Hemos sido despojados del derecho a ser cubanos

Hemos sido despojados del derecho a ser cubanos

¿Estamos retornando a los peores momentos de esa Cuba que alguien transformara en un gigantesco cuartel militar? Se habla de 1959 como punto de partida

La Habana
Hemos sido despojados del derecho a ser cubanos. Foto archivo

LA HABANA, Cuba.- Las noticias sobre un mismo tema aumentan dejando ver que en Cuba se aproxima una ofensiva mayor contra toda manifestación de individualidad e independencia.

El gobierno cubano parece replegarse en sí mismo imitando la estrategia del caracol en su concha, pero antes va dejando sobre el camino un rastro de baba inconfundible.

Detenciones arbitrarias, juicios amañados, deportaciones forzosas, delitos fabricados, prohibiciones de marchas pacíficas contra el abuso animal o por los derechos de la comunidad LGBTI, impedimentos de salida o entrada al país a personas críticas contra el sistema, incautación de los medios de trabajo a periodistas, censura a proyectos de artistas independientes, incluso a programas televisivos de los medios oficialistas, retorno de prohibiciones que fueron abolidas como esa que impedía tomar fotos en tiendas estatales, así como implantación de otras sobre el uso de la internet y las comunicaciones, además de las arremetidas contra la iniciativa privada, no hacen otra cosa que evidenciar el cada vez más estrecho, oscuro y asfixiante callejón sin salida por donde hoy transita el régimen cubano.

¿Estamos retornando a los peores momentos de esa Cuba que alguien transformara en un gigantesco cuartel militar? ¿Acaso el drenaje carcelario de hace unas semanas, más allá de un guiño diplomático, pretende “hacer lugar” para guardar a otro tipo de reo, aun por juzgar o ya sancionado en silencio?

Aunque se habla de 1959 como punto de partida, también de la declaración del “carácter socialista” de la revolución, incluso de los años 70 con el “Quinquenio Gris”, el nefasto Primer Congreso de Educación y Cultura y el Congreso del Partido Comunista de 1975, lo cierto es que resulta muy difícil establecer exactamente el momento en que dejamos de vivir en un país para ingresar como galeotes en una nave militar y, posteriormente, ser convertidos a una extraña religión o secta de carácter medieval, como aquella de los cartujos franceses, por aquel lema suyo de “Cruz constante mientras el mundo cambia”.

No es imprescindible ponernos de acuerdo en una fecha para comprender que, bajo el pretexto de “salvaguardar” la nación, hemos sido despojados del derecho a ser cubanos a nuestro modo muy individual de expresar y vivir la “cubanía” sin necesidad de supervisión ni regulación de partidos ni gobiernos.

Ser cubanos quizás solo respetando aquel mínimo de principios y actitudes que emanan de la tradición, la cultura pero sin convertir eso en un dogma, y sin que anulemos nuestra autenticidad como seres humanos en un mundo civilizado donde persecución política, esclavitud y totalitarismo son crímenes de lesa humanidad.

Ningún gobernante ni grupo en el poder, ninguna fuerza policial ni institución de gobierno por ninguna ley o decreto, bajo el pretexto que sea o la situación de crisis por la que atraviese, tiene derecho a obligar a los ciudadanos a serles leales o a rendir cuentas de por qué motivos piensa u opina privada o públicamente de una forma u otra, mucho menos cuando ejerce su derecho a la libertad de expresión de manera pacífica, sin incitar al odio infundado o a la violencia.

Tampoco es de su incumbencia establecer las pautas por dónde deberán regirse el arte y el pensamiento, ni imponer condiciones para acceder a estos o ser difundidos por las redes públicas, al mismo tiempo que deberá crear y facilitar todas las condiciones posibles para que cada quien, desde los medios de difusión que elija, de acuerdo con sus afinidades ideológicas, se sienta en la total libertad de criticar, cuestionar y denunciar todo cuanto sea de su antojo, aun cuando difiera o disienta del discurso de cualquier figura o líder en el poder, vivo o muerto, incluso cuando ponga en duda la credibilidad de un mandatario o funcionario público, cuando se equivoque o, como suelen decir algunos, esté “confundido”, “engañado”.

Es deber del gobierno servir a sus ciudadanos y no perseguirlos o condenarlos por “infieles” o “molestos”, no acusarlos de esto o aquello o generarles antipatía popular mediante la desinformación, la zancadilla y la trampa sino demostrar desde los hechos y no echando mano a la ofensa y a la burda y bruta represión que están o no equivocados, o corregir los rumbos de esas políticas fracasadas y de esas acciones antojadizas que tanto malestar provocan entre quienes, ya casi desde la desesperanza, ni siquiera piden un cambio de régimen sino solo enrumbar hacia la construcción de un país para todos, sin ningún tipo de distinción ni exclusiones.

Un país que les resulte atractivo y donde se pueda intentar vivir una existencia normal, sin miedo a hablar en voz alta o escribir, reír y hacer reír sin reprimir la creatividad y el pensamiento, sin censuras ni amenazas, sin exilios ni reclusiones, sin que les arrebaten el derecho de ser cubanos por no decir o replicar en las redes sociales la frase de turno acuñada por el Partido Comunista, por no ser ni sentirse continuidad de algo, ni ir por el más que otros quieren, sino solo por aquello que necesita para sentirse que no es una masa sin cerebro ni voluntad sino una persona con defectos y virtudes, con filias y fobias, con pasiones y malquerencias, con lealtades y traiciones, con ambiciones y sueños, es decir, un ser humano auténtico, normal y libre que hoy puede ser un granjero o un médico y mañana un escritor, un periodista sin que un policía o juez le cuestionen el oficio que eligió, quizás con el mismo albedrío (no sé si más o menos) con que el represor pudo haber elegido el suyo.

Concentrémonos todos en construir el país que cada cual piensa y sueña pero que sea uno donde no se excluya ni se reprima a nadie por su modo de pensar. Usemos esos escasos recursos, hasta ahora desperdiciados, no en vigilar, agarrotar, violentar y amordazar a quienes disienten o molestan con sus ideas sino en crear, producir y generar bienestar, felicidad y consenso.

No por escritor o periodista de oficio sino por ser humano de estos tiempos estamos en nuestro pleno derecho a escribir y publicar donde estimemos conveniente hacerlo sin que nadie, ni de aquí ni de allá, nos obligue a fingir que aceptamos y compartimos una ideología política determinada.

En mi caso, soy un escritor y, aunque a veces quisiera quedarme quieto y fingir que no pasa nada, hasta dormido mis manos teclean en la máquina, trazan caracteres sobre el papel, sin permitirme el reposo ni el silencio. Entonces, si alguien ahora estuviera pensando en algún remedio para curar mi desobediencia, que piense en qué hacer con mis manos.

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