia jamás a ser mantenido por estos. El manganzón que huye a encerrarse a fumar y beber con los amigos igual de holgazanes en una cabaña en medio del bosque pero que, regularmente, retorna a hurtadillas a la casa familiar en busca de las provisiones necesarias para realizar a plenitud su “fantasía rebelde”.

Es así de grandiosa y desvergonzada la paradoja de un Partido Comunista “tropical” que, para poder forjar “hombres nuevos” a imagen y semejanza del Che Guevara, necesita incrementar constantemente en el exterior su ejército de emisores de remesas y de vender la Isla en las agencias de turismo como un “paraíso de los placeres”. 

Y así llegan por montones los “yumas” en busca del ron, de las mulatas y los mulatos, del tabaco y del paseo en “almendrón” descapotable. La vueltecita sobre ruedas por este parque temático que son La Habana, Cienfuegos, Santiago de Cuba… ciudades congeladas en una época anterior a 1959, es decir, el momento justo cuando a nadie se le hubiera ocurrido fundir y confundir los conceptos de patria, nación y país con los de gobierno de turno y dictadura.

Pero, retornando a las cifras que escribí al inicio, me gustaría poder deslindar cuánto de ese dinero, con el cual se sostiene un grupo en el poder, proviene de “jineteras” y “jineteros” que, habiendo logrado el sueño de conquistar el amor de su “yuma”, hoy forman parte de los millones de cubanas y cubanos “residentes en el exterior”.

No hay estadísticas oficiales sobre el tema y me atrevo a afirmar que jamás contaremos con nada parecido. Es imposible saber, ni siquiera de modo aproximado, quiénes se casan con un extranjero con el único interés de emigrar, de prosperar económicamente, o quiénes lo han hecho por una cuestión meramente sentimental. 

Sin embargo, de acuerdo con las recientes publicaciones en redes sociales de varios funcionarios del Ministerio de Cultura de la Isla, para el régimen el asunto se resuelve de modo muy simplón: todo cubano o cubano que se case o mantenga una relación de intimidad con un extranjero, fundamentalmente si fuese negro o negra, es automáticamente un “jinetero” y, atendiendo a cuán socorrida es la palabra en los últimos tiempos, y a que no ha habido retractación alguna, esta posiblemente permanecerá en el repertorio “partidista” de ofensas contra quienes se desmarquen del oficialismo.  

Siguiendo tal definición discriminatoria, demencial y reduccionista del MINCULT, probablemente arribemos a la conclusión de que poco más de la mitad de ese dinero ingresado en 2019 por remesas y turismo, o tal vez la totalidad, haya sido aportado por el ejercicio del “jineterismo”, de modo que pudiéramos hablar de un elemento esencial, que define y sostiene nuestra economía y que, por tanto, no debiera ser esgrimido como ofensa.  

Pero si en última instancia y desde una postura moralista el acto de jinetear valiera como ataque al contrario por cuanto albergaría de trueque, de negocio, también se torna imposible averiguar cuántas personas en la Isla hoy viven exclusivamente de practicarlo, es decir, de la prostitución. 

¿Cuántos se benefician directa o indirectamente de esta actividad? ¿Cuántos lo han hecho alguna vez en su vida por conseguir un mejor puesto de trabajo, una beca de estudios, terminar de reunir para comprar una casa, un auto, un par de zapatos o, simplemente, para poder disfrutar de un fin de semana en un hotel o hacer su primer viaje al extranjero, aunque sea de ida y vuelta? 

De haber una respuesta apoyada en datos verificables, quizás muchos, incluidos los funcionarios moralistas, se sonrojarían al descubrir que hay muchos más “jineteros” y “jineteras” que los que pensamos que habitan nuestra Isla y allende los mares.

En mi experiencia personal, conozco de muchos que lo han hecho y lo hacen. Tengo amigos y amigas que aún siendo excelentes médicos, abogados, periodistas, escritores, directores de empresas, incluso funcionarios del Gobierno —defenestrados y en activo—, han “jineteado” alguna que otra vez o han permitido que sus hijos e hijas lo hagan porque, a fin de cuentas, se ha convertido en una práctica común, “normal”, en un contexto donde emigrar, viajar y tener dólares son elementos indispensables para ser considerados “personas de éxito” y “ciudadanos de primera”.

También he sabido de extranjeros y extranjeras que, a pesar de pronósticos negativos, advertencias y malos ratos, se han decidido a traer sus empresas y a mantenerlas en Cuba, ya porque en un viaje que hicieran alguna vez descubrieron el “amor de su vida”, o ya porque se deslumbraron con lo fácil que es salir a la calle y conseguir la compañía y “fidelidad” de un chico o una chica. 

Pero me llama la atención incluso cómo algunos ni siquiera se reconocen como participantes activos de ese universo complejo de “jineteros” y “jineteras”, de alcahuetes y proxenetas, de profesionales y amateurs, del cual conocemos quienes vivimos el día a día en Cuba, con los pies bien afincados en el asfalto hirviente. 

Están los que, asfixiados o mareados por los gases enrarecidos que cargan en sus cabezas, se inventan escalas y categorías morales que les sirven para exonerarse ellos mismos de llamarse por el verdadero nombre de un fenómeno que sin más rodeos es prostitución. Prostitución de calle, de esquina, de tumbadero, de playa o de lujo, de aula, de academia, de hotel, de discoteca VIP o de gimnasio, pero prostitución, sin más juicio ético y moral que el que pueda derivarse de las causas sociales, económicas, políticas que conducen a asumir el comercio del cuerpo como un oficio tan digno o tan reprobable como cualquier otro.

Recuerdo que en los años 90, cuando estudiábamos en la universidad en medio de la hambruna post-soviética del llamado “Periodo Especial”, muchos jóvenes —los y las que tenían los atributos físicos necesarios—, salían de las clases directo a “hacer la calle” para así comer algo mejor que el sancocho de la beca, para comprar la ropa y los zapatos que el gobierno vendía exclusivamente en dólares y a los extranjeros. 

Así, jineteando duro, muy duro, se forjaron como profesionales. Así, trocando sus cuerpos por comida, muchos lograron irse de Cuba al graduarse, y ese detalle en su historia pasada no los hace peores ni mejores. A fin de cuentas somos una nación de sobrevivientes y cualquier cosa que hayamos hecho para seguir con vida nos será perdonada si es que a estas alturas de la vida alguien necesitara del perdón.

No hace mucho, mientras se debatía en las redes sociales la verdadera magnitud y el sentido real de la ofensa lanzada por el funcionario, sobre cuánto de racismo y desprecio guardaba su publicación, la respuesta que un amigo escribió en su muro de Facebook me hizo reír por la ironía que encierra. Para esta persona, “jineteros” y “jineteras” merecen un monumento en medio de cada una de nuestras plazas. Porque en estos tiempos de crisis que no terminan, ellos han sido la tabla de salvación de miles de familias en Cuba. Ellos son el verdadero “milagro económico” de la Revolución. 

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(El Cerro, La Habana, 15 de junio de 1971). Escritor. Licenciado en Filología por la Universidad de La Habana. Cursó estudios de Lengua y Cultura Gallegas en la Universidad de Santiago de Compostela. Ha publicado las novelas: Tus ojos frente a la nada están (2006) y Alicia bajo su propia sombra (2012). Es autor, además, de los libros de relatos: Últimas fotos de mamá desnuda (2000); Los fantasmas de Sade (2002); Historias de seda (2003); Variaciones para ágrafos (2007), El arte de morir a solas (2011) y Cien cuentos letales (2014). Su obra narrativa ha sido reconocida con los premios: David de Cuento, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), en 1999; Premio de Cuento de La Gaceta de Cuba, en dos ocasiones, 1998 y 2008; Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar, en su primera convocatoria en 2002; Premio Nacional de la Crítica, en 2007; Premio Alejo Carpentier de Cuento 2011, entre otros. Ha trabajado como editor para numerosas instituciones culturales cubanas como la Casa de las Américas (1997-2008), Editorial Arte y Literatura, el Centro de Investigaciones y Desarrollo de la Música Cubana. Fue Jefe de Redacción de la revista Unión (2008-2011).

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